Yo al cole y tú a casa

  • La jornada intensiva gana terreno en la educación pública. ¿Racionalización de horarios o recorte de presupuestos? ¿Qué es mejor para los alumnos?

Cuando José Antonio Fernández y sus hijos –Irene, de siete años, y Guillermo, de cinco– se levantan, hace más de una hora que su madre, Mª José Rodríguez, se ha ido a trabajar. Ella no los verá hasta las cuatro de la tarde, cuando releva a su marido, quien no volverá a estar con ellos hasta la mañana siguiente. Acostumbrados al sistema de turnos (los dos son enfermeros en el Hospital Clínico de Madrid), lo han extendido a su vida familiar. Él prepara el desayuno a los niños, los lleva al colegio, los recoge para comer en casa, los lleva otra vez y los recoge a la salida. El horario escolar marca su quehacer: entrada a las 9 y salida a las 12,30, vuelta a las 14,30 y salida a las 16. “No me queda tiempo para nada, apenas los recados, entre que voy y vengo del colegio. Y que conste que somos unos privilegiados, porque hemos podido adaptar nuestra jornada laboral para organizarnos. Pero tiene más sentido y es más idóneo para los niños y para nosotros que vayan solo al colegio por la mañana”, explica.

Su preferencia por la jornada continua no es la más generalizada entre los padres, según la Confederación de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA). Sin embargo, es la opción más implantada en los centros públicos. ¿Cómo se explica esta aparente paradoja? Sencillo: la decisión sobre el horario la toma el Consejo Escolar (según la normativa de cada comunidad autónoma), integrado por padres, profesores, el director del centro y personal no docente. Y aquí está el fallo para Jesús María Sánchez, presidente de CEAPA: “Las Administraciones deberían asumir la responsabilidad de fijar el horario, y no pasarnos la patata caliente”.

Quizá esa fuera una de las intenciones de las autonomías cuando reclamaron las competencias en materia de Educación, pero hoy es la comunidad educativa en conjunto quien decide el horario lectivo, aunque se lleva el suspenso de casi todos los actores. Nadie está conforme del todo: ni los padres, ni los profesores, ni los políticos, ni los pedagogos... En la mayor parte de nuestro país, en Primaria, Secundaria y ESO predomina el modelo intensivo, que ha ido generalizándose en los últimos años –en Murcia, por ejemplo, comenzó de forma experimental en 2001 y hoy rige en el 94,9% de los centros públicos–, salvo en Navarra, Aragón, Comunidad Valenciana, Cataluña y País Vasco. En este último, la implantación de la fórmula partida es del 100% y, según afirman desde el departamento de Educación, no es una de las preocupaciones de la sociedad: “La normativa en Euskadi establece que entre las clases de mañana y tarde tiene que haber una interrupción mínima de 90 minutos y no nos planteamos la posibilidad de un cambio hacia la jornada intensiva”.

Todo lo contrario ha ocurrido en la Comunidad de Madrid, donde se ha variado hace un par de meses para “hacerla más flexible y facilitar que los centros públicos en los que padres y profesores lo deseen puedan tener jornada continua”, precisa Alicia Delibes, viceconsejera de Educación, Juventud y Deporte. Con este reglamento, que empezará a funcionar el próximo curso, se puede aprobar el cambio con mayoría absoluta de padres y profesores (hasta ahora se necesitaban dos tercios). Además, las cuatro horas semanales de obligada permanencia de los profesores en el centro después de la actividad lectiva –que se realizaban a partir de las 16 o las 17 horas–, pasan a desarrollarse de 14 a 15, a la hora de comer de la mayoría de los padres. Así, llegar a la tutoría a tiempo no será fácil.

“Me pregunto si el horario seguido es mejor para los niños o para los profesores”, plantea José Ramón Ladra, con una hija de tres años. “Acabamos de votar y los únicos que quieren horario continuo son los profesores.
Mi niña es muy pequeña para una jornada intensiva; no soy pedagogo, pero sé que a esa edad necesitan una siesta”.

Esta opinión, la de que los profesores defienden lo más beneficioso para ellos mismos, está muy extendida entre los padres.
De hecho, el presidente de CEAPA recuerda que “la jornada intensiva es una vieja reivindicación de los docentes y el claustro hace una gran presión para que se instaure”. Carlos López, secretario general de FETE-UGT, lo admite, pero con matices: “Es cierto que es una demanda de mejora de este colectivo, pero no hay que olvidar que ellos, aunque tengan la tarde libre, siguen formándose y se llevan trabajo a casa. Como sindicato, priorizamos la conciliación y el servicio educativo. Dicho esto, nos parece que lo más racional es el horario de mañana, porque es más eficaz para el aprendizaje”.

A Francisco Granados, profesor del colegio Mirasierra de Madrid, le irrita que se utilicen como arma arrojadiza los intereses de su gremio. “Me preocupa la calidad de la enseñanza, no mejorar mi jornada. Pero si así fuera, ¿qué hay de malo? He estado en centros con uno y otro horario, y he podido constatar que el continuo es mucho mejor para los escolares. Lo estoy viendo ahora, que doy clases a niños de Tercero en un centro de jornada partida. A uno de los grupos le ha tocado matemáticas en inglés por la tarde. Pues esos chicos están más cansados, les cuesta mantener la atención y es imposible dar el mismo contenido que a los de la mañana. Me da pena este debate, porque en las reuniones del Consejo Escolar, la preocupación de los padres es qué pasa con el comedor o las extraescolares. Deberían interesarse por el aprendizaje, por cómo transmitimos los contenidos y reforzamos los valores educativos, pero sobre eso no suelen hacer preguntas”, reflexiona.

Y es que para muchos padres, el servicio de comedor y las clases vespertinas no son una “maría”. Al contrario, son “asignaturas” indispensables para conciliar su vida laboral y familiar.
Eva Rodríguez lleva a su hijo de cuatro años al centro concertado Sta. Isabel de Madrid: “Soy partidaria del horario partido por egoísmo. No sé si es mejor o peor, pero es el único posible cuando trabajamos”.

De fondo se oculta un aspecto que casi nadie aborda, pero que puede ser el quid de la cuestión: ¿tiene la escuela que cumplir esa función social que permita a las familias compaginar su vida personal y laboral? El presidente del sindicato de profesores ANPE, Nicolás Fernández Guisado, no deja lugar a dudas: “Tenemos que despojar a los centros de ese concepto de guardería, nuestra función es enseñar. Defendemos la jornada intensiva porque es más favorable para el aprendizaje, pero vinculada a un proyecto educativo, que debe garantizar que los centros estén abiertos por las tardes para que los chicos utilicen la biblioteca o las instalaciones deportivas. Por otra parte, los padres que trabajan los dos tienen recursos para que sus hijos puedan tener otro tipo de actividades o estén atendidos a esas horas”.

¿Comedores en riesgo?

Ese es otro caballo de batalla, el temor de muchos padres con sueldos menguantes, sin posibilidades para acompasar trabajo y escuela, y que le dan vueltas a sus opciones si el horario del centro se reduce: tirar de los abuelos, contar con una persona externa o apuntar a los niños a extraescolares todos los días, con el gasto que supone. En principio, con la jornada intensiva, los niños no tendrían por qué salir antes del centro: se concentran las cinco horas lectivas por la mañana, y el comedor y el recreo pasarían al final de las clases. No obstante, desde CEAPA alertan de que “sobre el papel, todo es muy bonito. Pero esas actividades que el colegio plantea que va seguir teniendo por la tarde, como no son obligatorias, van decayendo, y esto no es bueno para el alumnado”.

Carmela Díaz, que tiene tres hijos, cree que ese es un miedo infundado. “Solo veo ventajas en la jornada intensiva: supone abrir el abanico y no perjudica a nadie. Las clases terminan a las dos, si quieres te llevas a los niños a casa y ya no vuelves, que sería mi caso y me ahorraría los 300 € del comedor. Y, si no llegas, les dejas a comer y les recoges a las cuatro. Nadie te obliga a una cosa o a la otra; sin embargo, con la jornada partida se fuerza a los padres a que lleven a los niños por la tarde al cole y, si viven lejos, a que coman allí” .

El comedor es una clave del asunto. Si baja la demanda, al ser una contrata quien prepara las comidas, puede dejar el servicio si no le es rentable, y, tras él, como un castillo de naipes, se caen las actividades extraescolares y el centro, finalmente, acaba cerrando por la tarde. Una historia en la que sobrevuela el fantasma de los recortes, algo que se niega desde las instituciones. “La implantación del horario intensivo no supone ahorro para la Administración, se trata de que los padres que prefieran que sus hijos coman en casa puedan hacerlo”, dice la viceconsejera de la Comunidad de Madrid.

Difícil llegar a una entente cordial pese a que todos coinciden en un mismo argumento para justificar uno u otro horario: defender lo que es mejor para los niños. Pero, ¿cómo lo mejor puede ser una cosa y su contraria? Esa incógnita ni siquiera acaba de despejarse si acudimos a motivos pedagógicos. Tanto CEAPA como CONCAPA (Confed. Católica de Asoc. de Padres de Alumnos) abogan por el modelo partido atendiendo a la curva de rendimiento y consideran que descansar permite reanudar el estudio de forma más descansada, lo que mejora la atención y el aprendizaje. “Con el sistema intensivo es imposible hacer una programación adecuada de todas las materias: siempre se han impartido las troncales por la mañana y las complementarias por la tarde, y eso nos parece lo más adecuado desde el punto de vista didáctico”, apunta Jesús Mª Sánchez, presidente de CEAPA.

Cuestión pedagógica

Apoya este razonamiento Rafael Feito, profesor de Sociología en la Univ. Complutense de Madrid: “Desde hace casi 30 años se sabe que la última hora del día en la jornada continua es peor que la última hora de la partida. Esto ocurre cuando se hacen pruebas de rendimiento y se pregunta a los niños cuándo están más cansados. Quizá lo peor de este debate sea el abuso de cierto sector del profesorado al propagar la falsedad de que hay estudios de demuestran que es mejor la continua. Eso es mentira, no hay ninguno”. Verdaderamente, cuesta encontrarlos. Una de las referencias a favor aparece en un informe elaborado por Francesc Xavier Moreno i Oliver, psicólogo, pedagogo y profesor de la Univ. Autónoma de Barcelona, que señala “como intervalo idóneo de mayor rendimiento, el comprendido entre las 9 y las 14 horas. Mientras que entre las 14 y las 16 horas se da el punto más bajo de activación y eficacia”. Pero también manifiesta que “la confección de horarios escolares es una tarea compleja, que normalmente responde exclusivamente a criterios organizativos y a políticas del personal docente”.

Al final, cabe preguntarse si el horario es sustancial en el aprendizaje, porque, curiosamente, esta es una cuestión que no se discute en los centros concertados ni privados, donde predomina abrumadoramente el modelo de mañana y tarde. No parece haber una respuesta definitiva a un problema que se lleva la nota de prueba no superada. No hay más que acudir al Informe Pisa, que mide la competencia educativa de los alumnos de 70 países, y en el que España no suele quedar muy bien situada. ¿Tendrá algo que ver el horario de nuestros centros? 


A favor de la intensiva:

  • Más eficaz para el proceso de aprendizaje.
  • Mejor organización de la tarde para extraescolares.
  • Ahorro del coste del comedor.
  • Facilita la asistencia a refuerzos educativos.
  • Se evitan conflictos en el recreo.

A favor de la partida:
  • Mayor rendimiento escolar.
  • Los niños están más descansados.
  • Menos gasto en actividades extraescolares.
  • Permite una mejor conciliación de la vida familiar y laboral.
  • Se potencia una mayor socialización entre los niños.

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