¿A qué a sido debido este menoscabo de la presencia en la familia del padre varón? Considero que a ello han contribuido los descubrimientos de la moderna psicología, que nos han puesto de manifiesto la necesidad vital de un buen vínculo madre-hijo, especialmente en los primeros años de vida. Y, por otro lado, la pujante presencia social de la mujer, aupada por merito propio, o apoyada a menudo por reivindicaciones de movimientos feministas.
La cuestión es que muchos padres varones se han encontrado desplazados, incapaces de funcionar como tales, descargando sus funciones parentales en las madres.
A estos progenitores claudicantes, les llamo tránsfugas (no sólo el transfuguismo se da en los que cambian de camisa política). También les conocemos en la práctica psiquiátrica como padres eclipsados, periféricos o ausentes. Son progenitores defenestrados, carentes de la más mínima autoridad. Aunque, eso sí, pueden estar presentes físicamente en casa. Pero no tienen atributos: ni voz ni voto. Son “don tancredos”, puros adornos: “padres floreros”.
En realidad, ha sido como una vuelta a la antigua concepción de la familia, cuando los hijos para su crianza debían ser entregados exclusivamente al cuidado femenino del gineceo (en la Grecia clásica, departamento en el piso superior de la casa que se destinaba a las mujeres y en el cual se recogían los hijos de ambos sexos: los niños varones hasta los siete años y luego los hombres los tomaban a su cargo para formarles virilmente; las niñas seguían para siempre al cuidado de las mujeres)
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Es mentalmente saludable para el personal esta vuelta al gineceo? ¡Categóricamente, no! Es de vital importancia -¡y de imperiosa urgencia!- que los padres varones recuperaren su importante papel en la familia.
Y de ello les hablaré detalladamente en otras entregas en este Blog Educando.
1.- Castells, P.
Psicología de la familia (Ceac, 2008).