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Acogida: el regalo de una familia

La desesperación de una pareja por retener al niño que habían custodiado durante tres años reabre el debate sobre el acogimiento. Porque este gesto de altruismo infinito puede complicarse al entrar en juego sentimientos como el amor y el apego.

Familia reunida
Familia reunida Getty

Madrid

El espectáculo no es bonito, pero la televisión se nutre del drama. Una familia de Valencia se ve obligada a entregar a un niño que ha cuidado desde los 18 meses hasta los cuatro años. Por el camino de su dolor quedan declaraciones contra la madre biológica de las que, probablemente, se arrepintieron al instante.

En todo caso, demasiado tarde: el telediario ya había propagado el grito de la separación hasta el último confín y el país se indignaba ante lo que parecía un caso de injusticia cruel. Luego conocimos la versión de la madre, que era apenas una niña cuando fue separada de su bebé en unas extrañísimas circunstancias que aún están por aclarar. Todo es tan descarnado, tanto sentimiento desborda la piel, que parece difícil introducir en el debate algún argumento de racionalidad.

Paradójicamente, ese es el propósito de los programas de acogimiento: que la sensata satisfacción de mejorar la vida de un niño o un joven necesitado de cuidados y amor se baste por si misma. Dure lo que dure, el altruismo ha de ser cierto. Infinito. Y hacen falta familias que sean capaces de hacerlo así, aunque los datos constaten que cerca del 80% de los acogidos terminan quedándose en sus familias de apoyo.

16.500 menores viven en centros de acogida y 2.200, en pisos tutelados.

Lamentablemente lo que es bueno para el menor es malo para los acogimientos, porque esa familia ya no acogerá a más niños, dice Jorge Fernández del Valle, quien desde 1989 dirige el Grupo de Investigación de familia e Infancia de la Universidad de Oviedo. En España, solo el 1,5% de las familias acogen sucesivamente. Otro dato que nos distingue de Europa, donde las cifras de acogimiento en familias alcanzan al menos a la mitad de los niños institucionalizados. Aquí, sin embargo, alrededor del 70% de los acogimientos se realiza en la propia familia: abuelos, tíos...

Los vínculos de la familia

Pero además hay 22.000 menores atendidos por los servicios de protección de las administraciones. De ellos, solo el 15% vive acogido en otro núcleo familiar, mientras que el 10% (2.200) lo hace en hogares o pisos tutelados y el 75% restante (16.500) en centros residenciales, según la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (Aseaf) y la Asociación de Acogedores de Menores de la Comunidad de Madrid (Adamcam).

¿Cómo es posible que tantos niños, incluso bebés, se eduquen fuera de entornos familiares, en un país que despunta por su solidaridad? Carlos Chana, responsable de Infancia en Dificultad Social de Cruz Roja, apunta varias razones: En nuestro país no existe una auténtica cultura del acogimiento. Se prefieren los lazos de consanguinidad por encima de otros vínculos, lo que distingue nuestro marco institucional de los anglosajones o nórdicos. La concepción de los niños como propiedad de los padres explica que el sistema de protección a la infancia sea reticente a incorporar medidas que, como el acogimiento, cuestionan el marco cultural.

Nuestra herencia cultural aún coloca otra piedra en el zapato del acogimiento: los conflictos entre la familia despojada del niño y la que lo recibe. Los operadores del sistema, técnicos de protección de la infancia en las comunidades autónomas, para evitar la complejidad y el conflicto que genera esta medida, optan por la alternativa fácil del alojamiento residencial.

Nuestra herencia cultural aún coloca otra piedra en el zapato del acogimiento

Es un mecanismo defensivo que impide que se genere una verdadera cultura de acogimiento y que termina manteniendo a los niños en residencias y pisos tutelados, simplemente para evitar litigios y acusaciones fantasma contra la familia acogedora por querer quedarse con el niño. Esto a pesar de que nuestra legislación precisa que los centros son la opción menos recomendable.

Jesús María Rubio, Jefe de Servicio de Acogimiento Familiar de la Comunidad de Madrid, explica que para vivir plenamente como adulto, las necesidades tienen que haber sido muy bien cubiertas, es decir, querer y que te quieran. En los centros se les da cariño, pero el calor no es el mismo que el de una familia.

En el caso de los bebés, sobre todo, la perspectiva de criarse fuera de una familia es la menos indicada: En los centros, los bebés se deterioran mucho, se daña su proceso evolutivo, por eso se recomienda tantísimo que vayan a las familias, algo que estamos consiguiendo en muchas comunidades autónomas explica Fernández del Valle. Un niño de hasta tres años necesita una vinculación, una figura única, y en un centro hay una persona que lo cambia por la mañana, otra que le da de comer, otra que lo acuesta....

En los adolescentes, la dificultad que pueden encontrarse las familias es que padezcan estrés postraumático o, como se dice ahora, que lleven una pesada mochila a sus espaldas. Muchos niños que están en el sistema de protección han sufrido malos tratos o abusos graves; si el maltrato hubiera sido leve, seguirían con sus padres y la Administración intentaría trabajar dentro de la familia, sin separarla.

El niño, sobre todo cuando se acerca a la adolescencia, suele presentar problemas de comportamiento y las familias acogedoras necesitan mucho apoyo. Aún así, solo uno de cada cinco acogimientos en familia ajena acaba en ruptura.

Distintos procesos, el mismo fin

El proceso por el cual una familia se postula como acogedora y llega a convivir con el menor no es ni mucho menos estándar. Cada comunidad autónoma dicta el modo y manera en que acogedores y acogidos se encuentran, y puede ser tan distinto como lo que va de rellenar unos impresos y pasar una entrevista, a iniciar un proceso de formación y adaptación que culmina en un acogimiento acompañado en todo momento por expertos.

Esta es la modalidad que Cruz Roja, dentro de su programa Acogimiento Familiar, tiene en Galicia, Extremadura, Cataluña, Castilla y León, Asturias y Andalucía. Bajo su tutela, no hay peligro de equívocos ni sensación de soledad. Cada duda, incidencia o dificultad se comparte y se trabaja, desde una nimia discusión hasta problemas derivados de la situación del niño. El acogimiento no implica necesariamente la custodia ni la guardia, y autorizar una excursión o conseguir el DNI puede terminar con la paciencia de cualquiera.

Antonio y Ana. Padres han acogido a niños de diferentes edades. Todos resaltan las ventajas de su experiencia.
D.R. Antonio y Ana. Padres han acogido a niños de diferentes edades. Todos resaltan las ventajas de su experiencia.
Arsenio y Verónica. Padres han acogido a niños de diferentes edades. Todos resaltan las ventajas de su experiencia.
D.R. Arsenio y Verónica. Padres han acogido a niños de diferentes edades. Todos resaltan las ventajas de su experiencia.
Xavier y Teresa. Padres han acogido a niños de diferentes edades. Todos resaltan las ventajas de su experiencia.
D.R. Xavier y Teresa. Padres han acogido a niños de diferentes edades. Todos resaltan las ventajas de su experiencia.
Guillermo (foto) y Arancha fueron acogidos por dos familias siendo ya adolescentes.
D.R. Guillermo (foto) y Arancha fueron acogidos por dos familias siendo ya adolescentes.
Guillermo y Arancha (foto) fueron acogidos por dos familias siendo ya adolescentes.
D.R. Guillermo y Arancha (foto) fueron acogidos por dos familias siendo ya adolescentes.

¿Quién da a quién? Un amor de ida y vuelta

Antonio y Ana son de Santiago Compostela y llevan 18 años recibiendo en su casa a niños que lo necesitan. En todo este tiempo han realizado tres acogimientos de urgencia (bebés) y tres que han terminado siendo permanentes: una adolescente que llegó con 14 y hoy, a sus más de 30, mantiene con ellos una relación familiar; una niña que llegó con ocho años y hoy tiene ya 20 y sigue en casa, y una niña que ahora tiene ocho años que lleva con ellos desde finales de 2010. Ana explica cómo el éxito del acogimiento se da cuando el niño se va con su familia biológica y lleva una vida organizada.

"La despedida, pese a lo que pueda parecer, es el mejor momento, porque significa que has cumplido tu papel. A veces da más vértigo cuando te plantean que un acogimiento se hace permanente...". El único consejo que da a futuros acogedores es que "pongan toda la carne en el asador": "Tienes que darles amor y protección como si fueran tus hijos, y también corregirles y ponerles normas. Si quieres que salgan adelante, tienes que quererles mucho para suplir todas las carencias que han tenido".

La despedida es el mejor momento: ya has cumplido tu papel"

Antonio y Ana

A cambio, reconoce haber recibido de los niños mucho más de lo que esperaba: "Diversión a espuertas y un porqué o un para qué: al ir superando dificultades, tienes la sensación de tener las manos llenas de algo que sí merece la pena".

"Nuestro motor es eso que se llama "igualdad de oportunidades", ese derecho constitucional precioso que ha de ser efectivo", abunda Antonio. "Ni estamos locos ni somos héroes. A la gente que dice: "Yo no sería capaz", yo le diría: "Será porque no te pones: no es tan complicado". Les tengo tanto que agradecer a las niñas... Me han hecho más sensible, más consciente del mundo en el que vivo, menos gruñón, más solidario".

Por su experiencia, lo mejor es seguir el impulso altruista que empuja a ayudar. "Como toda aventura, el final no está escrito, lo escribes tú con esfuerzo y trabajo. Va a haber dificultades, porque no hay niños de diseño. Lo que llena es la vida, vivir, disfrutar apasionadamente con los demás, al lado de los demás. Mi consejo para los acogedores es que no se tiren al agua guardando la ropa. Aquí te tiras con todas las de la ley".

En Ávila, Arsenio y Verónica, recientes padres de su primer hijo, acogen a un niño que padece una enfermedad rara y que les conquistó desde el minuto uno. "Es exactamente igual que si fuera tu hijo. Y si quieres que vaya fluido, tienes que tratarlo como tal", explica Verónica. "Él te demanda el amor de un padre y te devuelve el de un hijo confirma Arsenio. Aunque sabes que ese vínculo te causará dolor en la despedida, es inevitable. Cuanto más le quieras, más te dolerá, pero mejor estarás haciendo tu trabajo".

Tienes que darle un montón de cariño; él ya lo irá gastando"

Arsenio y verónica

Este padre por partida doble describe con gráfica belleza la finalidad del acoger: "Esto es como una gran pila de amor: tú tienes que darle al niño un montón de cariño, que ya lo irá gastando él cuando la vida le dé reveses y lo tire al suelo. Ahora le cargamos las pilas de amor, de orgullo, le alimentamos el ego y, a lo mejor, luego no se acuerda, pero todas esas cosas quedan dentro". A los que se vean tentados por el acogimiento, les aconseja: "Cuando se dice que la sonrisa de un niño vale millones, que le alegra a uno el corazón, no son solo tópicos. Se siente. Experiméntalo".

Pero el mejor testimonio del valor de estos programas lo dan aquellos niños acogidos que hoy son ya adultos con una vida tan feliz como la de cualquiera. A Guillermo, burgalés de 31 años, le tendieron la mano cuando era adolescente, un acontecimiento que le cambió la vida drásticamente.

"Yo no sabía lo que era tener una familia, que se preocuparan de verdad por ti. Ellos me enseñaron a recoger los platos después de comer, me animaron a buscar trabajo... Antes de entrar en el centro, estaba todo el día en la calle, porque en casa cualquier movimiento se podía traducir en una paliza. Y las residencias de menores son como un internado. Te tratan muy bien, pero van a hacer su jornada laboral, son profesionales. En la familia de acogida la cosa cambia. Quien te da el desayuno y se levanta por la noche si tienes una pesadilla es el mismo. Sientes un cariño, un afecto que solo te puede dar una madre o padre de verdad".

"Para mí, fue muy valioso convivir con tres mujeres, mi madre y mis dos hermanas, porque en mi casa había visto un trato muy vejatorio hacia ellas continúa Guillermo. Antes me daba miedo convivir con una mujer. Jamás me hubiera propuesto formar una familia con un ejemplo como el de mi padre. ¿Y si yo era como él? Pero viviendo con ellas me di cuenta de que yo soy yo, de que podía hacer mi camino. Todo lo que soy hoy es gracias a ellas. Si no me hubieran dado esa oportunidad, no sé qué hubiera sido de mí".

La reflexión que hace sobre su vida y la de tantos niños que esperan una familia impresiona: "El acogimiento familiar es una manera de mejorar la sociedad de mañana. Nuestros hijos van a vivir al lado de esos niños sin familia, vulnerables o enfermos. Para cuidar a nuestros niños también tenemos que procurar que aquellos tengan una oportunidad".

El "negocio" de la tutela

José Martínez, presidente de la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar, señala que mientras las familias reciben de la Administración entre 200 y 400€ al mes por abrir su hogar a un niño que necesita acogida, los centros residenciales (que son privados en su mayoría), reciben por cada niño institucionalizado alrededor de 2.500€ al mes, una cantidad que llega hasta los 5.000€ cuando se trata de bebés. El nuestro es el país de Europa que tiene un mayor número de cunas institucionalizadas, una forma de tutela que otros países como el Reino Unido han eliminado por completo.

Cuando los niños crecen

Arancha, 32 años y hoy feliz madre, fue acogida a los 16 años tras vivir en dos centros de protección. "No esperaba encontrar una familia ya de adolescente. Para mí fue... Me hizo muy feliz. Pensé: "Alguien me quiere". Yo no había sentido eso nunca. De hecho, pensaba que hacía algo mal, que tenía algo malo. Mi mayor miedo era que rompieran el acogimiento por mi mal comportamiento. Desayunar o comer juntos era para mí lo más bonito al mundo, lo más importante. Me sentía tan bien... me decía: "Formo parte".

Ahora sé cómo mostras amor a mi hija porque ellos me lo transmitieron"

Arancha

Su familia de acogida la integró como una más: "Ellos tenían hijos y eso fue muy positivo para mí, porque aprendí lo que era la convivencia. Una familia acogedora tiene que poner normas y dar unas pautas al niño igual que lo haría con un hijo biológico. Así es como les das una verdadera segunda oportunidad". Arancha explica cómo es el ejemplo de vida de los acogedores el que muestra a los niños acogidos en qué tipo de adultos pueden convertirse. "Gracias a su ejemplo, a cómo me hablaban siempre muy suave o me explicaban las cosas, puedo hacer lo mismo con mi hija. Si sé cómo mostrarle amor es porque ellos me lo trasmitieron".

Los testimonios son interminables. Y emocionantes. Xavier y Teresa, barceloneses y ya abuelos, acogieron en 2009 a dos hermanos de 12 y 14 años. "Habíamos cumplido con la parte más personal y centrada en nuestros propios deseos y quisimos dar un paso más, hacer una ayuda social con todo el amor del mundo relata Teresa. A nuestra edad, además de rejuvenecer, porque hemos de andar detrás de ellos todo el día, hemos encontrado un proyecto común mucho más intenso que pasear, viajar o jubilarse".

Hoy, orgullosos de ver cómo bajo su protección estos dos hermanos han encontrado el éxito escolar y social, se preguntan cómo es posible que no haya muchas más familias que se presten al acogimiento. "Por qué no lo hacéis, por favor exhorta Teresa. En tiempos de guerra, en tiempos de desastre, nunca se ha dejado a los niños solos. Siempre había una familia dispuesta a ocuparse de ellos. Esto se ve en la historia. ¿Cómo no se va a hacer ahora?".

El acogimiento paso a paso:

    Cada comunidad autónoma señala los requisitos que ha de cumplir la familias, pero el proceso es similar.

    • Reunión informativa y entrega de documentación.
    • Formalización de la solicitud: entrega de DNI, libro de familia, certificados médicos, de antecedentes...
    • Estudio psicosocial: al menos una entrevista con un psicólogo y otra con un trabajador social, y una visita al domicilio.
    • Formación con especialistas.
    • La Comisión de Tutela decide si entra en el Registro de Familias de Acogida.