La brecha generacional se puede convertir en un auténtico abismo durante la adolescencia y en muchas ocasiones el conflicto es el único protagonista en la relación paterno-filial. Debemos tener en cuenta que si hemos cultivado la comunicación desde la primera infancia, con la escucha activa como protagonista y el diálogo para resolver los problemas, será más sencillo afrontar esta etapa.
Sea como sea, una relación fluida entre las madres y las hijas e hijos adolescentes nace de la plena aceptación. Durante esta etapa se sufren cambios tanto físicos como psicológicos. Los jóvenes buscan encontrar su lugar en el mundo y sus referentes son los amigos, sus iguales. Aceptar que esos cambios son naturales, que pueden experimentar diferentes culturas urbanas y que hoy pueden adorar algo que mañana odien es algo que las madres deben entender y asimilar.
Desde la infancia: Propiciar los espacios de reflexión y de comunicación desde los cinco y seis años para aprender a escucharse estableciendo turnos de palabra ayuda a la expresión oral, especialmente para aprender a expresar los sentimientos, algo que será de gran utilidad en la adolescencia.
Empatía: Todos fuimos adolescentes antes que adultos y de un modo u otro tuvimos sentimientos similares a los que ahora tienen nuestros hijos así que no debería resultarnos tan complicado sentirnos identificados. No debemos quitarle importancia a lo que ellos consideran de suma relevancia sino acompañarlos en su preocupación para poder desarrollar una relación de complicidad.
Aceptación: Góticos, skaters, emos… Todo son formas de expresar emociones, sensibilidades especiales o visiones del mundo. Pretender que vistan de otro modo o que cambien de actitud es como chocar contra un muro. Siempre es mejor aceptar que ese es su modo de relacionarse con su entorno y de sentirse miembros de un grupo. Comprender qué inquietudes les han llevado a ese expresarse así nos ayudará a entenderles y a poder comunicarnos con ellos. Todos los grupos urbanos tienen aspectos positivos como el deporte, la creatividad o las inquietudes artísticas que a buen seguro podemos potenciar. Además, puede que no estemos de acuerdo en numerosas cuestiones y no debemos imponer nuestras opiniones porque la edad no es garantía de tener razón y los puntos de vista diferentes siempre enriquecen.
Respeto, amabilidad y coherencia: Son claves en la comunicación con los adolescentes. Todos queremos sentirnos respetados y la edad no es óbice para ello. Hablarnos sin gritos, con serenidad y amabilidad y poniendo de manifiesto todo lo positivo que tiene nuestro hijo ayuda a mejorar la relación. Además, debemos ser coherentes entre lo que hacemos y lo que decimos para no enviar mensajes contradictorios ante los que nuestros hijos son especialmente sensibles. No debemos hacerles creer que nos interesa algo que nos es totalmente indiferente porque se darán cuenta pero sí les podemos preguntar por aquello que a ellos les gusta para que nos lo expliquen.
Tiempo: La falta de tiempo es la excusa perfecta para no comunicarnos en familia por lo que hay que tomar conciencia de la importancia que tiene el diálogo y dedicarle tiempo. Ni el cansancio, ni el trabajo excesivo… nada es excusa para perdernos una buena conversación con nuestros hijos adolescentes.