Y te quedas con la casa vacía, escuchando tus propios pasos en el parquet...
Es ley de vida, no le demos más vueltas, pero pasando de toda esta monserga del nido vacío y de reencontrarte como ser individual. Mentira podrida, porque nunca has dejado de serlo, solo que, desde el día en que viste por primera vez sus caritas, arrugadas y bien rojas, supiste que una flecha envenenada con amor de madre te había atravesado para siempre el corazón. Y que ya nunca volverías a ser solo tú.
Se van. Contentos, nerviosos, expectantes ante lo desconocido, la gran aventura de la independencia –aunque sea falsa y de campamento, con monitores, enfermeras, lavandería y comedor–. Ser, por fin, ellos solos, separados de los padres, entes individuales con capacidad para actuar. La mochila con un libro y el bocata, un jersey por si refresca y, sobre todo, "no te la vayas a olvidar".
Nos quedamos con una sensación rara, las lágrimas en la garganta. Pero, sobre todo, no montemos el numerito por una bobada semejante, que no es el fin del mundo, si no todo lo contrario: ¡el principio!, el principio de la libertad.
Se van, pero contamos con que vuelvan… Más grandes, de voz más ronca, con una madurez desconocida, quizás con la pena de dejar un amor recién estrenado y vivido por primera vez. Dejémosles ser ellos solos. Para nosotros, ya no hay solución.