El ejemplo de Encarna

  • Encarnación Mora Valero tiene 75 años, un hijo, cuatro operaciones de bypass en el corazón y, desde enero, una Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Un logro considerable porque ella, para las estadísticas del Ministerio que la ha condecorado, no trabaja: es ama de casa. Encarnación, y las casi 30 mujeres que la acompañan, abandona una vez por semana sus labores para dedicarse a una buena causa: dar de comer al hambriento.

Como se canta la tabla de multiplicar nos detalla el menú semanal: “Los lunes, cocido; los martes, lentejas; los miércoles, sopa y pescado; los jueves, macarrones y huevo y los viernes, paella”. Hoy es viernes y Basi, la cocinera, se afana con un perol de aluminio que huele que alimenta. “Hace un arroz para chuparse los dedos”, la elogia Encarna. Y Basi, lejos de regodearse en el elogio, responde: “Pregunte usted ya lo que sea, que aquí no podemos estar toda la mañana de cháchara, que hay mucho que hacer”.

El comedor benéfico Madre de la Alegría, en Leganés (Madrid), no es un cuento de Navidad y de abuelitas que dan de comer a mendigos agradecidos. Es un lugar duro, llevado por mujeres sin remilgos que lidian cada día con enfermos, drogadictos, gente sin techo que no tiene nada que perder, sólo un plato de comida. Ellas los reciben en grupos de siete: los que caben sentados a la mesa del local de 50 metros. Cuando esos siete acaban de comer, pasan otros tantos, y así, todos se toman sentados su plato de comida, su fruta, su café... Todo lo que reciben a través de donaciones particulares, de la Cruz Roja, de la panificadora, de festivales, rifas… “Nada sobra para quienes no tienen nada”, sentencia Encarna.

Cada día, cinco mujeres llegan a las 8:00 h a la calle de Santa Rosa. Los lunes, unas; los martes, otras; los miércoles, otras… Con estos turnos se organizan en el comedor de Paquita, como se le conoce en honor a su fundadora, Francisca Gallego, que lo puso en marcha en los años 70. Desde las 10:30 h, las personas sin techo se van arremolinando en torno a la puerta. Además de la comida, saldrán del comedor con un bocadillo para la cena y el corazón caldeado por estas mujeres, para muchos, las únicas personas en el mundo que se preocupan por ellos. Y como cada viernes, además, les toca un litro de leche y un paquete de galletas para pasar el fin de semana.

“Esto no es fácil, aquí el que viene es porque está mal, con enfermedades, desesperado… A veces las cosas se ponen feas, pocas veces, pero sí que pasa, y entonces nos tenemos que poner firmes, hablar, arreglarlo, intentar no llamar a la policía: eso es lo último, cuando no se puede hacer ya nada”, explica Encarna. “Ellos no son malos, son buenas personas, lo que pasa es que cuando están enfermos se ponen muy mal y, los pobres míos, no se pueden controlar…”, dice con mucho cariño. A las 11:00 h de la mañana ya está preparada la mesa para la primera ronda. Una mesa puesta como Dios manda, con la ceremonia cotidiana que requiere el acto de comer. Al otro lado de la puerta, hace un rato que se les ve. Ahora se les oye: el rumor de los hombres, algún golpe en la puerta, unos que vociferan metiendo prisa… “Es que ya va a ser la hora”, los excusan ellas.

La cola es larga y los primeros siete están pegados al cristal: el turno es importante. Cuando terminen, pasarán los siguientes. Así hasta que todo el mundo se quede sin hambre. Dentro del local todas las voluntarias son mujeres, excepto el marido de Basi, Ángel, encargado de la logística: es el dueño de una furgoneta que, en ese comedor, vale más que un Rolls Royce. Allí se cargan y descargan litros y kilos. “Estoy para todo”, lo define él. Cuando se le pregunta a Encarnación por qué acude cada viernes al comedor responde sin dudar: “Por la alegría; siempre llego aquí pensando que me lo voy a pasar lo mejor posible”, dice, con su primoroso delantal, sin dejar de hacer cosas. A la 13:00 h se cierra el comedor.

Las mujeres lo dejan todo preparado para el lunes, cuando su labor volverá a comenzar. A primeros de año, el ministro Jesús Caldera les concedió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, un galardón reservado a muy pocos. En el acto de entrega, el ministro les confesó su “admiración por un trabajo que ha sido difícil y escasamente valorado”. Junto a la medalla han recibido el reconocimiento de todos, pero ellas saben lo que les falta y se lo piden a quien quiera escucharlas: “Un local más grande para atender a más gente”. Así se lo dijeron al ministro después de que éste se deshiciera en elogios. Al más puro estilo Basi: “Menos cháchara, que aquí hay mucho que hacer”.

40 AÑOS AYUDANDO A LOS DEMÁS

Paquita Gallego es como una santa en Leganés. Regentaba un taller de corte y confección, lo suficiente para vivir cómodamente. Pero a ella le preocupaban otras cosas y, a mediados de los 70, empezó a dar de comer en su propia casa a los niños de familias gitanas.

Después, abrió sus puertas a los hijos de padres alcohólicos, para los que montó una pequeña guardería donde les cuidaba. Así, sus madres podían salir a trabajar. En aquella época, unas 400 familias se alimentaban en los fogones de Paquita. Muchos iban con sus cazuelitas para llevar; en otras ocasiones se les daba a las mujeres viandas frescas. Paquita y sus discípulas han tenido muchas veces que salir a pedir para los demás.

Hoy, en el comedor, se sirven cerca de 75 platos calientes. No caben más. Desde que murió Paquita, en 1986, las herederas de su labor se empeñan en cumplir el testamento que les dejó y que preside, junto con una fotografía suya, el comedor: “Nunca neguéis un plato de comida caliente a quien pase por la puerta”.

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