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Foto: 7.30 h. Estoy en casa de Sergio, de 10 años. La mañana comienza con una taza de leche con cacao, tostadas y un beso de ...

¡Volvemos a clase!

  • Su jornada es más intensa de lo que parece. Apenas levantan un metro del suelo y no llegan a los 30 kilos, pero acumulan más energía que los deportistas de elite. Falta les hace. Lo comprobamos asistiendo a una jornada escolar de cuarto de ESO. Por un día, hemos intentado mantener su ritmo.

7.30 h. Estoy en casa de Sergio, de 10 años. La mañana comienza con una taza de leche con cacao, tostadas y un beso de despedida de Marien, su madre. José Luis, su padre, monta en el coche a Sergio y a su hermana Irene, camino del colegio Santo Ángel en Moratalaz (Madrid). Todo en regla: mochila, almuerzo, libros...

9.00 h. Suena la campana y el batallón congregado a las puertas del cole se dispersa en medio minuto. Toca “empezar el día con energía”: clase de gimnasia. Intento seguir las instrucciones de Laura, la profesora, que manda correr alrededor de la cancha de baloncesto con un aro en la mano, soltarlo cuando toca el silbato, coger otro y seguir corriendo, formar un tren... Procuro seguir el ritmo del “maquinista” para no descarrilar. Pero la cosa no ha hecho más que empezar... Sergio, exento por un dedo roto, mira con los dientes largos. En 15 minutos, los cercos de sudor ocupan tres cuartas partes de mi camiseta. Ellos hablan mientras corren, así que me entero de a quién le gusta quién, los programas de tele que ven... Tengo flato y agujetas, y me pregunto si hay tiempo muerto. Suena la campana. Ellos siguen corriendo para hacer fila y subir a clase. Mi último lugar les da risa.

09.55 h. Música con Juan, un profesor que, según Raúl, “toca tan bien la guitarra que, si hubiera un campeonato mundial, ganaría”. Cristina lee su trabajo sobre la flauta quena, de Suramérica, que emite melodías pentatónicas, un “palabro” que se le atasca. Después, una danza medieval, el juego del “stop”, historia sobre instrumentos musicales y ¡al recreo!

10.50 h. Un festival de chavales con galletas, bocadillos y refrescos invade el patio. No regalan nada al primero, pero correr parece una necesidad. Juegan al baloncesto, al fútbol, a la goma... Como no estoy para muchos trotes, me siento con los que comen sus bocatas. Así me entero de que las vacaciones pueden ser divertidas para los adultos, pero no para ellos: la mayoría deseaba volver al cole para no aburrirse. Media hora después del inicio, suena la campana y forman fila para ir a clase... corriendo.

11.20 h. Informática. Los ordenadores mantienen absortos a estos Bill Gates en potencia, que han tapado el teclado para aprender mecanografía. Ana, la profesora, les corrige la postura.

12.10 h. Isabel, otra profesora, habla en inglés. Tras innumerables horas (y euros) en cursillos, estos chavales utilizan la lengua de Shakespeare igual o mejor que yo. Después, un juego con canciones. Mis neuronas no dan más de sí. ¿Cafés o bebidas energéticas por aquí?

13.00 h. Suena la campana y, corriendo, hacemos una fila. Es la hora de comer y devoraría un león. Hoy hay judías blancas, pescado y manzana. Tres platos que a Diego no le gustan, Javi devora y Natalia no se atreve a probar. Los artistas hacen formas con la comida y los guerreros luchan. El cuidador pone orden y recuerda que los que hacen actividades extraescolares tienen media hora.

13.30 h. Inglés para quienes no temen las agendas apretadas. Una hora y 30 minutos más de descanso. Para mí sólo hay una opción: siesta. Nadie piensa lo mismo.

15.00 h. Los chicos ponen los cinco sentidos en este problema: Luis ha comprado un móvil por 168 €, que ha pagado con billetes de 20 y 5 € y con monedas de uno. ¿Cuál es el menor número de billetes y monedas con el que puede pagar? Luego sumas, divisiones, restas, multiplicaciones... ¿El resultado? Dolor de cabeza. Las matemáticas sigue sin llevarse la palma en entusiasmo estudiantil.

16.00 h. Entramos en la biblioteca, ambientada en el Nautilus de Julio Verne. La última clase es lectura y esta semana está dedicada al escritor de “20.000 mil leguas de viaje submarino”. Rosa, la profesora, pide que lean y dibujen los sustantivos. Entre pulpos y barcos, acabamos las clases.

17. 30 h. Los que tenemos extraescolares no hemos terminado. Nos toca gimnasia rítmica, así que intento seguir el ritmo de estas criaturas sobrenaturales: ni la más mínima muestra de cansancio ante una innumerable lista de acrobacias. Dicen que la intención es lo que cuenta...

18.30 h. Sergio ha esperado a su hermana haciendo deberes en la biblioteca. Repasa el horario de mañana: matemáticas, lectura, alemán y... No está seguro. ¿Sólo los ejecutivos necesitan secretarias?

19.30 h. Regresamos a casa 12 horas después de empezar la jornada. Hemos merendado un bocadillo de chorizo antes de la clase de gimnasia rítmica, a estas alturas el estómago pide un homenaje. Sería la hora perfecta para tomar una caña. Pero toca seguir “trabajando”: media hora de deberes. Pasado el suplicio, a la ducha y, por fin, la cena. Sólo queda un ratito de tele y, a las diez y media, a la cama. ¿Lo mejor? He descubierto el remedio contra el insomnio: tener nueve años.