La familia que come unida...

  • Ya lo decía Freud: las necesidades básicas del ser humano son el hambre y el amor. Hace 50 años, había un rito cotidiano llamado comida familiar, que reunía a padres e hijos alrededor de la mesa. Y no sólo para comer, también para contarse como había ido el día, escucharse y estrechar los lazos familiares. ¿Un mito en decadencia? Tal vez, aunque encierra una verdad esencial sobre la vida doméstica y el bienestar personal que solemos olvidar.

Eso es lo que descubrió la periodista norteamericana Miriam Weinstein en el curso de un estudio sobre la alimentación y lo que le movió a escribir el libro “El asombroso poder de las comidas familiares: cómo nos hacemos más inteligentes, fuertes, sanos y felices comiendo juntos”.

Uno de los estudios en los que se basa procede del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas de la Universidad de Columbia (EE.UU.), cuyo objetivo es prevenir que los jóvenes caigan en conductas destructivas (drogas, alcohol, tabaco...). En este estudio, de 1996, se intentó determinar qué tenían en común los chicos que no presentaban tales problemas. Y para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más importante que asistir al colegio o las notas.

Desde entonces, la encuesta se repite todos los años. La de 2005 muestra significativas diferencias entre dos grupos de adolescentes, según la frecuencia con que comen en familia: dos veces por semana o al menos cinco. En el segundo grupo son más lo que dicen no haber probado nunca el tabaco (85% contra el 65% del primer grupo), el alcohol (68% frente a 47%) o la marihuana (88% contra 71%). Estos chicos presentan también menos problemas de ansiedad y sacan mejores notas.

“Quizás las comidas familiares proporcionan a los padres una ocasión de atender al bienestar emocional de sus hijos adolescentes. Estos encuentros permiten a hijos y padres comunicarse regularmente. Nos conectan con nuestras tradiciones culturales y familiares, nos permiten realizar lo que es una familia: cuidar unos de otros, compartir cosas y recorrer juntos el camino de la vida”, señala Miriam Weinstein. Los investigadores han descubierto que nuestros recuerdos infantiles más importantes no son los grandes acontecimientos, sino el cariño, el compartir, el pasar tiempo juntos. Por eso a la comida hay que dedicarle tiempo, lograr que sea un oasis en nuestro ajetreado mundo.

La buena educación

Otro asunto importante es el de las buenas formas en la mesa. Los padres, criados en los tiempos del “todo vale” de los años 60 y 70, se descubren desprovistos de recursos para preparar a sus hijos para la vida social. Una comida que reúne a la familia entera –y que no es saboteada por la televisión (el 53% de los adolescentes encuestados decían que solían verla durante las comidas) o el teléfono– es el entorno ideal para aprender a comportarse. Desde pequeños, verán el ejemplo de sus padres y adquirirán buenas maneras.

Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación y les suministra la mayor parte de su vocabulario. Además, las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores de la familia, y para aplicar esos valores a su vida cotidiana y a los problemas y oportunidades que encontrarán luego.

José María Contreras, biólogo expecialista en el estudio de las relaciones humanas, resalta “la cultura de la prisa” como un signo de nuestro tiempo. “El hombre huye de sí mismo, no quiere estar a solas. La prisa se ha convertido en un valor: quien tiene prisa es importante. Pensamos que no podemos parar, que puede ser peligroso. A los hijos les damos lo que podemos, decimos que todo lo hacemos por ellos, pero sabemos que nos engañamos. Qué más quisiéramos nosotros que verlos todos los días. Aunque luego presumimos de que no podemos hacerlo. Estamos hechos un lío”, explica Contreras.

Este escritor y conferenciante se pregunta en torno a qué gira la vida familiar. Y llega a la conclusión de que lo hace alrededor de tres electrodomésticos: la televisión, el ordenador y la nevera. “Por culpa de estos artilugios, la comunicación puede romperse hasta dejar de existir. Es lo que aparentemente llena la existencia de muchas familias. Y la vida languidece, porque cuando se vive creando necesidades o satisfaciendo deseos continuamente se termina aburrido y sin ilusiones”.

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