Super Mami

  • Soy mujer de pocas causas. No me gusta militar en nada. Doy mi firma pocas veces. Lo mismo hago con las palabras. Las palabras son lo único que tengo. Cuando las doy, ofrezco lo mejor de mí.

En casa jugamos a veces a inventar palabras. Los niños se desternillan de risa. Creamos alimentos raros que a todos nos gustaría probar, como la patalate (deliciosa patata con sabor a chocolate), las zanatillas (zanahorias sanas con regusto a canela) o las colicotas, burbujeantes coliflores con sabor a refresco.

También inventamos oficios:
el bombedista, capaz de apagar fuegos e informar en directo al mismo tiempo o el panaderujo, siempre vendiendo barras de pan que tienen en quien las come efectos mágicos.

Mis hijos ríen mientras imaginan
a cuál de esas profesiones les gustaría dedicarse. Cuando dejan de reír y hablan en serio dicen que quieren ser médicos de bebés, director de cine, veterinario, jardinero, escritor… Tienen todo a su alcance y son depositarios de una fe ciega.

Hace unos meses conocí a Ana Lucía.
Vi su cara en unas fotos, escuché su voz en una grabación en la que explicaba cómo, hasta bien entrada la adolescencia, trabajó recogiendo piedras en una cantera de Ecuador. Tantas horas al día que no tuvo tiempo de estudiar. Por un sueldo de miseria. Con un horizonte tan limitado que no tuvo tiempo de plantearse qué sería de mayor.

Ana Lucía ahora estudia Corte y Confección. Le gusta, parece contenta
. El futuro ya es algo más que un horizonte gris de piedra y desperdicios. Como ella, hay muchos niños en el mundo que trabajan en lugar de jugar. Hace unos meses presté mis simples palabras a su causa. El resultado es un libro que ahora ojeo con mis hijos, llamado “La hora del recreo”. Al verlo sé que es algo más que el testimonio de cuatro fotógrafos y un puñado de escritores. Es una razón por la que vale la pena saltarse las normas. Una militancia que deseo abrazar.

En diminutivo

Una conversación infantil cualquiera: “¿Por qué los peces nadan todo el tiempo?”. “Porque es su trabajo”. “¿Y si dejaran de nadar los suspenderían?”. “No. Solo los expulsarían del mar”. “¿Y entonces a dónde irían?”. “A las peceras, claro”. “¿Para siempre?”. “No, solo hasta que se aburrieran tanto de nadar en círculos que tuvieran ganas de volver al trabajo”.