Pese a su juventud, ya se ha topado de tú a tú con la enfermedad más amarga. Su vida dio un giro radical hace dos años, cuando la operaron de un tumor de cáncer de mama. Pero ha aprendido lo más difícil: a miriar de frente, pero con dulzura, a sí misma. “ Con otro aire” es el disco que ahora presenta, el cuarto de Chambao, el grupo que lidera. Para él, Lamari ha escrito nueve canciones, la mayoría sobre temas sociales, como “Papeles mojados”, su primer single.

Enamorá de la vida, aunque a veces duela”, es un verso de una canción que hizo famosa Camarón. Así se titula también el libro de Lamari, donde describe la experiencia de vivir un cáncer de pecho. Esa frase resume además la actitud con la que se enfrenta a todo, incluso a ella misma, esta mujer bellísima de cabeza, cuerpo y voz. Cuando llega a la entrevista, entra en el baño, se lava los dientes, suelta el bolso, se descalza y, liberada de apreturas, se sienta en la alfombra. Nosotras la seguimos: nos acomodamos en su sencilla y generosa actitud, y empezamos a charlar.

MUJER HOY. “Con cáncer también se crece” es el subtítulo de su libro. Da la impresión de que es como un viaje iniciático, en el sentido de que parece que lo empezara una adolescente y lo acabara una mujer.

LAMARI. A medida que iba avanzando la enfermedad tenía más cositas que contar. Para mí, el libro ha sido una terapia. Yo, para superar las cosas, necesito escuchármelas a mí misma, contarlas, descargarlas, vomitarlas… Aunque, a veces, las palabras me pierden; soy más de sentimientos, de energía, de que los ojos digan cosas…

MH. ¿Con la música se pueden decir mejor ciertas cosas?

L. Sí. La música es lo más cercano al sentimiento, al amor, a la energía que fluye; no entiende de idiomas ni de palabras.

MH. Dice en su libro que buscaba lo verdaderamente importante de la vida. ¿Lo ha encontrado?

L. Soy muy bebé todavía, tengo que vivir mucho más. Pero para mí, lo importante claramente es mi familia, mi raíz.

MH. Antes del diagnóstico de su enfermedad, daba la sensación de que se sentía sola. ¿Le ayudó el cáncer a reencontrar a su familia?

L. Atravesar esta enfermedad es como destapar la caja de Pandora. El cáncer me ha servido como para quitarme un tapón que tenía. Ahora me siento muy cercana a la niña que fui. Sí que tuve una época, no sé si nos pasa a todos, que me metí un poco más “p’adentro” y sufrí bastante.

MH. ¿Tenía acallada a la niña que fue?

L. Parece que sí. Y, ahora, a mi niña la saco a todos lados (ríe), la tengo a flor de piel. Nunca me he separado de mi familia, pero, en esa etapa de estar más “p’adentro”, me sentía más alejada, no sólo de mi familia, sino de todo lo que te hace ser tú. Fue una época de negación de mí misma, de no aceptación… de todo esto que tiene mucho que ver con haber tenido cáncer. Al menos para mí, ¿vale? Para mí, tiene mucho que ver con no aceptarte.

MH. En su libro, se pregunta por qué apareció la enfermedad precisamente en un momento en el que había roto con algunas cosas importantes.

L. Va todo ligado. Sigo pensando que el cuerpo reacciona de una manera, es una llamada de atención cuando dentro va algo mal. Y no a nivel físico, si no en tu alma. El cuerpo reacciona y mi reacción fue por ahí.

MH. El cáncer se localizó en el pecho izquierdo, “el lado del corazón”, dice usted en su libro.

L. Nunca había sentido eso de “me duele el corazón”, hasta una época concreta en mi vida, que lloraba con ese dolor de corazón y siempre me tocaba aquí, donde tengo la cicatriz. Cuando lloraba me agarraba aquí, era como: “Quiero quitarme este peso de encima y no sé cómo”. Hasta que un día, al tocarme, dije: “Tengo un bulto, ¿esto qué es?”. Yo animo a todo el mundo que haya tenido una enfermedad a que no se pregunte “¿por qué a mí?”, sino que intente sacar lo que tiene dentro y, si es posible, que quite el tapón, que destape todo lo que le esté pasando.

MH. ¿Por qué se tatuó la palabra “respeto” en la muñeca izquierda?

L. Fue antes de saber que tenía cáncer. Es que todo está muy relacionado. Lo te- nía muy claro, nunca me había hecho un tatuaje, fue el primero y me apetecía ponerme “respeto”, porque creo que esa etapa de negación tenía mucho que ver con no respetarme a mí misma.

MH. Usted ha dicho que la enfermedad le ha descubierto cosas sobre sí misma. ¿Qué ha encontrado de bueno y qué de malo en usted?

L. Que también tengo virtudes, porque soy muy dura conmigo, muy dura. En esta profesión siempre te están vitoreando y, quizá por eso, soy muy crítica conmigo. Lo malo es que no me valoro. Así que una de las cosas que he aceptado es que tengo virtudes, no sólo defectos. Por ejemplo, que tengo un corazón bastante grande. No me alegro de haber tenido cáncer, ni mucho menos, pero sí de que, a través de él, he tenido un despertar hacia mí, una llamada de atención personal e íntima.

MH. Si la crítica que se hace a usted misma es dura, quizá el cáncer, que ya hacía un daño importante sobre usted, sirvió para que se permitiera dejar de flagelarse y comenzara a cuidarse.

L. Sí, la verdad es que sí…

MH. Seguramente, cómo lo ha asimilado tiene que ver con cosas que estaban ahí desde niña.

L. Soy la pequeña de cuatro hermanos, pero no he sido la mimada. Al contrario, he estado muy sola desde chica. Me llevaba 10 años con mi hermana mayor, ocho con la otra, seis con el siguiente… Mis padres vienen de una época chunga y se las componían con tres trabajos a la vez para sacarnos adelante. Yo, prácticamente, he sido criada por mis dos hermanas. Y ha habido muchos momentos que… ¡Ojo!, miro atrás y pienso que he tenido una infancia guapísima, pero sí he pasado muchos momentos sola, con mi muñeca y haciendo amigos… También esa parte de mí tan sociable se debe un poco a eso, a que me he tenido que buscar la vida. Siempre me han enseñado y lo he visto mucho en mi madre: “Tira p’alante, tira p’alante…”.

MH. Lo de “tirar p’alante” le ha venido entonces muy bien en la vida.

L. ¡Fíjate! Siempre lo he hecho; siempre, mientras pueda. Mirar atrás sólo lo hago para apuntar, pero no para encerrarme en eso. Y una de las cosas que me ha enseñado el cáncer es a no mirar excesivamente hacia delante, sino al punto en el que estoy. De alguna manera, cuando estás pendiente de tu presente, tienes un futuro. Intento vivir el presente lo más posible.

MH. Cuando uno atraviesa una enfermedad grave, se valora el tiempo de otra forma. Quizá sea porque se hace uno consciente de que la vida, la de todos, con cáncer o sin él, tiene un término.

L. Muchas veces digo: “Vive y disfruta, que son dos días”. Y eso se confunde, parece que dices: “Haz lo que te salga de…”. Y no, se trata de disfrutar del valor de la vida que te apetezca encontrar, de no vivir con miedo. En esta sociedad, primero, todo te lo dan hecho, parecemos inútiles; y, segundo, hay mogollón de información negativa que nos hace vivir con mucho miedo. Y yo me niego a vivir con tanto miedo, intento ser prudente, pero ¡basta ya de estar todo el día con un terror increíble!

MH. Quizás nos podemos creer la ilusión de que lo tenemos todo, pero eso siempre se refiere a lo material. En su libro, usted pregunta por otro tipo de cuestiones: el ser, los deseos... y todo eso es lo que menos se ve y lo que menos se habla.

L. Quizá, es la parte más complicada, pero también lo más mágico; con todo lo que tiene de dolor, es la parte más bonita.

MH. Y cuánto cuesta hablar de esa parte de nosotros, de los sentimientos.

L. Eso es algo que en mi familia sí lo hacemos… Menos mi padre, que es más introvertido. Aunque desde hace un tiempo tiene momentos más “p’afuera”.

MH. ¿Ese estar “p’adentro” suyo, del que habla, puede tener que ver con la forma de ser de su padre?

L. Seguramente; yo me parezco mitad a mi madre y mitad a mi padre. He tenido una época un poco… No sé si les pasa a todos los adolescentes, el ser más enemigo, sin él saberlo, de tu padre. Yo he ido reconciliándome sin que él supiera que, de alguna manera, estaba enfadada. Y era porque a mí no me ha criado mi padre y eso lo he sacado ahora. Mi protesta iba por ahí, pero con qué cara le digo yo al hombre que está “matado” a trabajar: “Oye, mira, que yo estaba enfadada contigo porque tú no me has criado, porque estabas todo el día currando y, cuando llegabas a casa, ya estábamos los niños en la cama y tú te acostabas porque llegabas reventado de trabajar”. Eso un día, y otro, y otro... Te pierdes una etapa muy bonita de tu hijo, que se cría con un señor al que hay que tenerle más bien un respeto-miedo: “No hagas ruido, no hagas esto, no hagas lo otro, no vaya a ser que...”. Y eso te impide acercarte a tu padre, ¡al creador de tu persona! Es muy fuerte, ¿no?

MH. Ese tiempo de estar para adentro, de parecerse más a él, podía ser una forma de estar con él.

L. Sí, fue una manera de acercarme. Las circunstancias de la vida fueron así... acércate y perdónalo ya. De decirte: “No sigas más con esa historia y con ese resquemor ahí”. Eso de: “Yo no tengo nada que perdonar a mis padres”. Pues sí, sí les tienes que perdonar, porque te has sentido de una manera determinada y no pasa nada… De hecho, les doy las gracias a los dos por estar aquí.

MH. Quizá no sólo tenía que perdonar algo a sus padres, también tenía que perdonarse a sí misma por estar rabiosa con ellos.

L. Sí, pero un perdón lleva al otro. A mí me costó mucho trabajo decírselo a él, porque me pasa como a mi hermana Aurora: tenemos ahí un “karma” a superar, y es que nos cuesta mucho ser sinceras cuando sabemos que vamos a hacer daño a una persona que queremos.

MH. Pero hace más daño no hablar.

L. Exacto.

MH. Y a veces la otra persona te sorprende con la reacción que tiene.

L. Mi padre, por ejemplo, hace tiempo que me viene con los brazos abiertos: “¡Ay, mi niña, cuánto te quiero!”. Y yo digo: “Dios mío”… Ahora ya estamos acostumbrados, pero mi padre antes no era así.

MH. ¿Desde cuándo es así?

L. Desde que fuimos mayores todos, desde que se vio con menos peso para mantenernos, creo yo, con el alivio de “ya están aquí, ya los he criado”. Pienso que sentimentalmente está más “p’afuera” desde mis 18 años o así.

MH. “Respira” es una canción de aliento, como un renacer.

L. Es para mis padres. Es una manera de darles las gracias, de agradecer que he nacido aquí, que tengo esta familia y que me gusta. La primera vez que se la puse a mi hermana Toñi se puso a llorar. Yo le decía: “Ay, Toñi. Por Dios, no llores”. Ella me contestó: “Es que me parece alucinante cómo lo has hecho, porque sin haberlo vivido has narrado lo que es un parto”. Y digo yo: pues será que de alguna manera me sentiré madre, ¿no?

LA MIRADA PSICOLÓGICA

Érase una vez una niña, la chiquitilla de cuatro hermanos, que creció mirando al mar. Su nombre es Mar. Al alcanzar la plenitud, cuando estaba a punto de sacar un disco, un cáncer la sumió en el dolor, pero la convirtió en una nueva mujer. Lamari sabe cómo es el ser humano y por ello dice que el cuerpo se resiente cuando algo duele en el alma. ¿Qué le dolía a ella? ¿Por qué apareció su enfermedad en un momento de cambios? Llegaba a la primavera del 2005 con el corazón herido y empezaba su carrera musical en solitario, lo que quizá evocó soledades infantiles que se viven de forma extrema. Se lamentaba de haberse sentido lejos de su padre, un hombre introvertido y trabajador. “No me ha criado”, dice. Quizá por ello, durante una temporada cambió y se volvió como él, introvertida, para intentar entenderle, esta vez desde dentro de sí misma. La identificación es una forma de amor. La crítica que se hacía, probablemente de forma inconsciente, por esos sentimientos encontrados, la hacía llevarse la mano al corazón y así fue como encontró el bulto, junto al pecho. Sin embargo, con la enfermedad salió de la tristeza, porque no necesitaba criticarse tanto por lo que sentía. Entonces pudo empezar a quererse. Quizá, aceptar lo que los padres no nos pudieron dar es el comienzo para reconocer lo que nos dieron: la vida. Ella dice que les agradece estar aquí y añade: “Me gusta mi familia”. A Lamari le gusta la gente sencilla. Ella dice que lo es, pero tiene una complejidad psicológica muy bien organizada que le permite acercarse con cierta sabiduría a su mundo emocional. Es probable que esto sea lo que la hace tan cercana y auténtica.

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