Treinta mil razones, tantas como desaparecidos hubo en la dictadura militar argentina, mantienen viva una lucha que empezaron 14 mujeres en torno a una plaza bonaerense. Las llamaban las locas de la plaza, pero acabaron convirtiéndose en las Madres de Plaza de Mayo y su grito dio la vuelta al mundo. Primero pidieron que aparecieran con vida sus hijos y más tarde transformaron su dolor en lucha para reivindicar su memoria y exigir juicio y castigo para los asesinos. Un centenar acude aún todos los jueves, con sus pañuelos blancos, a la plaza. Tienen entre 75 y 87 años y siguen al pie del cañón.

Esta semana las Madres de Plaza de Mayo cumplen 30 años de su primera cita, el 30 de abril de 1977, mientras una nueva generación de mujeres, hijas de los desaparecidos, toma su relevo. Esas nietas tienen, más o menos, la misma edad que el colectivo y la conciencia de quiénes fueron sus padres y por qué desaparecieron. Por eso siguen el camino de lucha marcado por sus abuelas.

Lucía García, de 32 años, es una de ellas. Está casada y tiene un hijo, es periodista y trabaja con las Madres de Plaza de Mayo. Tenía dos años cuando secuestraron a su padre y, días más tarde, a su madre, delante de ella y de su hermana. Su abuela paterna, integrante de la asociación, siempre les dijo que estaban de viaje. Cuando su abuela murió, ella tenía 23 años y uno de sus tíos le contó que sus padres eran desaparecidos.“

Para mí, la lucha de estas mujeres es muy valiosa: socializaron la maternidad y se convirtieron en mamás de los que seguimos su bandera”. Paula Moroni también descubrió tarde la tragedia de su familia: “Supe lo que ocurrió a los 18 años –afirma–. Hasta entonces, había visto cómo mi abuela se ponía los jueves el pañuelo blanco y se iba a la plaza. Ella me contó de pequeña lo sucedido, pero no volvimos a hablarlo, era cuestión de supervivencia. Yo rompí ese silencio tras escuchar en televisión que se había formado la organización Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (HIJOS), que reúne a hijos de víctimas del genocidio.

La nuestra es una historia que no superas jamás, que aprendes a llevarla a través de distintos mecanismos, y allí encontré uno que me ayudó”, concluye. “Mi abuela me contó que mis padres tuvieron un accidente –explica Alejandrina Barry–. A los 13 años descubrí que no era cierto. Dediqué mi adolescencia a tratar de saber qué les pasó. Culminé mi búsqueda a los 17 años y me marcó tanto que retomé en parte lo que hacían”.

Entre las víctimas de la dictadura hubo también centenares de niños que fueron secuestrados con sus padres o que nacieron en los centros de detención a donde llevaron a las embarazadas. Sus madres los parieron en campos de concentración y fueron robados para entregarlos a familias de militares o afines a los represores. Se estima que cerca de 500 niños vivieron esta situación.

Criados por los asesinos

Las mujeres que afrontaron la doble tarea de buscar a sus hijos y a sus nietos formaron la agrupación Abuelas de Plaza de Mayo. Ellas han encontrado a 87 nietos que recuperaron su identidad tras una infancia en la que creyeron ser hijos de quienes asesinaron a sus padres. María Victoria Moyano es una de ellos. Reconoce que la separación de su “madre adoptiva” fue traumática, pero cuando un juez probó lo que había sucedido, decidió vivir con sus abuelas biológicas: “No puedo explicar lo que sufrieron y cómo se arriesgaron –continúa–. Algunas se hacían pasar por vendedoras de libros o trabajaban como servicio doméstico cuando sospechaban que en una casa vivía un nieto robado”.

Alejandrina decidió, hace una década, luchar para que se castigase a los genocidas. Protestó contra las leyes de impunidad aprobadas por los gobiernos democráticos, se concentró ante los domicilios de militares al grito de “Alerta vecino, por su barrio camina un asesino” e impulsa causas judiciales contra los represores. “El 95% de los genocidas siguen libres”, se lamenta. “Pelearemos para que estén presos, para que sepamos qué pasó con los desaparecidos, con los 500 chicos que, como yo, fueron robados en cautiverio y siguen sin aparecer. Es la tarea que tenemos por delante”, apostilla María Victoria Moyano.

Ellas también volverán este jueves a la Plaza de Mayo, como sus abuelas durante 30 años. Para Cecilia de Vicenti el aniversario es muy especial. Desde hace un año, las cenizas de su madre descansan, junto a las de otras madres, en el centro de la Plaza de Mayo, bajo una placa que la recuerda: “Azucena Villaflor de Vicenti, (1924-1977) creadora de Madres de Plaza de Mayo. Detenida-desaparecida buscando a su hijo Néstor y a los 30.000 secuestrados por la dictadura militar argentina. Fue mantenida en cautiverio en el centro de detención clandestino y días después arrojada viva al mar desde un avión. Sus restos fueron identificados en agosto de 2005”. “Imagínate lo que fue para mí, con 15 años, quedarme sin una madre que lo único que hacía era buscar a mi hermano. Cuando, 27 años después, me comunicaron que habían identificado sus restos, lloré. Una cosa es saber que se murió, tenerla y llorarla, y otra es el dolor de no saber. Lo peor fue saber que la tiraron viva al mar”, dice Cecilia.

La dictadura militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983 hizo desaparecer entre 22.000 y 30.000 personas. Fue tan inhumana la purga, tan profunda la herida, que sus consecuencias, dicen, perdurarán durante generaciones. A los detenidos se les torturaba atrozmente y después se les asesinaba y se sepultaban sus cuerpos en fosas comunes o se les arrojaba al mar desde aviones de las Fuerzas Armadas. Las madres no supieron nada hasta bastante tiempo después, pero empezaron su peregrinaje por comisarías e instituciones gubernamentales. “Golpeábamos las mismas puertas, pero no había respuestas. En esos lugares, nos fuimos encontrando y fortaleciendo. Un día, Azucena Villaflor dijo que así no se conseguía nada y nos animó a reclamar juntas en la Plaza de Mayo, frente a la sede del Gobierno”, rememora Mirta Acuña de Baravalle, de 81 años, que busca a su hija, su yerno y su nieta nonata.

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