Su cara es redonda, luminosa y ancestral, como un Sol maya. Parece que sonríe siempre, aunque no lo haga. En una revista para adolescentes dirían que transmite “buen rollo”, una certera manera de describir a esta guatemalteca de 49 años que parece estar en paz consigo misma, con los muertos y con los vivos. La premio Nobel de 1992 participó en Málaga, en noviembre, en el II Encuentro Sociedad del Conocimiento y Ciudadanía, un espacio de debate para orientar una construcción basada en la cooperación, la paz y la sostenibilidad.

MUJER HOY. Su biografía, publicada en 1982, “Yo, Rigoberta Menchú”, se basa en las conversaciones mantenidas con Elisabeth Burgos-Debray. ¿Cómo lee uno la tragedia de los suyos?

RIGOBERTA MENCHÚ. Me mandaron la trascripción de las cintas y dos personas me las leyeron. Después de eso, dije: las cosas que reposan en el tiempo son las importantes, como la historia, el dolor…

MH. ¿El dolor reposa?

R.M. ¡Ay!, yo digo que sí. Tiene que reposar porque si no continúas en la misma cuestión… ¿Sabes cuándo volví a leerlo? Cuando estaba embarazada de mi segundo hijo, que falleció. Fue hace nueve años. Tuve un embarazo de alto riesgo y estuve en cama durante seis meses. Entonces dije: “Mi hijo tiene que saber, antes de nacer, la historia de su mamá” y le leí el libro durante el embarazo. Fue una experiencia increíble, yo le leía y lloraba…

MH. A nosotras nos ha costado completar algunos capítulos. Y los relacionados con la maternidad y los hijos son muy duros. Leerlos embarazada…

R.M. Pienso que tenía mucha razón cuando decía en el libro que no me iba a casar nunca ni iba a tener hijos; pero me gustó muchísimo hacerlo al final y… bueno, mi hijo murió a los tres días de nacer…

MH. Debió ser difícil leer ese libro en estado, porque era como revivir una historia muy dura.

R.M. Bueno, pienso que la gente que ha sufrido en la vida no es víctima, ésa es la primera noción. MH. Eso es lo primero que se percibe al leer su obra: que, a pesar de las atrocidades que cuenta, su actitud no es victimista.

R.M. No, eso nunca. Una persona que se siente víctima daña su propia dignidad; no soy víctima, soy una mujer que ha triunfado, que ha salido adelante.

MH. ¿Cómo ha conquistado esa actitud ante la desgracia?

R.M. Practico mucho el equilibrio, que se consigue, en buena medida, con la actitud. Tú te levantas y dices: “Hoy mi meta es hacer las cosas bien”. Si termino el día habiendo cumplido lo que me propuse, seguramente me sentiré satisfecha, pero si no... uno tiene muchas insatisfacciones en la vida. Pero también practico la espiritualidad maya, que básicamente es mucha concentración, plegarias. Hay tres grandes reglas en la espiritualidad maya. La primera es gracias, gracias, gracias por todo, por la vida, por los hijos, por el país, por la existencia. El segundo es perdón, perdón porque uno no es perfecto, tiene limitaciones y pedir perdón es también un acto de humildad frente al creador, frente a la historia, frente a la luz del Sol, a la Tierra… frente a todo. Nosotros no tenemos el concepto occidental de perdón por ofender, sino un perdón porque somos tan pequeños, con tan pocas posibilidad de alcanzar las dimensiones de la vida…

MH. ¿Y el tercero?

R.M. El tercero es quiero más y deseo más. Pero diferente de Occidente, que quiere más pero no sabe agradecer ni pedir disculpas… Por eso uno siempre debe ser ambicioso por querer más, pero sabiendo cuál es el tamaño de uno mismo. Uno tiene que tener siempre abundancia de salud, de comida, de bienes, de felicidad… La abundancia en toda su dimensión.

MH. Conociendo las propias limitaciones...

R.M. Exactamente.

MH. En la cultura maya, en el momento del nacimiento acompañan tres parejas de adultos, pero usted se adelantó y cogió a su madre sola. Su padre no estaba en ese momento, pero después siempre ha estado muy acompañada por él.

R.M. Ah, sí, mucho, mucho. Mi papá fue una referencia tremenda, no sólo en aquellos años de vida si no en todo este tiempo. Mi mamá empezó a aparecer conmigo en los últimos años cuando, de repente, tienen mucha utilidad en mi vida las plantas, las flores, las medicinas tradicionales… (su madre era partera). Yo atiendo a las personas que tienen enfermedades y que me lo piden, sobre todo a las que tienen enfermedades en fase terminal y me dicen: “Déle una bendición a mi enfermo”. Voy y la gente cree tanto en la fuerza de la energía que se siente mejorada.

MH. Esas ayudas pueden tener que ver con que en su infancia vivió muchas muertes sin poder hacer nada, porque estaba indefensa.

R.M. Sí, la impotencia de decir: “Cómo podría yo resolver esto…”, y no puedes. Debes saber que es imposible pero tienes que hacer todo lo que sea por tu parte, aun sabiendo que no lo podrás resolver.

MH. Cuando su hermanito de dos años murió de hambre delante de usted, que tenía ocho añitos... ese capítulo es tremendo.

R.M. Sí, Nicolás. Y Felipe también murió muy chiquito; trabajábamos en el campo y fumigaron con una avioneta contra las plagas. De eso murió. Fuimos nueve hermanos, yo soy la sexta. Pero lo terrible es cuando ves que esa situación es parte de un entorno social. A mí me impresionan los niños pequeños con hambre, totalmente desnutridos, y cuando veo a tantas personas que no creo que tengan esperanza de una calidad de vida... Aunque también siento que mi vida está vinculada a ser una luz para los que no tienen luz. Pero no sólo porque esas personas tienen hambre, también me ha tocado ver a mujeres deprimidas, en estado económico acomodado y, en cambio, las he encontrado con una tristeza tremenda, con un sufrimiento impresionante.

MH. Lo tienen todo, pero ¿qué les falta a esas mujeres de las que habla?

R.M. Energía. Energía espiritual.

MH. Hay una frase estupenda de su padre: “Hay a quien le toca dar sangre y a quien le toca dar fuerza. Si podemos, demos fuerza”. A usted le ha tocado dar fuerzas.

R.M. Yo, si puedo aconsejar a una persona, lo hago. No importa que esté en un avión, en un aeropuerto, en una tienda… Hay gente que viene y me dice: “Mire señora…”, se ponen a llorar, veo algo duro que está viviendo y le doy consejo. Y es más, a veces, me vuelvo consejera de familias, porque hay parejas que se separan, y hay separaciones que provocan mucho sufrimiento, que son muy dolorosas.

MH. Seguramente, le hubiera gustado que alguien le ayudara cuando era pequeña, porque sus padres no tenían posibilidades. Eso ahora lo está usted dando a los demás.

R.M. Yo no siento eso así, siento que hay una misión que nos toca cumplir a todos. No necesariamente tenemos que sufrir para intentar ayudar a alguien.

MH. Pero hay gente que con ese dolor en lugar de transformarlo y hacer algo bueno se queda quejándose.

R.M. Mi mamá siempre decía que las personas tenemos que estar bien y sentirnos bien para poder hacer bien. Ninguna persona que tiene una crisis profunda puede ser una luz para los demás. Yo, cuando no estoy bien, me doy un baño de flores, hago un poco de concentración, observo bastante las cosas de la naturaleza, escucho un río, el viento… Eso te ayuda mucho a la hora de recuperar tus energías y poder ayudar a otros.

MH. Cuando hablaba de su madre, dijo que se acercó más a ella al final.

R.M. Porque el dolor de la muerte de mi mamá fue más duro que el de la de mi papá. Durante un tiempo, yo no pude aceptar esa muerte; tuve secuelas posteriores. Iba por una calle y veía la espalda de mi mamá. Era por eso que, en el libro, mi valentía llegaba hasta hablar de mi papá, pero no de mi mamá. Me costó más superarlo. Era una mujer increíble; comadrona, consejera... Pero digo que mi papá fue una referencia más por mi liderazgo comunitario, porque no nací para ser madrina de fiestas [risas], nací para trabajar, para luchar, para una ser una líder social

MH. ¿Qué considera que tendríamos que aprender todos de la cultura maya?

R.M. La humildad. Si uno es humilde y es capaz de reconocer sus limitaciones, entonces puede hacer cosas sencillas y cosas grandes también. Y la humildad frente a la naturaleza, frente a la vida… ¡Eso no quiere decir ser paloma blanca y que te coman en escabeche! [risas].

MH. Antes hablaba de las fuerzas y en uno de los capítulos de su biografía, cuando muere su hermanito de hambre, dice algo así como que ahí aprendió un odio que dura toda la vida. ¿Le queda odio a usted?

R.M. Tal vez con el odio no hay una receta, una regla única. Realmente, así como entiende Occidente el odio, no lo tengo. Es el coraje, la impotencia, la rabia, el dolor que tú sientes… Mire, yo todo esto lo he manejado muy bien con mis propios difuntos. A mi padre le he pedido perdón tantas veces por todo lo que los demás le hicieron…

MH. Le tendrán que pedir perdón los que le hicieron daño, no usted ¿no?

R.M. Sí, pero nosotros cada 20 días tenemos posibilidad de conversar con nuestros difuntos, de darles su agua, sus flores, sus ceremonia y, en ese proceso de recuperación de la relación con nuestros muertos, se pide perdón por todos los que les hayan hecho daño, dices: “Perdónelos, déles alegría”; en nuestra cultura no se pide maldad para el otro.

MH. La maldad genera maldad.

R.M. Sí, y si usted me ha ofendido yo no digo su nombre, pero en las ceremonias mayas se pide: “Dele su agua, su alegría, su tranquilidad”, para que no vuelva a dañar. Uno no tiene por qué juzgar a la otra persona en tanto que el otro es igual que uno, uno tiene que pedir que la otra persona tenga armonía, luz, vida, fuerza... porque si una persona tiene satisfecho todo, no empuja a nadie. Todo eso es un modo de pensar diferente.

MH. Su biografía es muy dura de leer, incluso se han llegado a cuestionar algunos de los datos que usted cuenta. ¿A qué cree que se debe que digan que esas cosas son mentira?

R.M. Hay que preguntarles a esas personas. Nosotros tenemos un juicio en la Audiencia Nacional española y el próximo año van a comparecer 30 testigos del genocidio en Guatemala y, gracias a eso, aquellos hechos no se van a olvidar.

LA MIRADA PSICOLÓGICA

Asesinaron a sus padres y a dos de sus hermanos. Violaron a su madre y la torturaron repetidas veces antes de expirar. Vio morir de hambre al pequeño de sus hermanos (dos años) y descomponerse su cuerpo porque no podían pagar un trozo de tierra donde sepultarlo. Tales son algunas de las vivencias de Rigoberta Menchú, vivencias que le hicieron afirmar, cuando tenía 20 años, que ni se casaría ni tendría hijos para evitarles los sufrimientos que había visto en su familia. Sin embargo, tras digerir aquel dolor, triunfó el deseo de dar vida, se casó y tiene un hijo. Rigoberta tomó el testigo de su padre y su madre. El primero le decía: “A unos les toca dar sangre (como le ocurrió a él), a otros les toca dar la fuerza (como hace ella)”. Gracias a esa fuerza ha transformado todo lo que sufrió en capacidad para ayudar a los que lo necesitan. Esa fuerza es la que la empuja a intentar que se haga justicia por el genocidio guatemalteco. Rigoberta vino al mundo antes de lo esperado por su madre, que era comadrona. Se han cuestionado algunos datos de su historia. ¿A quién molesta Rigoberta cuando habla de lo que vivió en su infancia? ¿Acaso es que los indígenas nunca sufrieron abusos? ¿Es demasiado duro lo que cuenta o es que para algunos resulta excesivo que, además de mujer, sea indígena? Hay algo auténtico en esta mujer que propone asumir la historia y que se nombra como hija de su tiempo y de una cultura (la maya) que respeta a la tierra y a la madre. Tan verdadero y vital que tras escucharla uno evoca la canción de Violeta Parra que decía: “Gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto…”.