La hora perdida de los niños insomnes

  • Nuestros hijos duermen 60 minutos menos que los niños de hace 30 años. Y este dato debería preocuparnos. Bajo rendimiento escolar, obesidad o tendencia a la infelicidad son algunas de las posibles consecuencias de las noches infantiles demasiado cortas. 

Dormir es una necesidad incuestionable para todas las especies vivas que pueblan la Tierra. Sin embargo, los humanos (y solamente nosotros) regateamos con el sueño más a menudo de lo que deberíamos. Es más: en según en qué contextos, está mal visto reconocer que uno duerme, de media, las horas necesarias para el perfecto descanso. Admitir que se descansa a gusto es tanto como retratarse ante los demás como vago, indolente y falto de ambición. Los fuertes son los que se resisten al sueño, dando por hecho que de esta manera multiplican la actividad productiva en horas de vigilia. Se nos olvida con frecuencia lo que, con su ironía habitual, sentenció Woody Allen: “Hay que trabajar ocho horas y dormir ocho horas... pero no las mismas”.

Pero, ¿qué ocurre cuando estas personas que se niegan el derecho al descanso completo acaban imponiendo también esa restricción a sus hijos? Sea por tener una agenda excesiva de actividades, sea por pura imitación de los hábitos de sus progenitores, los niños y adolescentes de hoy duermen una hora menos que hace 30 años. Las consecuencias de esta carencia van más allá del vago sonambulismo en la primera hora de clase y empiezan a alertar a un buen número de expertos. El ejemplo del adolescente medio es sintomático. Sus cambios de carácter, su falta de implicación, el tono violento y desabrido con el que responde (si responde) cuando se le interpela... son vistos como imponderables por la mayoría de los adultos de su entorno. Es así. No hay nada que hacer... ¿O sí? ¿Se comportaría igual si durmiera lo suficiente?

Según los últimos estudios, la mitad de los adolescentes no llega a dormir siete horas por noche entre lunes y viernes. A los padres les preocupa sobremanera el descanso de sus hijos cuando son pequeños, pero empiezan a bajar la guardia cuando han acabado la educación infantil. ¿Los motivos? Algunos ya se han apuntado: un exceso de actividades complementarias, televisor y ordenador propio en las habitaciones... Por no hablar de ese sentimiento de culpabilidad que experimentan muchos adultos cuando, por culpa del trabajo, se han pasado el día sin ver a sus hijos y deciden posponerles la hora de irse a la cama.

“A mí me hace gracia cuando algunos padres dicen: “No consigo que mi hijo se acueste a su hora –asegura Nadia–. Es que los niños no se acuestan solos. Hay que llevarlos o, al menos, invitarlos a que lo hagan, pero con firmeza: no todo es negociable”. Sabe de lo que habla. Ángel y ella tienen tres hijas: Narai, de cinco años, y las mellizas de tres, Iara y Tamae. “Inculcar un horario fijo es un todo un trabajo, hay que ser metódicos. El problema es que hay padres que, por comodidad, bajan la guardia y, al final, pasa lo que pasa”. El problema, claro, es que los pequeños detectan cualquier relajación en la rutina. “El niño siempre va a intentar alargar el protocolo –asegura Nadia–: dejar de jugar, irse al baño, ponerse el pijama, acostarse pero no dormirse... Nosotros, a veces, empleamos truquillos para aligerar el proceso. Uno que no falla es decir: “La primera que se acueste se ha ganado un dulce de chocolate. Tendrías que ver cómo echan a correr. Luego, claro, les doy el premio a las tres”.

Dejemos hablar ahora a los investigadores. Po Bronson y Ashley Merryman, en su libro 'Educar hoy' (un verdadero vademécum para padres, docentes y educadores en general), afirman que el cerebro humano está en proceso de formación hasta la edad de 21 años. “Buena parte de ese trabajo de formación tiene lugar cuando el niño duerme”, dicen. Así pues, esa hora que los chicos escatiman al sueño tiene impacto neurológico. Según explican, fenómenos tan extendidos como el déficit de atención por hiperactividad o la obesidad estarían en íntima relación con la falta de sueño.

Rutina, rutina

Prácticamente todos los padres consultados para este reportaje reconocen que los fines de semana permiten a sus hijos irse más tarde a la cama. Antonio y Clara viven como un ritual el sentarse cada sábado a ver el partido de fútbol con su hijo Juan, de siete años. “Entre unas cosas y otras, el niño no se acuesta hasta pasada la medianoche –explica Clara–. Es el día que más le cuesta dormirse porque se va a la cama muy excitado (sobre todo si ha ganado la Real, que es nuestro equipo). Juan siempre quiere más y, por eso, cuando le decimos: “Se acabó, ¡a dormir!” obedece, pero enfadado. De todas formas, Juan recupera sus horas de sueño porque el domingo todos nos levantamos más tarde”.

Sí, el sueño se recupera, pero hay un factor que a veces se nos escapa. La doctora Monique LeBourgeois, de la Universidad Brown (Estados Unidos), ha descubierto que ese cambio en la hora de ir a dormir tiene un efecto en los tests de inteligencia: cada hora de retraso se traduce en siete puntos menos en la prueba. Esto nos lleva a aceptar la correlación, avalada por todos los estudios realizados, entre el sueño y el rendimiento escolar. Esta correlación se acentúa en la educación secundaria, ya que es en esas edades cuando más drástica es la merma en horas de sueño.

Otra doctora, Kyla Wahlstrom, de la Universidad de Minnesota, llevó a cabo un trabajo de campo con 7.000 estudiantes de secundaria. Los que obtenían sobresalientes dormían de media un cuarto de hora más que los adolescentes que lograban notable; y estos, un cuarto de hora más que los de aprobado. Así, 15 minutos resultan capitales a la hora de conseguir un expediente académico brillante.

Aprender dormido

Cuanto más se haya ejercitado el intelecto durante el día, más necesitamos dormir por la noche. Si no, lo aprendido en la vigilia no se almacena correctamente en el cerebro. Nos ocurre cuando aprendemos una lengua extranjera. Está demostrado que el vocabulario padece un proceso de síntesis gracias al hipocampo en las primeras horas de la noche, en lo que se conoce como sueño de ondas lentas, mientras que las habilidades motoras de articulación se afianzan en la segunda etapa del sueño, la previa al sueño REM.

Los niños pasan más del 40% de la noche en la fase de ondas lentas, y por eso dormir bien es para ellos fundamental a la hora de retener vocabulario en inglés o acontecimientos históricos. Teresa y Pedro están preocupados por su hija. A sus nueve años, su rendimiento escolar es cada vez peor. “Al principio –nos cuentan–, pensamos que era una mala racha, fruto de su carácter un tanto disperso. Es inteligente, pero le cuesta horrores concentrarse y mantener la atención”. Reconocen, no sin pesar, que son poco disciplinados a la hora de imponerle una rutina para irse a la cama. “La niña nos gana –confiesa Teresa–. Pedro y yo trabajamos lejos de casa y regresamos a las nueve o nueve y media de la noche. No estamos con la niña en todo el día y, sin darnos cuenta, prolongamos la cena y el rato de sofá más allá de lo razonable. Es cierto que tendría que irse antes a dormir, sobre todo para que el despertar de cada día no fuera, como es, un infierno. Pero no somos capaces”.

A menos sueño, peor despertar. La ecuación está clara. Y es que también hay una relación causa-efecto entre el humor de una persona y sus hábitos nocturnos. Los recuerdos negativos se almacenan en la amígdala y el hipocampo se encarga de reubicar en el cerebro todo lo positivo o, al menos, neutral. Pero la falta de sueño afecta más al hipocampo, y eso provoca que la gente que duerme poco se acuerde más de lo desagradable que de lo feliz.

Razones de peso

También la obesidad podría tener su origen en las malas noches. Y no olvidemos que, hoy en día, la mitad de los niños corre riesgo de padecer sobrepeso. Sin quitarle culpa a la televisión y el ordenador (especialmente para los niños, en proceso de formación intelectual y motriz), no todo el problema radica en esos hábitos. La endocrinóloga Eve Van Cauter de la Universidad de Chicago ha descubierto una “cascada neuro-endocrina” que vincula el sueño con la obesidad. La falta de sueño despierta la hormona grelina, causante del hambre, y reduce su opuesta, la leptina, que suprime el apetito. Por tanto, a menos horas de sueño, más propensión a engordar tendrá el niño o el adolescente.

Uno de sus estudios más recientes analizó el caso de cientos de muchachos de Japón, Canadá y Australia. En todos estos países, la conclusión fue la misma: los que dormían menos de ocho horas diarias tenían un 300% de más posibilidades de estar obesos que los que estaban habituados a 10 horas de sueño. Y, aunque es cierto que perdemos poco peso mientras estamos en la cama y dormidos, al menos no estamos sumando calorías, como sí somos susceptibles de hacer despiertos (una de las aficiones más comunes en noches de insomnio no es otra que la de comer). Y aún hay otro factor que tener en cuenta: los niños que no descansan correctamente por la noche se sienten fatigados al día siguiente y, por lo tanto, poco dados a practicar deportes o cualquier actividad que les suponga un esfuerzo físico. Cuanto menos duerme el niño, más inactivo estará despierto.

Un último apunte. El poeta mexicano Amado Nervo dijo: “Yo he vivido porque he soñado mucho”. A veces se nos olvida que dormir es la mejor manera de procurarnos una actividad provechosa al día siguiente. Velar por el buen descanso de nuestros hijos es velar por su desarrollo físico e intelectual. 

No olvides que: 

  • Tu hijo debe dormir siempre el mismo tiempo y en el mismo arco horario (sin excepciones durante el fin de semana). 
  • El ordenador y la televisión en la habitación del niño son serios obstáculos a la hora de mantener una disciplina de sueño.
  • No le sobrecargues de actividades extraescolares. Le restarán sueño y afectarán a su rendimiento. 
  • El sobrepeso se combate con ejercicio físico, pero también, y ante todo, con un buen descanso y una rutina diaria en cuanto a horarios y tiempo de descanso. 

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