Embarazo

Foto: Todo comienza con una leve sospecha seguida de una visita a la farmacia: comprar un test de embarazo, cumplir con un ...

Nueve meses llenos de cambios

  • El cuerpo se transforma, las hormonas se alteran, la vida da un vuelco... Un recorrido por la gran aventura de ser madre. La lista de los inconvenientes es enorme y la de las ventajas, muy corta...Pero el anhelo está ahí, en las entrañas. Esperar un hijo supone perder el control: una ya no dirige las cosas, hay que desvivirse por esa criatura. Las preguntas no tardarán en aparecer. Una hornada de libros, más amenos y divertidos, ayudan a los padres a comprender mejor los cambios.

Todo comienza con una leve sospecha seguida de una visita a la farmacia: comprar un test de embarazo, cumplir con un procedimiento un poco engorroso en el cuarto de baño, dar unas vueltas impacientes por la casa, matar la espera con un cigarrillo –quizá el último en mucho tiempo– y, por fin, mirar el resultado: positivo.

¿Y ahora qué? ¿Saltar y gritar de alegría, bailar, temblar, dudar, retorcerse las manos? A menudo, todo a la vez. Luego sigue una conversación con el padre de la criatura, quien normalmente no suele saltar de alegría, sino que más bien aprieta los dientes por culpa del pánico que se ha apoderado de él.

Muchas parejas suelen hacer una lista de pros y contras antes de ir a por el bebé. La lista de los inconvenientes es interminable: no hacer más escapadas improvisadas, no poder dormir a pierna suelta, cambiar el soñado viaje a la India por unas vacaciones familiares en la playa, cargar con el cochecito del bebé a todas partes y aceptar que habrá juguetes por toda la casa. Quizá también renunciar a una prometedora carrera profesional y contentarse con entrar en la asociación de padres del colegio.

Los desafíos

Lo siguiente: gastos sin fin, canguros y guardería, pañales y potitos en lugar de vino y jamón del bueno, sujetadores cómodos en los cajones mientras la lencería sexy queda oculta al fondo, ropa grande en lugar de minifaldas. Más tarde, clases de fútbol o judo, profesores particulares, ortodoncias, habitaciones sumidas en el caos adolescente y, por último, quizá unos yernos insoportables.

Y eso sin hablar de la ardua tarea que supone compaginar la vida laboral y familiar para la mayoría de las mujeres que trabajan fuera de casa. En España, logran hacerlo a costa de doblar jornada: una dentro y otra fuera del hogar, mientras van desapareciendo las redes de ayuda creadas por las abuelas –que igual se ocupan de sus nietos que de sus padres–, y un entorno social y urbano más estable. La lista de ventajas, sin embargo, es muy corta. ¿Cómo expresar que, a pesar de los muchos inconvenientes, el deseo de traer un niño al mundo es irrefrenable? ¿Por qué tenerlo? Desde un punto de vista práctico, no hay ningún motivo para hacerlo. Sólo una sensación, un anhelo que empieza a agitarse en el estómago, en las entrañas más profundas.

La especie quiere perpetuarse, da igual que se trate del Homo sapiens, el topo o la sardina. “Sea como fuere, la gente sigue teniendo niños”, dijo Konrad Adenauer, padre de ocho hijos y presidente de la República Federal Alemana desde 1949 a 1963, en un tiempo en el que no había píldoras anticonceptivas, los preservativos parecían bolsas de plástico y el aborto estaba prohibido. Ahora, las personas tienen más poder de decisión y muchas huyen de la reproducción.

La difícil tarea de ser madre

Ésta es una aventura para el resto de la vida, mucho más emocionante que hacer “puenting” y fuente de muchas más alegrías. Esperar un hijo significa perder el control: una ya no es quien dirige las cosas, hay que desvivirse por esa criatura, no se puede tirar la toalla... Las ecografías sólo permiten ver una especie de mancha en blanco y negro. Pero cuando la madre escucha por primera vez el latido de su corazón, todo cobra sentido: “Ahí hay alguien, en mi cuerpo. Mi bebé. Quizá sea un niño, quizá sea una niña”.

Empieza entonces la búsqueda del nombre. Tampoco tarda en aparecer la obesión por el control: “¿Está sano? Y, si no lo está, ¿podré soportarlo?”. Llega el momento de la amniocentesis, una aguja que entra en el cuerpo y que hace que la embarazada se sienta como un neumático pinchado que pierde aire.

Se suceden unos días terribles. El médico no llama y el bebé comienza a dar sus primeras patadas. Y, por fin, la respuesta: todo marcha bien. A la vez que la embarazada engorda y se redondea, desarrolla también una especie de debilidad, como si su cerebro se reblandeciera: no le apetece leer un ensayo, pero tampoco uno de esos detallados libros sobre el embarazo y los bebés, con sus inevitables y horrorosas imágenes a todo color de la placenta.

Dudas resueltas con ironía

Afortunadamente, las futuras madres (y padres) cuentan con una nueva serie de libros que, de forma pedagógica y más sencilla, despejan sus dudas y temores. Forman parte de una especie de nuevo género literario que, de forma algo cómica, retrata las sensaciones y pequeños problemas de los padres primerizos.

Y no sólo las más jóvenes son las protagonistas. La periodista Marta Robles cuenta en “Diario de una cuarentona embarazada” (Ed. Planeta) los vaivenes de esos nueve meses tan especiales. Incluso los hombres, mucho más implicados ahora en la crianza de sus hijos, tienen algunos títulos dedicados a ellos.

Entre libro y libro, es el momento de la cursilería y de la manía por la limpieza. Frotar y frotar hasta que se puedan comer sopas en el suelo. Además, la futura madre se pasa el día dando vueltas por la habitación del bebé, decorada preferentemente con colores pastel. El bebé todavía no ha llegado, pero ya le espera un montón de cosas compradas especialmente para él: la silla para el coche, la cuna, los peleles, los patucos, los osos de peluche, los biberones, los chupetes...

Mientras tanto, el cuerpo va adquiriendo la forma de una tetera y se siente como tal. Hace tiempo que no puede verse los pies. La barriga es un problema. Como muy tarde tras la primera visita al curso de preparto, surge la pregunta inevitable: “¿Seguro que esto ha sido una buena idea?”. El bebé quiere salir, a la madre le gustaría dar marcha atrás y volverse a casa, a su cama, tan tranquila. O ahogarse en la bañera que, dicen, le ayudará a tener un parto más fácil. O saltar por la ventana del paritorio. Cualquier cosa menos pasar por ese mal trago.

Pero, por fin, la recompensa. El bebé ha nacido. Es todo arrugas y está pegajoso, pero no importa. Empieza una nueva vida. Es una maravilla, el mayor y más hermoso milagro del mundo. Empieza una nueva vida. La madre cree que tiene un bebé, pero en realidad es el bebé quien la tiene a ella.

Una mamá modelo

Maya Stollenwerk tiene 25 años y posó, mes a mes, para el fotógrafo Peter Paul Pech. De esta forma fue ilustrado “El libro de mami”, de la escritora alemana Katja Kessler (Ed. Coppenrath), con la información que las madres necesitan durante el embarazo y después del parto, sin agobiarlas con consejos ni hacerles cargar con un sentimiento de culpa. “Mi hijo Giulien es la mayor y más hermosa sorpresa que he tenido en toda mi vida”, manifiesta la modelo, que fue escogida para estas ilustraciones en un casting.

Maya se sintió fascinada desde el principio: “Sólo me puse nerviosa una vez, cuando me dijeron que debía colocarme de otra manera, que la luz no era buena. Pero ahora tengo el álbum más bonito que pueda imaginarse”.