"Siempre quise ser madre, pero a los 27 años perdí a mi novio en un accidente y con él, en cierto modo, murió también mi ilusión por formar una familia. Con el tiempo, me di cuenta de que no tenía por qué renunciar si no encontraba una pareja. Mi madre me animó y al mes empecé con las inseminaciones. Estaba muy ilusionada, creía que iba a ser rápido, pero pasan los meses, se suceden los negativos y empiezas a pensar que quizá no sea posible.

Recuerdo el día que me llamaron de la clínica para decirme que iba a ser madre. Había perdido algo la esperanza, por eso al oír “enhorabuena” me puse a llorar como una magdalena, mi madre también, el resto de mis familiares contentísimos… Entonces ya había pasado por las dudas típicas: si lo podría llevar yo sola, cómo se lo diría… Con lo que no contaba es con que vinieran dos. Las 24 horas del día son un poco ajetreadas, pero fue un regalo precioso".