No hay que abandonar. No hay que dejarse vencer por los quita o los ayyy o los no me molestes. No hay que tirar la toalla del contacto físico tan querido y hasta ahora tan abundante. No hay que abochornarles tampoco, machacándolos con una lluvia de besos sonoros a la salida de clase, delante de las chicas (que llevan la falda arremangada, convertida en un cinturón tipo Gladiator), o los chicos, caritas adolescentes apenas entrevistas bajo el flequillo…no, eso tampoco.
Muchos niños guardan la buena costumbre de despedirse por las noches con un beso. No importa que tengan quince, dieciocho o veintitrés años. Un beso y buenas noches, papá; buenas noches, mamá. Es el momento de acercarnos a ellos, de susurrarles unas palabras cariñosas – si ha habido bronca por algún desmán previo –, de insuflarles autoestima recordándoles lo guapísimos que son, cuánto los queremos – que no lo olviden nunca –, lo importantes que son para nosotros. Lo más importante.
Un beso es la mejor manera de enseñar el amor que sentimos por nuestros hijos a nuestros propios hijos. La piel tiene memoria. Y mucho mejor que la nuestra ( al menos que la mía;-)