Pensamos y actuamos de forma distinta, y es que las expectativas y los métodos de trabajo de hombres y mujeres son, generalmente, contrarios. Las oficinas son el terreno en que conviven diariamente dos sexos condenados a entenderse, pero que no siempre llegan a un acuerdo. En su último libro “Cómo ser mujer y trabajar con hombres”, la periodista Teresa Viejo nos da las claves para resolver algunos conflictos.

Si los únicos compañeros de trabajo de 9 a 6 fueran máquinas de café, cajas registradoras o expendedoras de chocolatinas, el día a día sería muy diferente: ni enfrentamientos por la temperatura del aire acondicionado, ni quebraderos de cabeza acerca de la ropa más adecuada para la reunión, ni discusiones por el turno de vacaciones. Pero la realidad laboral es que hay que compartir un número concreto de metros cuadrados con otras personas que, además, pertenecen a distintos sexos. Esto último sería seguramente anecdótico si hombres y mujeres vivieran una misma realidad laboral, pero parece que no es el caso.

Para empezar, a las mujeres les cuesta más que a los hombres encontrar trabajo (la tasa de desempleo femenino duplica a la del masculino). Además, los sueldos de las trabajadoras son más reducidos: en general, las mujeres cobran hasta un 30% menos que ellos. Y eso que la formación de ambos es similar, cuando no es superior la de la mujer. De esta manera, mientras el mercado de trabajo cuenta con un 28% de hombres con formación superior, la proporción de mujeres trabajadoras con la misma o superior cualificación es un 10% más alta. Esto significa que, de cada 100 trabajadores, los titulados superiores son 28 hombres y 38 mujeres. Sin embargo, el sillón del jefe sigue estando ocupado por la población masculina en la mayor parte de los casos. Un ejemplo: los puestos directivos de las empresas del Ibex recaen, en un 97% de los casos, en hombres. Y sólo el 4% de las trabajadoras de todo el mundo tienen a hombres bajo su responsabilidad.

De ahí que las oficinas de hoy sean una especie de casa de Gran Hermano donde se establecen claras diferencias entre los compañeros por razones de género. Y sobre este terreno conviven diariamente dos sexos condenados a entenderse, pero que no siempre llegan a un acuerdo. De hecho, las expectativas y los métodos de trabajo de unos y otras son, generalmente, distintos: ellos suelen competir por el despacho más grande, mientras que a ellas les preocupa más la aprobación de sus jefes; los hombres son más proclives al enfado y las mujeres tienden a deprimirse; a muchos de ellos les gustaría tener más de dos horas para comer, pero la mayoría de ellas preferiría acortar el almuerzo para llegar antes a casa… El último libro de Teresa Viejo, “Cómo ser mujer y trabajar con hombres” (editorial Martínez Roca), descifra las claves para que las trabajadoras de plantillas mixtas sepan a qué atenerse. Con su manual podemos resolver algunas cuestiones.

DECÁLOGO PARA ENTENDER A TUS COMPAÑEROS

1. Están obligados a ser ambiciosos y competitivos. Llegar a lo más alto es una meta casi impuesta.

2. Disfrutan con las confrontaciones. La tensión aumenta su testosterona. Conviene escabullirse y no entrar al trapo cuando se avecine tormenta.

3. Son más gregarios que las mujeres. Hacen frente común con otros hombres a quienes, en condiciones normales, ni hablarían.

4. Necesitan un lugar definido en la pirámide porque les importa la jerarquía. Les preocupará tener un despacho, una placa con su nombre o cualquier otro rasgo de estatus.

5. Tienen facilidad para mudar de compañeros de cama y de enemistades. Son capaces de aparcar la rivalidad personal en aras de la buena relación laboral.

6. La mayoría de las trabajadoras se apuntan al “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Ellos prefieren el “quien no arriesga, no gana”.

7. Sus mejores relaciones públicas son ellos mismos. Moverse en su mundo es una labor de diplomacia.

8. Se apasionan por los informes, en especial si incluyen gráficos, estadísticas o números.
 
9. La intuición no es su fuerte. No adivinarán lo que su compañera o subordinada está pensando. Si quieres algo, tendrás que decírselo.

10. Suelen tener una autoestima saneada o, al menos, se presentan a los demás como fuertes. Piensan que mostrar sus problemas es una señal de debilidad.

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