¿De quién es la culpa cuando un hijo fracasa?

  • Cuanto más narcisista sea nuestra relación con ellos, más intentaremos que respondan a nuestros deseos. Pero no ayuda culpabilizarse ni ser intransigente con sus reveses.

¿Hasta dónde nos afecta lo que les pasa a nuestros hijos? ¿Negamos sus conflictos porque nos sentimos culpables de ellos? ¿Aceptamos sus fracasos? ¿Les exigimos demasiado? Si hay algo que nos conmueve de forma especial es lo relacionado con nuestra prole. No es raro escuchar a una madre o a un padre decir cómo le molesta el modo de actuar de un hijo o una hija. Es muy probable que aquello que le molesta evoque algo de su propia infancia. Nos perturba aquello que se acerca a nosotros, pero que no es fácil de localizar porque se entierra en lo más inaccesible de nuestra vida emocional.

Las alteraciones y los conflictos en los niños dejan al descubierto fallos en la realización de la función del padre o de la madre o de ambos. Culparse de ello solo entorpece el proceso para solucionar lo que sucede. La relación entre padres e hijos es una asignatura de la que se puede estar aprendiendo toda la vida, los adultos somos sus maestros, pero también sus aprendices. Y quizá sea de sus fracasos de lo que más podemos aprender. Los padres somos responsables de los recursos emocionales y educativos que proporcionamos a nuestra descendencia. No somos culpables de lo que les sucede, porque nosotros también somos víctimas, al igual que ellos, de la educación emocional recibida. Una educación que en gran medida es inconsciente e incontrolable. Cuando los hijos van mal en el colegio o no se relacionan bien con los demás, por poner ejemplos, los padres se enfrentan de diferentes maneras a la situación. En caso de que intenten afrontar el problema, los progenitores pueden culparse mutuamente de lo que ocurre: que si la madre mima demasiado al niño, que si el padre no sabe hablar con él, etc. Estas peleas están ocasionadas por una angustia que evoca problemas propios no resueltos. Cuando los progenitores reflexionan sobre lo que le ocurre a su hijo, siempre planea sobre ellos la sombra de sus propios padres. Mientras no hayan podido resolver algunos conflictos inconscientes, estos aparecerán reflejados en las dificultades de sus hijos. He ahí la angustia, pues llegado el momento, no solo nos debemos enfrentar a las dificultades de nuestra prole, sino a lo que estas evocan de nuestra propia historia. Si nuestros hijos tienen conflictos es porque nosotros los tuvimos en su día, aunque ahora no lo recordemos. Somos responsables de intentar poner la solución a nuestro alcance y para ello hemos de enfrentarnos a nuestras contradicciones internas y resolverlas con valor. Entonces aceptaremos lo que les sucede.

Acto de rebeldía

Raúl había suspendido cinco asignaturas. Sus padres, asombrados, fueron a hablar con el tutor, que les dijo que su hijo, desde mediados de curso, ni estudiaba ni atendía en clase. Elvira y Ramón salieron atónitos de la entrevista, no entendían qué estaba pasando. Tenían que hacer los planes para el verano y ver cómo podía el chico remontar este fracaso. Pero comenzaron a discutir: "Estudia poco porque a ti enseguida te parece que está cansado, le mimas demasiado", dice Ramón. "Pues si tú no estuvieras siempre con que hay que sacar buenas notas, a lo mejor no tendría que suspender para ver si su padre le habla", responde Elvira.

Los dos tienen razón, pero hacen mal en culparse el uno al otro. Raúl era un chico demasiado bueno, nunca se había enfrentado a sus padres, entre otras cosas porque ellos rechazaban hasta tal punto cualquier manifestación de violencia, que le habían enviado el mensaje de que para ser aceptado en esa familia había que ser pacífico. Elvira tenía un padre que se enfurecía con facilidad y siempre le había molestado cualquier tipo de agresividad masculina. Ramón había visto cómo la violencia verbal se había desbordado más de una vez de forma indiscriminada en su madre.

En este curso Raúl se jugaba algo muy importante: no responder al deseo que su padre había depositado sobre él, que quería que fuera médico. Pero él no deseba estudiar medicina, sino ser diseñador gráfico, algo por lo que su padre, al enterarse, le dejó de hablar durante días. Con sus malas notas Raúl se estaba enfrentando a sus padres y mostrando que no quería ser tan bueno, es más, intentaba saber si le iban a seguir queriendo si era tal y como él se veía. Esto quiere decir que sus padres lo habían hecho relativamente bien.

El fracaso del hijo puede ser una forma de separarse de alguno de los progenitores y de dejar de estar confundido con el deseo paterno, como en el caso de Raúl. Ya no se es lo que el padre desea, sino alguien diferente, pero la culpa de salirse de ese lugar le hace fracasar. Por un lado se diferencia, pero por otro se castiga. El fracaso en un hijo señala un conflicto en los padres para poner límites. Si los progenitores han arreglado cuentas afectivas con su propia historia, han asumido su mundo interno y no tratan de compensar con sus hijos lo que no fueron capaces de llevar a cabo, no tendrán demasiados conflictos.

¿Qué podemos hacer?

  • Los padres tenemos un niño imaginario en nuestra cabeza. Cuanto más narcisista sea la relación con nuestro hijo, más intentaremos que se acople a lo que esperamos de él y más intransigencia habrá para aceptar sus fracasos. Esta situación imposibilita la comunicación. 
  • Los hijos inventan unos padres-dioses que luego tiene que tirar de ese pedestal. Crecer es abandonar la idea de unos padres idealizados para pasar a querer a unos padres humanizados.
  • Cuando un hijo fracasa, es que está angustiado. Si fuera preciso, un tratamiento le ayudará a elaborar los conflictos que le impiden avanzar.

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