Si toda persona debería tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol, Wangari Maathai ha cumplido más que de sobra: es madre de tres hijos, ha escrito su autobiografía y ha plantado más de 30 millones de árboles en su país, Kenia. Y de propina, recibió el Nobel de la Paz en 2004 por su labor al frente del Movimiento Cinturón Verde, la ONG que se ha ocupado de esa reforestación. Wangari logró esquivar a un destino que, como mucho, le deparaba un papel de ama de casa. Sin embargo, logró licenciarse en Biología en EE.UU. y, desde 2003, ser la ministra de Medio Ambiente de Kenia. La suya es una vida marcada por la lucha. Batallas que ella misma relata en “Con la cabeza bien alta” (Editorial Lumen, 21 €), que esta semana sale a la venta en nuestro país. Ésta es su historia.

“Fui la tercera de seis hijos y la primera niña después de dos varones. Nací el 1 de abril de 1940 en Ihithe, una aldea de las tierras altas del centro de Kenia, por aquel entonces colonia británica… Al norte, alzándose hacia el cielo, se encuentra el monte Kenia”. Ese hecho debió de marcar su destino porque, para los kikuyu –su tribu–, todo lo bueno tiene su origen allí. Su padre tenía cuatro esposas –la madre de Wangari era la segunda– y más de 10 hijos.

Wangari siempre mantuvo una relación muy especial con su madre: “Hasta donde me alcanza la memoria, estuvimos siempre juntas, conversando... Yo la observaba mientras trabajaba la tierra y trataba de imitarla”. Y fue ella quien le incitó a plantar algo por primera vez.

“Mi escuela era como todas las de la época: tenía paredes de barro, el suelo de tierra y el tejado de hojalata…”. Así comenzó Wangari Maathai a estudiar, después de que su madre la enviara a la escuela casi por casualidad, con uno de sus primos. Su afán por descubrir nuevas cosas se trasladó entonces a los libros y la acompañó desde la pequeña escuela de Ihithe al centro intermedio de Santa Cecilia, donde llegó con 11 años, y más tarde a un instituto para chicas a las afueras de Nairobi, ambos centros religiosos.

Mientras, Kenia se veía envuelta en rebeliones armadas y su familia era obligada a vivir durante siete años en un poblado de emergencia. Pero el destino volvió a jugar un papel importante en la vida de Wangari. En septiembre de 1960, y gracias a una beca para estudiantes africanos, se subía por primera vez en un avión, rumbo a Estados Unidos. La primera escala la hizo en Nueva York: “Fue como poner un pie en la Luna. Tuvimos suerte de que no nos atropellaran, pues solíamos recorrer sus concurridas calles con la vista en alto, fija en los altísimos rascacielos. ¡Y qué puedo decir de los ascensores! Yo estaba convencida de que mi estómago y mi corazón no llegarían nunca a su destino al mismo tiempo que el resto de mi cuerpo”.

En Kansas, donde estudió, descubrió su pasión por la Biología, pero también una forma de vida liberadora. Tras la graduación llegó un máster en la Universidad de Pittsburg y, cuando estaba a punto de finalizarlo, la llamada para regresar: hacía dos años que Kenia había logrado la independencia (en 1965), y “regresé con la determinación de que podía hacer lo que me propusiese”, cuenta.

“Mi primera batalla”

El 6 de enero de 1966 Wangari volvía a pisar su tierra, pero no todo iba a resultar sencillo. Le habían ofrecido un empleo en el departamento de Biología de la universidad, pero cuando se presentó un hombre había ocupado su puesto. “No tardé en darme cuenta de que podía hacer cuanto me propusiera, si no fuese porque era negra y mujer”. Encontró trabajo en el departamento de Anatomía Veterinaria. Fue en aquella época cuando libró una de sus primeras batallas, en contra de la discriminación femenina. Las profesoras cobraban menos, se les negaba la pensión y sus hijos no tenían cobertura médica. Al final, consiguió la equiparación de sueldos.

El trabajo la obligó a volver a su región de origen. Y lo que encontró fue muy distinto de lo que había dejado: “Una gran parte del territorio ocupado por árboles y pastos había sido convertida en plantaciones de café y té… Las vacas estaban tan enjutas que podías contarles las costillas, la gente tenía aspecto desnutrido...”. Ahí surgió la idea que le valdría un Nobel. “Se me ocurrió: “¿Por qué no plantamos árboles?”. Proporcionarían forraje para el ganado, madera para que las mujeres pudieran cocinar alimentos nutritivos... Así surgió el Movimiento Cinturón Verde”, explica.

Los primeros árboles se colocaron en 1977. El objetivo era plantar 15 millones. Pero el proyecto tardó años en arrancar. El Gobierno lo boicoteó porque Wangari denunció el reparto que el presidente estaba haciendo del territorio nacional. La represalia fue inmediata: prohibió las reuniones, impidió que Wangari volviera a la universidad, fue detenida y encarcelada en varias ocasiones, acusada de sedición y traición; recibió amenazas de muerte, sus árboles fueron quemados...

“Él me acusó de adúltera”

Poco después de llegar a Nairobi desde EE.UU, Wangari conoció a su futuro marido, Mwangi Matahi. Las cosas comenzaron a torcerse poco después de que él consiguiera un escaño de diputado. Al final, él se fue de casa. Los trapos sucios se airearon en la prensa. “Me acusó de adulterio, de causarle hipertensión y de crueldad… Dijo que estaba demasiado instruida, que era demasiado fuerte, demasiado exitosa, demasiado obstinada y muy dificíl de controlar”.

“Una mujer que decide entrar en política tiene que tener la piel de elefante”, dijo en una ocasión. Y, con su biografía, Wangari debe tenerla. Quienes le propusieron entrar en política, le pidieron que aplicara lo que llevaba años poniendo en práctica en el Movimiento Cinturón Verde, que se movilizaba plantando árboles cada vez que sabía que un terreno público corría el riesgo de ser privatizado. En un primer intento no consiguió el escaño, pero en 2002 se presentó de nuevo. Lo hizo pocos meses después de que el Gobierno anunciara una apropiación masiva de terreno y de que el presidente Moi dijera en público: “Las mujeres tenéis el cerebro tan pequeño que no sois capaces de conseguir lo que deberíais”.

Y, de nuevo, Wangari alcanzó su objetivo. Con un plus: el 8 de octubre de 2004, la llamaron para anunciarle que había sido galardonada con el Nobel de la Paz. Celebró la noticia de la mejor manera que sabía: plantando un árbol. “Han sido parte fundamental de mi vida. Cuando planto un árbol, planto también ideas que como estos crecen para mejorar la vida de los individuos y nuestro planeta”, asegura.

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