SOS, acogimiento de urgencia

  • Su objetivo es evitar el ingreso de niños en instituciones. Miguel acaba de llegar a casa, pero se marchará y otro bebé ocupará su cuna. Esta es su historia. 

"A veces, yendo de paseo con algún bebé acogido, una vecina nos ha dicho: "¡Cómo se parece al padre!". La primera vez nos quedamos helados; la última, sonreímos y seguimos adelante". Blanca y Eduardo, además de tener dos hijos (Manuel y Nicolás, de siete y cinco años), ejercen como padres de acogida de urgencia. Esta iniciativa permite que niños (desde recién nacidos hasta los cuatro años) que se encuentran en situación de desamparo, sean acogidos de manera temporal en familias previamente seleccionadas, mientras que los Servicios Sociales resuelven su situación. Se evita así que ingresen en un centro de acogida institucional; a cambio, son atendidos con mimo y cariño en un ambiente familiar adecuado durante el tiempo necesario para decidir cuál será la opción definitiva más adecuada para él (el retorno con sus padres biológicos o tutores legales, la adopción, el acogimiento familiar...).

Lo que distingue este programa de las modalidades convencionales de acogida es que la familia puede ser avisada en cualquier momento de que tiene que hacerse cargo de un niño, de manera inmediata, y además exige que uno de los padres permanezca en casa al cuidado del niño. Eduardo y Blanca cumplen estos requisitos al 100%. "Conocí el programa de acogimiento de urgencia en mi puesto de técnico de atención a la infancia en el Centro de Atención a la Infancia (CAI) del Ayuntamiento de Madrid –explica Blanca, de 35 años–. Nos pareció una idea estupenda para evitar el paso de los niños por un centro. Y como para nosotros es fundamental el concepto de familia, pensamos: ¿por qué no?". "Como trabajo de corrector desde casa –añade Eduardo, de 36 años–, cumplíamos con el requisito de que uno de los dos se quedara en casa al cuidado del niño. Así que decidimos probar". Pasaron las entrevistas con los asistentes sociales y psicólogos, les dieron el certificado de idoneidad y, en junio del año 2009, les asignaron al primer niño. "Fue una experiencia tan enriquecedora y tan bonita para todos que decidimos continuar –cuenta Blanca–. "Y eso que entonces solo éramos cinco familias acogedoras en Madrid [hoy son ya 12] y estábamos saturados. Se iba un niño y a los pocos días ya teníamos otro", añade Eduardo.

Bienvenido

Han acogido ya a siete pequeños y están a la espera de otro. "Aunque no somos novatos, seguimos teniendo los mismos nervios y la misma ilusión", afirma Blanca. ¿Será un bebé o un niño mayor? ¿Será bueno? ¿Comerá bien? ¿Le costará dormir? Mientras se hacen estas preguntas, reciben la esperada llamada. En dos horas deben ir al Instituto Madrileño del Menor y la Familia de la Comunidad de Madrid, donde les harán entrega del niño. En una habitación decorada con dibujos infantiles, firman la entrega del menor ante Salvador Victoria Bolívar, consejero de Asuntos Sociales. Luego, un técnico del centro de acogida les dice cómo se llama el bebé y el tiempo que tiene. Blanca no pierde un segundo y se lanza a cogerlo. "¡Qué bonito eres. Si pareces un muñeco!". Se lo come a besos. El bebé es rubito y con mofletes sonrosados. Regala sonrisas y le encantan los mimos. Así es Miguel (nombre ficticio), el octavo bebé que vivirá de manera temporal con esta pareja. Ellos están contentos y se les nota. Tras dejar al niño dormido en la cuna, toca dar la buena noticia. "Hola, mamá, ya tenemos otro niño en casa. Es precioso y parece muy tranquilito", le cuenta Blanca a su madre, que vive en Sevilla. Tras casi tres años acogiendo niños, la familia y los amigos han tenido tiempo para comprenderles, pero al principio no fue fácil. "Cuando les conté a mis padres que habíamos acogido un niño –explica Eduardo–, me dijeron: "Pero, ¿por qué os complicáis la vida? ¿Es que no tenéis suficiente con vuestros hijos?". Hoy ya están acostumbrados y les hace tanta ilusión como a nosotros".

Anécdotas no les faltan. "Unas navidades, con el primer niño que acogimos, David (nombre ficticio), que tenía tres años, quedamos con mis padres. Mis hijos salieron corriendo gritando: "¡Abuelos!". David gritó también y todos se fundieron en un abrazo. Fue un momento muy entrañable".

A las 12, el llanto del bebé rompe el silencio de la casa. Blanca, sentada en una mecedora, le da el biberón, mientras le acaricia la carita. "Los amigos siempre nos preguntan cómo podemos incluirlos en nuestra familia y después entregarlos para que empiecen una nueva vida –explica Eduardo–. Pero siempre hemos tenido claro que los niños están solo de paso. No nos da pena entregarlos, sino alegría, porque regresan con su familia biológica, con una de acogida permanente o son adoptados". "Pero que estén de paso no significa que no los queramos. La convivencia y saber que proceden de familias con problemas hacen que se establezca un vínculo muy especial. Eso sí, no se puede comparar con el amor que sientes por un hijo", añade Blanca.

Como hermanos 

Ellos viven esta situación con una naturalidad que asombra. "Guardamos el cochecito, y la cuna en el trastero, con la ropita y los juguetes –explica Eduardo–. Hemos hecho varias cajas con prendas de distintas edades y, cuando tenemos al niño en casa, montamos la infraestructura que necesitamos. Siempre compramos a cada uno un trajecito y un juguete. Y le hacemos un libro de vida, con fotos: el día que llegó a casa, en el baño, durmiendo, comiendo... Cuando se van, se lo llevan todo. Pretendemos que sea una guía para su futura familia".

Alguna complicación han tenido. "Tras entregar al primer niño que acogimos, nuestro hijo Nicolás, que tenía dos años, me dijo: "Mamá, y yo ¿cuándo me marcho?". Tuvimos que hablar con los dos para evitar más dudas y temores. Ahora, cuando nos entregan un niño, vamos al colegio con él y se lo enseñamos a sus profesores y amiguitos. Queremos que lo vivan con naturalidad". Reconocen que todos están aprendiendo mucho."Sobre todo, lo importante que es para el desarrollo de un niño contar con una familia y crecer en un ambiente de cariño y estabilidad”, dice Eduardo.

Sus horarios están ajustados para evitar el caos. "Nos organizamos muy bien –dice
Eduardo–, porque yo trabajo en casa y Blanca solo trabaja dos días a la semana". Miguel, reclama mimos y empieza a protestar. "Ya te has cansado de dormir, ¿eh? Estás muy espabilado para ser tan pequeño", le dice cogiéndole en brazos con un beso.

Recuerdos 

Antes que él, vinieron David, Marcelo, Julián, Diego, Javier, Carlos y Manuel (todos nombres ficticios). ¿No les gustaría saber algo de ellos? "No –responde Blanca–. Una vez que vuelan, se acabó. Así debe ser". "Es la política del programa: romper todo vínculo con el niño–apunta Eduardo–. No queremos interrumpir el vínculo con su nueva familia. Solo queremos que sea feliz y que guarde un buen recuerdo de su paso por casa. A nosotros nos quedan las fotos y el tiempo compartido. Y ya es bastante".

Miguel acaba de llegar, pero se irá en unos meses. "Solemos hacer una despedida. Lo llevamos al colegio y a los familiares y amigos cercanos, para que se despidan. Así cerramos un ciclo". Recogen el cochecito, la ropa y los juguetes. "Claro que le echamos de menos –explica Blanca–. Pero el día a día, y saber que pronto llegará otro niño nos ayuda a superarlo". ¿Tiene fecha de caducidad este compromiso? "No –dice Blanca–. Pero si perjudicara a uno de nuestros hijos en su desarrollo o estabilidad emocional, pararíamos". "O si cambiaran nuestras circunstancias laborales o perdiéramos el entusiasmo por acoger a un nuevo pequeño", concluye Eduardo. Por el momento, seguirán dando todo su cariño a Miguel, que lo reclama desde el cochecito.

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