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Foto: Al principio, sus padres –que miden 1,67 y 1,57 m de altura– no se alarmaron. “Los niños crecen a estirones y Lorena ...

Niños bajitos: crecen las soluciones

  • Asus 10 años, Lorena Díaz medía 1,13 m, la altura que correspondería a una niña de cinco años y medio. Fue pequeña pero dentro de los percentiles normales al nacer (48 cm), pero a partir de los cuatro años empezó a crecer a un ritmo menor que el que indicaban las curvas de crecimiento “oficiales”.

Al principio, sus padres –que miden 1,67 y 1,57 m de altura– no se alarmaron. “Los niños crecen a estirones y Lorena acabará alcanzando una estatura normal”, dijo su pediatra. Al cumplir 10 años, la gran diferencia con las niñas de su clase hizo mella en la autoestima de Lorena, que lloraba a la hora de ir al cole porque no soportaba la llamaban “enana”. Fue entonces cuando alguien habló a Julia, su madre, del dr. Jaime Sánchez del Pozo, endocrinólogo pediátrico del Hospital 12 de Octubre y de la Clínica Quirón de Madrid, experto en el tratamiento de niños con baja estatura. Tras un exhaustivo examen, pruebas analíticas y rayos X de la muñeca izquierda (para medir la maduración ósea), el especialista diagnosticó un déficit de hormona de crecimiento (HC), una proteína producida por la glándula pituitaria que es vital para el crecimiento.

La buena noticia fue que el problema tenía tratamiento. Según el doctor, las inyecciones de hormona de crecimiento recombinante (HCr o somatropina) daban resultados positivos en casos como el de Lorena. Si respondía a ellas, podría crecer varios centímetros e, incluso, alcanzar una estatura normal. “Ahora, tras cuatro años de pinchazos diarios, Lorena mide 1,56 m”, cuenta Julia. Muchos padres batallan para que la Seguridad Social extienda las indicaciones del tratamiento –que puede costar 9.000 € al año– a niños con talla baja idiopática (sin causa conocida).

“La mayoría de los niños con baja estatura acaban alcanzando o superando la de sus padres”, explica el médico. Se debe acudir al especialista cuando la altura corresponde a un niño dos o más años menor, si en la gráfica de crecimiento cae por debajo del percentil 3, si tiene una desviación por debajo de la talla media de los padres, o si tras un desarrollo normal se retarda la velocidad de crecimiento por debajo del percentil 10 (menos de 4,5 cm/año, entre los cinco años y el inicio de pubertad). Es esencial tratarlo pronto, cuando las probabilidades de éxito son mayores.

¿Cómo se diganostica?

El déficit de HC no es sencillo de diagnosticar, porque la glándula pituitaria produce esa hormona en ráfagas –afirma el especialista–. Esto significa que los niveles basales de una analítica pueden ser muy bajos y normales en la siguiente. Para descartar el problema, hoy medimos la HC tras aplicar un estímulo farmacológico o nos basamos en los niveles de IGF1 y IGF1-BP3 (factores de crecimiento asociados a la hormona de crecimiento). Si no se detecta esta hormona o los niveles no pueden asegurar un crecimiento normal, se diagnostica el déficit”. Conviene aclarar que la inteligencia y las proporciones corporales de un niño con déficit de HC son normales. “Un caso distinto es el de la acondroplasia, responsable del 70% de los casos de enanismo, que conlleva desproporción entre miembros y tronco, rasgos faciales característicos y una cabeza mayor de lo normal”, señala el especialista.

El tratamiento consiste en inyecciones diarias de esta hormona. “Por lo general, se da un rápido incremento de la tasa de crecimiento, que puede notarse a los tres o cuatro meses –explica el dr. Sánchez–. Esta aceleración desciende luego hasta un crecimiento normal, pero será siempre mayor que la que habría ocurrido sin tratamiento. De hecho, éste se prolonga a lo largo de varios años, hasta que el paciente alcanza una altura aceptable o el máximo potencial de su crecimiento. Si las pruebas revelan otros déficits hormonales, también se tratan. Además, una nutrición adecuada y buenos niveles de sueño y descanso son fundamentales”.

Ventajas y riesgos

El dr. Sánchez del Pozo insiste en el peligro de trivializar el tratamiento y aplicarlo en niños de talla normal. Algunos padres no dudan en acudir a consultas clandestinas o a internet para conseguir el medicamento, con resultados a menudo dramáticos para el niño. “El riesgo de esos efectos indeseables se deriva de la administración de dosis mayores de las necesarias o de aplicar el tratamiento sin supervisión médica –aclara–. El efecto más común de ese abuso es la acromegalia, enfermedad que conlleva un crecimiento exagerado de los huesos de la cara, el cráneo, las manos y los pies, y un agrandamiento de las vísceras”.

Este problema produce también fatiga, dolores osteoarticulares y cefaleas intensas y, lo que es peor, reducción de la esperanza de vida. Otros efectos de las altas dosis de HCr son el aumento de tamaño del corazón, niveles bajos de azúcar en sangre (con riesgo de coma diabético), retención de líquidos, daños hepáticos y tiroideos...

También, en los niños deficitarios, el tratamiento puede desenmascarar un hipotiroidismo latente y en ocasiones es necesario añadir hormona tiroidea. Los niveles de azúcar pueden subir; se puede controlar con dieta y reduciendo la dosis. “Dicho eso, y tras cuatro décadas de experiencia, podemos decir que si el tratamiento está bien indicado y monitorizado, es seguro y no ha demostrado efectos metabólicos o inmunológicos a largo plazo”, concluye el especialista.