Embarazo

“Me llamo Juanjo y soy matrona”

“Me llamo Juanjo y soy matrona”

  • Hola, soy Juanjo, soy tu matrona y te voy a acompañar en todo el proceso de parto”. Ésta es la presentación que hace siempre este madrileño cuando le llega una nueva parturienta. “Prefiero llamarme matrona, porque la palabra matrón me suena muy fuerte y no me identifico con ella”. Juanjo Monreal tiene 39 años y lleva dos trabajando como enfermero especializado en Ginecología y Obstetricia en el Hospital Doce de Octubre de Madrid. Hemos pasado un día con él para conocer cómo trabaja un hombre en una profesión tan “de mujeres” y qué opinan aquellas a las que va a ayudar a dar a luz.

9 h. Primer reconocimiento

Comienza la jornada. Tras mirar el registro en el control de matronas para saber qué paciente le corresponde, Juanjo se dirige a la sala de dilatación número 8, donde se encuentra Ana García. Es primeriza, tiene 27 años, ingresó a las cuatro de la madrugada y ahora está tranquila y sin dolores, porque hace unas horas le pusieron la anestesia epidural. Con ella está su marido, David Pérez, hecho un manojo de nervios. A ellos no les ha sorprendido que su matrona sea un hombre. Es un síntoma de que las cosas están cambiando: “No creo que haya profesiones de hombres y mujeres –cuenta Ana–. Precisamente, mi madre y yo somos taxistas y no creo que sea un oficio de hombres. Y tampoco tengo pudor, porque pienso en él como profesional sanitario, no como hombre”.

Aunque cada vez es más infrecuente que surjan reticencias por parte de las pacientes a que les atienda un matrón, a veces sucede. “A mí me pasó con una mujer pakistaní –explica Juanjo–. Y no fue ella la que vio mal que yo le atendiera, sino su marido. Me explicó que prefería que fuera una mujer y así se hizo”. Juanjo acaba de explorar a Ana, que ya ha alcanzado la máxima dilatación: 10 centímetros. Esto marcha.

La zona de paritorios es un ir y venir de hombres y mujeres vestidos de verde. En el número 5 acaba de nacer un niño y en el 3 hay mucha expectación porque esperan un prematuro con apenas 25 semanas. Parece que hoy hay bastante actividad: de las 10 salas de dilatación con las que cuenta el centro, más de la mitad están ocupadas y son sólo las 11 de la mañana. El equipo de ginecólogos, matronas y auxiliares que trabajan en el hospital madrileño tienen dos objetivos: que el parto sea un momento inolvidable para los padres y el bebé nazca lo mejor y del modo más natural posible.

Y al frente de este batallón está Paloma López, supervisora del área de Ginecología y Obstetricia: “Aquí hay 50 mujeres matronas y sólo dos hombres, pero son el ejemplo de que la profesión está cambiando. Lo hacen tan bien como nosotras y no hay reticencias por el hecho de ser hombres; al revés, les admiramos y les respetamos como profesionales”.

Juanjo estuvo trabajando 10 años como enfermero en la UCI del Hospital Clínico de Madrid hasta que se decidió a hacer la especialidad de matrona. “Es un oficio que siempre me ha gustado, me parece maravilloso. Creo que es un privilegio ayudar a una mujer a traer a su hijo al mundo. Pasé de trabajar en la UCI, donde convivía con el sufrimiento y la muerte a diario, a los paritorios, donde saboreo la vida de los recién nacidos desde el primer segundo. Y la recompensa de ayudar a nacer a un niño es inmensa y muy gratificante”, explica.

Las matronas ayudan durante el proceso de dilatación y asisten el parto, pero además, dan seguridad a la futura madre. “Nuestro oficio consiste en acompañar y ayudar a la mujer antes, durante y después del parto. Y es esencial dar confianza y trasmitir seguridad y templanza a la pareja. Y en este aspecto creo que los hombres matrona tenemos un punto a nuestro favor, ya que el padre se suele identificar más con nosotros. Hemos aportado una sensibilidad diferente al oficio y empatizamos desde un punto de vista diferente, porque sabemos que nosotros jamás podremos parir un hijo”, reflexiona Juanjo.

Y es que el oficio ha cambiado mucho. Bien lo sabe Asunción Fernández, que lleva 35 años ejerciendo como matrona y es la más veterana del hospital: “Cuando empecé no se hacían ecografías, se controlaba al bebé con el estetoscopio y por supuesto las mujeres paríamos con dolor, porque no existía la anestesia epidural. Recuerdo que reconocíamos a las parturientas por los gritos de dolor que daban. Decíamos: “Ésa es la mía y aquella la tuya. Es cierto que, con la epidural, la relación entre matrona y parturienta ha mejorado. Antes, las mujeres sufrían tanto que había muchos nervios y tensión, y hoy es una relación más cercana y sosegada. La buena matrona es la que trabaja con eficacia y profesionalidad, y pasa desapercibida en el paritorio para que los padres disfruten de ver llegar a su niño a la vida”.

12 h. Clases y cesárea

Juanjo entra de nuevo en la sala de dilatación 8 para ver a Ana. Le aconseja que cambie de postura para que el bebé termine de bajar y se coloque. “Tengo una ganas enormes de abrazarle”, dice ella. Mientras, David, el futuro papá, está tan nervioso que ha empezado a morderse las uñas. Fuera, en el pasillo, un grupo de futuras mamás y sus parejas se dirigen al paritorio 4, guiadas por Sole, otra de las matronas veteranas, que hoy da la clase de preparación al parto. Les explica que hay diferentes posturas de parir y que cada una podrá elegir la que le resulte más cómoda: “Estar tumbada es la peor, porque es muy difícil empujar. Sentada o un poco incorporada es una de las más recomendadas, porque la fuerza de la gravedad ayuda a que el niño baje y a la mujer le resulta más sencillo. Pero vosotras decidís. Una vez que el bebé nace se realiza el piel con piel entre la mamá y su hijo, y luego se inicia la lactancia”, concluye. La explicación se interrumpe porque, de fondo, se escucha el llanto de un recién nacido. Y en la improvisada aula se escucha un “¡Oh!” generalizado de las futuras mamás. Los sentimientos están a flor de piel.

En el control, matronas y auxiliares no quitan ojo al monitor donde se registra el estado de cada parturienta. Si hay alguna alteración en las contracciones, se enciende una señal y rápidamente acuden a ver qué necesitan. “¿Qué tal va la tuya, Juanjo?”, pregunta la ginecóloga Isabel Camaño. “Bien, en menos de una hora la paso al paritorio”. Isabel acaba de hacer una cesárea: “Mamá y bebé están perfectos. El niño venía de pies y por eso hemos decidido hacer la cesárea”.

Los dos años que Juanjo lleva ejerciendo como matrona se le notan. Está tranquilo y concentrado. Nada que ver con su primer parto: “¡Uf! Pasé muchos nervios y un poco de angustia, porque todo la responsabilidad era mía. Solo deseaba que fuera rápido y bien. Hoy, aunque la responsabilidad es la misma, la experiencia y la capacidad de reacción se notan”, señala.

12:50 h. El nacimiento de Saúl

Llega el momento. Ana es trasladada al paritorio 5. Junto a ella, el papá, paralizado por los nervios. “¿Estás bien, Ana? ¿En esta postura estás cómoda?”, pregunta Juanjo, mientras termina de ponerse los guantes y atarse la mascarilla. Al lado de la matrona están la auxiliar y el ginecólogo residente. “Bueno, princesa, vamos allá –dice Juanjo–. Aquí está la contracción. ¡Empuja, empuja, empuja! Muy bien, Ana. Descansa. Venga, otra vez, cielo. Vamos allá. Coge aire y fuerte abajo. ¡Más, más, más! Lo estás haciendo muy bien, bonita. Descansa. En dos empujones fuertes, ya tenemos aquí a Saúl. Preparada. ¡Empuja, más, más, más...! Ya está fuera. Aquí está tu niño”. Y Juanjo coloca el bebé sobre el pecho de Ana.

Pero, el recién nacido no llora, no reacciona. “Llamad a neonatos”, dice Juanjo con seguridad. En el paritorio, el equipo de neonatos atiende al recién nacido. Le ponen oxígeno y le masajean para que reaccione. Silencio y tensión. Son sólo unos minutos, pero se hacen eternos. De repente, el bebé rompe a llorar y con él, el padre. Con Saúl en sus brazos, Ana comenta con los ojos vidriosos: “Mira, ¡que pequeño es, cari!”. David, no puede parar de llorar: “Vaya susto que nos has dado, chaval. Esto no te lo voy a perdonar”. Saúl ha nacido a la 13:15 y ha pesado 2,550 kilos. Tras darle un punto y lavarla, Juanjo le explica que van a dejar un par de horas al bebé en la incubadora para que recupere temperatura, mientras ella descansa: “Va a ser un niño afortunado –dice–, porque ha nacido mirando hacia el cielo y normalmente vienen mirando al suelo”.

En el pasillo, Juanjo se relaja. “El trabajo en el paritorio es muy satisfactorio, pero también se viven momentos complicados y de mucha tensión, y hay que estar preparado para resolverlos. Aunque pasa en pocas ocasiones, lo malo es cuando no hay un final feliz. Ese día, el mal trago me lo llevo a casa”. Paloma López, la supervisora, aparece para ver qué tal va la mañana: “El parto es dinámico y la matrona tiene que estar preparada para los imprevistos. Por eso, las futuras madres deben ser consecuentes al valorar la opción de dar a luz en casa, porque si surgen problemas no es lo mismo estar en un hospital con un equipo de profesionales y tecnología a tu disposición. Nuestro objetivo es parir como en casa, con la menor intervención médica posible, pero de modo humano y natural”.

14:00 h. La hora del descanso

Ya en el control de matronas, Juanjo pregunta: “¿Qué tal vamos, chicas?”. “Sin novedad en el frente”, contesta Asun. Sólo hay tres mujeres en dilatación. Es el momento perfecto para comer: “No tenemos horario fijo de comidas o descanso, estamos supeditados a las pacientes. Aprovechamos los momentos tranquilos y si tenemos alguna paciente a nuestro cargo, se queda de responsable otra matrona”.

Juanjo por el momento está libre. “La próxima mujer que entre en dilatación me toca a mí. A ver qué tal se da la tarde. Esto de los partos, nunca se sabe”. Para él, el parto más esperado será el de su pareja, que está previsto para febrero. “Me apetece mucho atenderla y ver nacer a mi segundo hijo. Con el primero no me atreví, porque estaba haciendo la residencia y me notaba un poco verde, pero esta vez no me lo quiero perder. Será una experiencia inolvidable”. Seguro.