Nadie las ha elegido, sólo sus maridos, pero todas representan a su país. Analizamos su ambigua misión.

¿Convertirme en primera dama? Eso me parece un tostón. No soy políticamente correcta... no entro en el molde”. Cecilia Sarkozy ha hecho honor a las palabras que pronunció en 2005. Y lo ha hecho sólo cinco meses después de que su marido llegara al palacio del Eliseo. Cinco meses en los que nunca ha estado claro su papel: no votó en la segunda ronda de las elecciones; llegó a última hora a la fiesta de celebración; no quiso asistir a la comida en el rancho de los Bush; se fue un día después de que empezara la cumbre del G-8 en Alemania porque sus homólogas “le aburrían”; tuvo que devolver una Visa con dinero público con la que pagaba sus gastos... Pero salió corriendo hacia Libia al rescate de las enfermeras búlgaras acusadas de infectar de sida a cientos de niños y convencer a Gadaffi de que las liberara a cambio de ayuda sanitaria, aunque otras instancias dicen que hubo contraprestaciones militares.

UN CARGO QUE NO EXISTE

La actuación de Cecilia durante su breve papel como primera dama ha desatado la controversia: ¿qué funciones ha de desempeñar una primera dama?, ¿de qué ha de ocuparse?, ¿de qué forma debe representar a su país?

Las figuras de las esposas de los presidentes o primeros ministros de las repúblicas democráticas –o las reinas, en el caso de las monarquías– suelen estar poco definidas. Los suyos son cargos que no existen a efectos legales: no han sido elegidas por votación popular; las constituciones no las nombra ni determinan sus atribuciones; su labor no está sujeta a revocación de mandato ni juicio político, y su poder está determinado por el carácter y la forma de ser y actuar del presidente. Sus responsabilidades las determinan la costumbre o las pautas históricas. Lo normal es que cumplan funciones de representación en recepciones, audiencias, viajes oficiales…

En las democracias europeas, la primera dama se ve asistida, generalmente, por una secretaria o un grupo reducido de colaboradores, con escolta y coche oficial. Sólo en casos excepcionales va acompañada de asesores vinculados con el sistema protocolario. Al no ser un cargo electo, no se le designa una partida presupuestaria específica, por lo que sus gastos forman parte de los de la Presidencia. Sin embargo, ella sí puede elegir sus funciones de representación, sus apariciones públicas. En cuanto a las reglas de protocolo, cuando acude como consorte a una recepción oficial tiene el mismo rango protocolario que el presidente. Por el contrario, si asiste sola a un evento, pierde este rango.

SACRIFICIOS SIN RECOMPENSA

La escritora mexicana Sara Sefchovich, autora de un libro sobre las primeras damas en la historia de América Latina, considera que desempeñan “un papel ambiguo. Ser primera dama es un juego de adivinanzas. Dos actitudes predominan en su forma de actuar: algunas se caracterizan porque quieren participar demasiado en asuntos del Gobierno y otras porque optan por limitarse a cumplir con las reglas que marca el protocolo”, asegura. A su juicio, “a muchas nadie las toma en cuenta, su trabajo no tiene ningún sentido, pero de todos modos tienen que hacerlo, la sociedad no permite que no se haga. Ser primera dama puede implicar grandes sacrificios sin recompensa. El problema surge cuando creen tener un derecho que no les corresponde, cuando consideran que pueden gobernar una nación”.

Gloria Campos, directora de relaciones institucionales en la Escuela Internacional de Protocolo explica que su papel “se define según su impronta, su personalidad, el acuerdo al que llegue con su marido y el modelo presidencial que se establezca. Desde el instante en que se convierte en imagen pública, representa el modelo femenino de un Gobierno. Tiene que transmitir unos valores; ser el reflejo, el estilo de un país”. En opinión de esta experta, “desde el punto de vista mediático representan la mejor manera de publicitar los progresos que se hacen en un país. Prestan un servicio que no es recompensado de ningún modo”.

Su labor, en muchas ocasiones, resulta frustrante. Sobre todo en las cumbres paralelas o en los foros de primeras damas, donde se abordan temas de vital importancia internacional, como la expansión del sida o la pobreza. Ellas regresan a casa sin poder poner en marcha ningún compromiso, pues su poder no es vinculante.

Ésa es una de las razones de que exista una cada vez más intensa corriente de opinión a favor de legislar jurídicamente el estatus de la primera dama. ¿El objetivo? Que estos temas sociales no caigan en saco roto y que sus incursiones en la política activa se regulen. Es en América Latina donde esta exigencia cobra más adeptos. Allí las cónyuges de los mandatarios manejan con frecuencia dinero del Estado para administrar programas asistenciales, pero pocas están obligadas a rendir cuentas de su acciones y, en ocasiones, acaban mezclando lo público y lo privado. Y lo hacen hasta tal punto que más de una se ha visto salpicada por sospechas de corrupción, han recibido acusaciones de tener excesiva influencia política, ambiciones electorales y afán por atraer la atención de los medios de comunicación.

Gloria Campos no considera, sin embargo, que ese control sea necesario en las democracias europeas. “El gasto público está muy fiscalizado y los representantes políticos se ven obligados a justificar hasta el último euro que gastan. Legislar entraría en conflicto con las libertades y derechos de una persona que no ha seguido un proceso de votación o una campaña. Es mayor el riesgo de legislar que el de tener a una Imelda Marcos”.

UN TÍTULO “MADE IN USA”

El término “first lady” se empleó por primera vez en 1877 para designar a Lucy, la esposa del presidente Rutherford B. Hayes. Pero el concepto moderno empezó a desarrollarse con la aparición de los medios de comunicación, que estimularon la curiosidad por la familia del presidente y convirtieron a su esposa en modelos de comportamiento. Edith, casada con Theodore Roosevelt, fue la primera que contrató un equipo de asistentes. Pero la gran revolución llegó con Eleanor Roosevelt (1933-1945): infatigable, daba conferencias por todo el país, tenía su propio programa de radio y defendía causas sociales como el fin de la segregación racial. Hoy las obligaciones de la primera dama están claramente definidas: coordina el engranaje doméstico de la Casa Blanca, actúa como anfitriona y es una figura pública reconocida.

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