Mini chefs en acción, por Care Santos

Si alguien me pregunta cuál es el lugar donde más tiempo he pasado con mis hijos, sin duda diré: la cocina. Hay una razón pasional: tendemos a querer contagiarles aquello que más nos gusta, y yo soy tan feliz entre fogones como entre palabras. Pero hay otra razón práctica: quiero que mis hijos, que pertenecen a esa generación que no puede comer sin ketchup y cree que las albóndigas crecen en las latas, sepan cocinar. Es un paso hacia la autosuficiencia. El siguiente es la lavadora, pero es mucho más aburrido y ya habrá tiempo para eso.

De momento, los domingos por la mañana, en casa hay clase de cocina
. Los tres jóvenes chefs se muestran muy aplicados: enharinan filetes, mezclan masas, discuten por usar el pasapurés, pesan con buen ojo los ingredientes, decoran pasteles y luego se lo comen todo con una alegría maravillosa. Porque, animados por haber sido partícipes del milagro, las recetas entran solas. Y yo, que como madre casi nunca hago nada sin intención, aprovecho para introducir alimentos nuevos de esos que suelen caer gordos.

La cosa empezó con un disgusto. Dos de los tres querían apuntarse a un curso extraescolar de técnicas culinarias, pero los horarios no casaban. Hicimos un trato: se apuntaban a deporte y el curso de cocina se lo impartía yo los fines de semana. Nada más pronunciarlo pensé: “Haré un gran sacrificio para cumplir la promesa, pero no puedo defraudarles”.

Me equivoqué. Ahora espero a clase con más ganas que ellos. Nos atrevemos con todo, cocinamos con música, trabajamos en equipo, hacemos descubrimientos, aprendemos cuál es la habilidad de cada uno y también (y me incluyo) a tener paciencia si el otro necesita más tiempo para acabar su tarea. Luego, nos sentamos a la mesa y brindamos por nosotros. Es el mejor momento de la semana.

En diminutivo


“¿Puedo cortarlo yo?”, es la pregunta más repetida. Triturar, cortar, machacar: me apabulla lo mucho que les fascina todo lo peligroso. Alguno se ofende cuando le digo que los niños no pueden utilizar cuchillos o que deben permanecer alejados del fuego. “¿Y cuándo podré freír yo los filetes?”, pregunta alguno. Y otro responde: “Pues a los 18 años, claro”. Veremos...

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