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En voz alta, por Care Santos

Madrid

Cuando trabajamos el lenguaje oral se producen más conexiones neuronales. Es realmente necesario que hablemos, que contemos.

Hace unas semanas, conté en mi muro de Facebook el terror que le produjo a uno de mis hijos saber que los pollos mueren en los mataderos para que nosotros nos los comamos. A los pocos segundos recibí un mensaje privado de la pedagoga Nora Rodríguez a quien he leído mucho y admiro aún más en el que me hablaba de las distintas fases del cerebro infantil y de su propio horror al saber que algunas escuelas programan visitas a mataderos para niños pequeños. Me hablaba de empatía, de altruismo y de compasión. Me contaba el papel que el contexto juega en el aprendizaje.

Ediciones B ha publicado el nuevo libro de Nora, Neuroeducación para padres, un trabajo que quiere animar a los progenitores a educar siguiendo los avances de la neurociencia. Yo he empezado ya a practicar. Suena difícil, pero no lo es tanto: somos seres sociales, capaces de contagiarnos emociones los unos a los otros.

Cito a Umberto Eco: "Educación es lo que nos enseñaron nuestros padres cuando no estaban queriendo enseñarnos nada".

Es necesario educar de un modo más adecuado al tipo de cerebro que tenemos. Son conceptos mayúsculos, pero podemos intentarlo con algo muy simple (además de muy placentero): contarnos cosas. "El cerebro se enciende cuando nos cuentan algo", explica Nora Rodríguez. Las historias de miedo que inventamos nos sirven para liberar nuestros terrores.

Leer en voz alta pone en funcionamiento áreas del cerebro que tenemos cada vez más en desuso. Las batallitas que cuentan de los abuelos benefician a los nietos. Cuando trabajamos el lenguaje oral se producen más conexiones neuronales. Es realmente necesario que hablemos, que contemos. Qué inspirador.

Ojalá en el mundo hubiera más personas que irrumpen de pronto en tu Facebook para darte un buen consejo. O que desarrollen un proyecto para educar por la paz simplemente porque creen en él. Internet, a veces, sirve para algo más que para perder el tiempo.

En voz baja...

A los nueve años, me cuenta Nora, los niños toman conciencia de que tendrán que enfrentarse al mundo. Es un trauma. Ahora entiendo por qué mi hijo pequeño lleva semanas diciéndonos: "Cuando os hayáis muerto, yo me quedaré en esta casa". No quiere que nos muramos. Quiere sobrevivir.