Los hombres y las mujeres no viven la misma realidad laboral. Las expectativas y los métodos de trabajo de unos y otras son distintos, de ahí, que muchas veces surjan los conflictos. Con el manual de Teresa Viejo “Cómo ser mujer y trabajar con hombres” podemos resolver algunas cuestiones.

IGUALES PERO DIFIERENTES

Una especie de psicosis común entre las trabajadoras: creen que sus compañeros no las escuchan. Y, según el libro “Cómo ser mujer y trabajar con hombres”, de Teresa Viejo, muchas veces es cierto. Ellos necesitan más concentración para llevar a cabo una tarea. Así que aquello de que ellos no pueden hacer dos cosas a la vez, mientras que la mujer tiene superpoderes para la multitarea, no es una leyenda. El cerebro masculino está configurado para una distribución secuencial del trabajo y el femenino piensa en red. Ése es el meollo de la cuestión: su cerebro y el nuestro son diferentes. Ellos tenderán a pensar a corto plazo y ellas, más allá. Y, por lo tanto, ellos serán más resolutivos en las cuestiones que necesitan una solución urgente y ellas, en proyectos a años vista.

¿CÓMO HAY QUE VESTIR?

La imagen importa. Esto es aplicable a hombres y mujeres, pero las trabajadoras cuentan con una desventaja importante: ellos disponen de un uniforme que confiere autoridad y seguridad (el traje), pero en el universo femenino no existe esa prenda perfecta. Un estudio norteamericano desveló que las mujeres con imagen masculina tienen sueldos y puestos más bajos que las que van “a la moda”. Sin embargo, la ropa de vanguardia se identifica a veces con frivolidad. Por eso, el “¿qué me pongo?” no es banal. Conviene saber lo que está bien visto en el centro de trabajo, sentirse siempre segura con el aspecto (el lenguaje no verbal es muy traicionero) y no olvidar que las uñas sucias o las medias con carreras se toleran mucho peor que un “tomate” en el calcetín masculino.

LA IMPORTANCIA DEL LENGUAJE

Ellos hablan menos (2.000-4.000 vocablos diarios, frente a los 6.000-8.000 de la mujer) y emplean un lenguaje directo, con frases cortas. Las mujeres prefieren el indirecto y los circunloquios. El problema: que, con esta sintaxis, ellos se pierden, sobre todo si la mujer salta de un tema a otro. Además, la población masculina interpreta de modo literal lo que oye (las mujeres son más suspicaces) y suelen escuchar en silencio, mientras que las mujeres hacen gestos de interés o asentimiento. Por último, el 96% de las interrupciones en una conversación son practicadas por hombres. Para evitar tal desconexión sólo hay dos opciones: usar su lenguaje o hacer que aprendan el nuestro.

SI QUIERES UN ASCENSO...

Por lo general, el trabajo de la mujer vale menos que el del hombre. De ahí que solicitar un aumento de sueldo no sea mala idea en casi ningún caso. Y lo mejor es utilizar la estrategia masculina. Cerciórate de que el resto de tus compañeros cobran más por trabajos iguales o menores que el tuyo. Recapitula todos los logros que has conseguido y olvídate de los fracasos. Esta amnesia selectiva evita la tendencia femenina a la autocrítica. Sólo te queda venderte como lo hacen ellos, usando su lenguaje claro y directo. Para ello conviene argumentar primero la situación, luego exponer tus logros y, por último, verbalizar tus deseos económicos.

SEXO Y TRABAJO

Según el portal de búsqueda de pareja www.match.com, el 50% de los hombres y el 46% de las mujeres han mantenido relaciones sexuales en el trabajo. Y una encuesta del CIS afirma que un 14% de los españoles ha conocido a su pareja en el trabajo. Es decir, que la oficina es un escenario tan válido (y fructífero) para ligar como cualquier pub o discoteca. La conveniencia o no de mezclar trabajo y amor es otra historia. La autora sólo da un consejo: evitar los e-mail románticos. Según la American Management Association, el 40% de las empresas guardaron y revisaron los correos de sus empleados y un 16% de ellas los utilizaron para despedir gente.

Y SI LA JEFA ERES TÚ...

En España, sólo a uno de cada cinco hombres le manda una mujer. Y como la jerarquía tradicional no es femenina, a ellas se les exige un grado mayor de excelencia. Ambos tienen formas distintas de ejercer la autoridad: las jefas son más partidarias de la “resultadocracia” y ellos prefieren la jerarquía. Además, los hombres marcan las distancias y ellas prefieren la cercanía, algo que es una ventaja, porque ahora las empresas tienden a la comunicación y el trabajo en equipo. El punto débil femenino, por otra parte, es que a ellas les cuesta más delegar.

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