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Juan Miguel Solá y Anabel Arriezu: "Él abre y yo cierro, y así cada día"

El matrimonio y la restauración se cocinan con algunos ingredientes similares: mucha pasión y una pizca de romanticismo. Lo que el amor ha unido, que no lo separen los negocios.

Juan Miguel Solá y Anabel Arriezu, dueños de La Manduca de Azagra (Madrid)
Juan Miguel Solá y Anabel Arriezu, dueños de La Manduca de Azagra (Madrid) Uxío da vila

Anabel nació en San Adrián y Juan Miguel, en Azagra, dos pueblos situados a pocos kilómetros, en Navarra. Anabel se formó como enfermera y Juan Miguel, de familia de agricultores, montó un negocio de decoración y arquitectura en Pamplona. No tenían antecedentes familiares relacionados con la restauración, pero sí un sueño: 'Soy un apasionado de la gastronomía y se me ocurrió abrir un restaurante en una pequeña bodega de mis abuelos en Azagra, donde mi padre y mi tío guardaban los tractores y los aperos de labranza'.

Era 1998 y aquel local se convirtió en un referente en la zona, tanto por la carta como por la arquitectura, obra de Fernando Mangado. La aventura duró siete años. Azagra es un pueblo pequeño y era complicado mantener un local. 'Así que, sabiendo que asumíamos un gran riesgo, decidimos irnos a Madrid -cuenta Juan Miguel-. Nos dimos cuenta de que había que abrirse al mundo. Siempre digo que no nos falta valor para emprender cosas que son difíciles, sino que son difíciles porque nos falta valor para emprenderlas. Con esfuerzo, honestidad y empatía se sale adelante'.

Así nació en 2003 La Manduca de Azagra, un espacio minimalista y elegante, diseñado también por Mangado. 'Queríamos conservar el mismo espíritu', recuerda. A pesar de la exquisita modernidad del interior, La Manduca de Azagra es un restaurante fiel a sus orígenes y donde se encuentra probablemente la mejor verdura de Madrid, procedente de la huerta de la familia en Azagra. Los guisantes, los puerros, los ajetes, los espárragos, los pimientos de cristal entusiasman a sus asiduos. Otra de sus especialidades es la casquería. Desde el primer día, se llenaron todas las mesas de un público heterogéneo que buscaba degustar los productos de la mejor huerta navarra.

Anabel y José Miguel llevan casados 34 años y 20 trabajando juntos. 'Es cierto que es una actividad muy estresante, pero también muy agradecida', dice Juan Miguel. Ambos están en sala 'y no podemos pasar el uno sin el otro, aunque evidentemente discutamos de vez en cuando. Si, en algún momento ella no está, la echo mucho de menos', añade.

Su prima Raquel y una de sus tres hijas, Idoia, de 28 años y que estudió Derecho y Economía, están en la cocina. 'Cuando abrió el primer local en Azagra, fue un momento de riesgo; decíamos: 'Estamos un poco locos', explica Anabel. Hoy el equipo lo forman 18 personas. Las decisiones las toman 'de forma colegiada, aunque yo suelo poner más el corazón y mi mujer la cabeza', dice Juan Miguel. ¿El peor momento? 'Ninguno. Todos nos han traído satisfacciones, especialmente conocer a tanta gente y trabar una verdadera amistad con ellos', reconoce.

Han rechazado ofertas para abrir franquicias y no piensan en un segundo local. 'A ambos nos gusta hacer las cosas de forma muy personal, con amabilidad y cariño hacia el cliente. Nos gusta conocerlos por su nombre. Y no faltamos ni un día, siempre juntos al pie del cañón. Juan Miguel abre y yo cierro, y así cada día', dice Anabel.


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