Niños robados

  • Las noticias sobre la sustracción de recién nacidos en ciertos hospitales plantea interrogantes. ¿Quién y por qué lo hace? ¿Con qué consecuencias?

Este suceso delata un psiquismo perverso para el que los niños son mercancías, cosas. ¿Comercio, deshumanización, actividades perversas? Una mujer que se hace pasar por embarazada para adquirir el niño de otra, ¿a quién engaña? ¿A la sociedad, al bebé o a sí misma? ¿Por qué lo hace? ¿Tal vez no dispone de un psiquismo suficientemente adulto para sostener el camino que conduce a una adopción legal?

Marie Langer, una psicoanalista que nos ha dejado su saber sobre el psiquismo de la mujer, analiza en su libro “Maternidad y sexo” las razones de la infertilidad femenina. También nos relata el caso de una mujer que, fingiendo un embarazo, había comprado un niño para después atribuir a un hombre rico la paternidad del bebé. Los motivos de tal actuación eran más complejos de lo que parecía.

Esta mujer escribió una novela que se titulaba “El hijo de nadie”, donde exponía una fantasía infantil: la de tener un hijo sin padre para vivir con él a solas, como en su propia infancia hubiera deseado vivir con la madre sin intervención de un tercero (el padre). Tal vez por el sentimiento de culpa provocado por su actuación, dejó suficientes rastros que devolvían a su “hijo” la verdad sobre su origen.

Mientras, la madre a la que se le ha robado su hijo se queda con una herida que no puede cerrar, porque no ha podido despedirse de su bebé. Una pregunta la perseguirá siempre: ¿estará vivo?, ¿dónde?

Daño irreversible.

Tras la Segunda Guerra Mundial un grupo de investigadores centroeuropeos y franceses estudiaron los efectos patológicos que producían las mentiras y los secretos sobre su historia en la mente inmadura de los niños. Estos efectos se traducen en distintos tipos de disociaciones psíquicas, depresiones y tendencias adictivas. Y más allá del daño infligido a los afectados directos, hay que señalar la persistencia de éste en la siguiente generación, que puede verse aún más afectada, pues se dan las condiciones para que emerjan manifestaciones psicóticas. Al separar al niño de su historia se produce una mutilación en esa subjetividad en ciernes.

Los adultos que se hacen cargo de él, al negarle el conocimiento sobre su origen, le rompen su proceso histórico y con ello la posibilidad misma de historizar su vida; se provoca una verdadera catástrofe psíquica: una parte del niño mismo queda allí perdida para siempre. Un compromiso patológico severo impide a algunos adultos, que pretenden colocarse en la posición de padres, narrar al niño su propia historia.

Una verdadera adopción debe fundarse en una donación por parte de los adultos implicados, ligada al reconocimiento de los orígenes y de la historia que, por otra parte, pertenece al donado. La no devolución de su trama generacional lleva al niño a la pérdida de su autonomía potencial de persona y lo somete a ser manipulado por los adultos como elemento de una estrategia aberrante, destinada a que ese niño obture pérdidas o traumas que han devenido insoportables para el adulto, que se vuelve proclive a utilizar al pequeño de forma abusiva.

La pregunta sobre sus orígenes lleva al niño a cuestionarse el antes de su propia existencia. Pero no lo puede hacer él solo. Para fundar su historia se verá necesitado de encontrar otra persona que ponga palabras a lo vivido. En circunstancias normales, la madre le cuenta su propia historia y es así como el niño le tomará prestadas las informaciones con las cuales inaugurará su proceso de ser sujeto y no solo objeto de los deseos de los adultos.