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S.O.S. Función de fin de curso

Las peculiaridades del micro-cosmos escolar nos sitúan ante auténticas pruebas de fuego de convivencia. ¿Conseguiremos estar a la altura y no avergonzar a nuestros hijos?

Patio de butacas de función.
Patio de butacas de función. adobe stock

Cuando se van a tener hijos, abundan los avisos agoreros. "Olvídate de salir"... "Prepárate a estar tres años sin dormir bien"... "Se acabaron los planes espontáneos"... Sin entrar a discutir sobre lo cenizos (y pesados) que son, hay algo que olvidan mencionar los profetas: esa etapa de la vida parental en que los fines de semana dejan de ser un tiempo para el descanso y la agenda de tus hijos es mucho más interesante que la tuya. Sobre todo, de abril a junio, cuando comienza la temporada de comuniones, cumpleaños y... ¡tachán! ¡Los multitudinarios festivales de fin de curso! Desde sevillanas a karate, pasando por el hip hop, la flauta travesera, el baloncesto, el ajedrez o los patines: las últimas semanas del curso se caracterizan por un despliegue de exhibicioness físico-artísticas a las que los padres acudirán sin posibilidad de fuga.

Y no es que los meses anteriores estén libres. Las pequeñas estrellas oscilan entre el ensayo repetitivo con el que "deleitan" a los padres en casa o el secretismo más absoluto, con portazos y gritos incluidos, para que la actuación sea una "auténtica" sopresa. Mención aparte merecen los sufridos vecinos, testigos sonoros involuntarios de los ensayos de zapateado y batería.

En principio, la idea es preciosa. Pero la realidad suele ser menos idílica... Si tienes más de un retoño o varias extraescolares, acudir a cada evento (fundamental) puede requerir el superpoder de la ubicuidad. Y cuando llega el gran momento, fuera del escenario suelen ocurrir aún más cosas que sobre el mismo... Los pequeños y grandes dramas de la comunidad escolar se concentran alrededor de esa función que puede ser tan divertida como estresante y competitiva, dependiendo de nuestro papel en el microcosmos escolar. ¿Te reconoces a ti mismo en alguno de estos (paródicos) retratos? ¿Te suenan?

Mary Poppins

Es una madre perfeccionista. Y su bolso no es un bolso: es un seguro de vida que desafía las leyes del espacio-tiempo. De él salen horquillas, tutús, colorete y brillo de labios, medias rosas a juego con los tutús y hasta zapatillas de recambio. Agua, galletas y toallitas húmedas, también. Es la mujer a la que las madres más olvidadizas (y desesperadas) miran con ojos suplicantes para que les eche una mano de última hora. "¡Llevas horquillas! ¡Ay! ¿Le haces un moño a mi hija?...". La presencia de una madre de bolso omnipotente es una garantía. Es la reina del "por mí ¡y por mis compañeros!", un espíritu solidario que siempre tiene una redecilla, un bote de laca y un clavel reventón para prestar.

"¡¡¿Era hoy?!!"

La madre que lo olvida todo es así: llega el momento y... ¡horror! Falta una falda, un sombrero, una flor, has llevado medias negras y deberían ser blancas... Y la madre negligente y sobrepasada por el multitasking sabe, con absoluta certeza, que su criatura jamás dejará de echárslo en cara. "¡Mamá!", le gritará con lágrimas en los ojos como si acabara de cometer un crimen imperdonable. Cuando está a punto de sucumbir al pánico, suele llegar la madre del bolso Mary Poppins a rescatarla... u obervar con displicencia su hundimiento.  Dicho esto, hacemos un llamamiento a los hombres para que también se hagan cargo de los accesorios de la función escolar. No hay nada que les discapacite para esta tarea.

La madre de la artista

Su niñ@ es el que mejor canta, baila, zapatea, actúa y declama. Un genio. No hay otr@ igual. Y si el resto de los padres no lo saben, es porque no han tenido la oportunidad de verle en vivo y en directo. Si escribe, te pasará fotocopias de sus poemas; y si canta, te enseñará sus vídeos aunque no quieras. Por eso se sientan en la platea más rectas, erguidas y orgullosas que nadie. Lo que es buenísimo para la espalda y el orgullo. Pero, ay... ¡ay si alguien se atreve a moverse, hablar o respirar durante la actuación!

La abuela guardasitios

Los primeros ejemplares se avistaron en los parques acuáticos: mientras hordas de criaturas y sus progenitores lo daban todo en el Aquópolis de turno, las abuelas de los humanos a remojo se quedaban guardando mesa en el merendero, a la sombra. Ahora, son parte imprescindible de cada actuación escolar. La abuela llega pronto, avista espacio y okupa varios asientos, generalmente en primera o segunda fila. Como arma ofensiva lleva un bolso (o dos), bolsos y bolsas varias de su hija o nuera y, en ocasiones, un chal o rebeca, tan apañados para estos casos. En ocasiones, extiende sus dominios a depositando objetos variopintos en las sillas, desde abanicos a folletos. Son inasequibles al desaliento y defenderán con arrojo cada centímetro de asiento premium. Aviso: no las desafíes.

La Kardashian

Las verás. Tacón vertiginoso, maquillaje impecable y pelo que parece sospechosamente recién salido de la peluquería. Ocupan todo el espacio disponible... como el oxígeno. ¿Lo peor? La más que predecible conversación en torno a los tacones. "y, no sé cómo aguantas, yo es que ya no puedo". "Bueno, es que yo estoy acostumbrada, de hecho me duele cuando llevo plano". Por favor, al menos ahorrémonos los tópicos y dejemos que la top model de turno disfrute de su dolor de pies...

El enterado del AMPA

Puede ser hombre o mujer, pero... manda. Tiene un aura de poder (¡poder de AMPA!). Parece que pasara más tiempo en el colegio que los alumnos y su actitud denota que controla el terreno que pisa. Tiene un aire de autoridad competente ¿irritante?, pero el resto de padres sabe que es más conveniente ser amigo que enemigo. Cada cuestión escolar se convierte en un asunto digno de un tuit de Trump, y la fiesta de fin de curso es una oportunidad para hacer campaña, estrechar manos y besar bebés. Desde el menú del comedor, la liguilla de fútbol escolar o la calidad de los uniformes, no hay tema que no sea digno de enconado debate entre actuación y actuación.

Los instagramers compulsivos

Érase una vez, hace no mucho tiempo, en que en las fiestas de fin de curso no faltaba nunca el progenitor al estilo "turista japonés" y a una cámara de vídeo siempre pegado. Era el que tomaba los pasillos (sí, esos donde uno no podía ni debía estar por cuestiones de seguridad...) o el que tapaba la vista de los demás con tal de tener la toma perfecta. Pero... llegaron los smartphones y con ellos, un Francis Ford Coppola en potencia por cada progenitor. Es legión el número de padres que no ve el espectáculo en directo, sino en pantalla. Curiosamente, casi ninguno vuelve a ver nunca más su esforzada grabación.

La emotiva...

Padres, madres, abuelos, tíos y tías... Ningún familiar del niño festivalero está a salvo de ser víctima de un ataque de llanto al ver actuar a la criaturita. En general, esa muestra descarnada de ñoñería se intenta disimular como se puede, pero casi siempre sin éxito. Ojos enrojecidos, belfo titubeante y cara de estreñimiento son los síntomas más visibles de los momentos de emoción extrema que se viven en un festival de fin de curso. (Aviso: recuerden que para algo se inventó el rímel waterproof...).

El escapista (de la cervecita)

Debe haber alguna razón por la que las cervezas se tornan en "cervecitas" o "cañitas" cuando tomárselas implica un cierto nivel de escaqueo... ¿Será que en diminutivo suenan menos peligrosas? En cada festival no faltan nunca quienes (generalmente, seres humanos masculinos) no ven el momento de darse un salto al bar de al lado y superar la prueba acompañados de su caña, sus olivas y sus patatas fritas. Eso sí... esta especie festivalera es gregaria y requiere ir en grupo en sus escapadas, por lo que el efecto "¿nos vamos a tomar algo?" suele ser contagioso.

La familia (muy) numerosa

En un evento en el que cada centímetro cuadrado está disputado, y los buenos sitios se cotizan a precio de oro, los grandes grupos familiares son como manadas de elefantes en cacharrería. Sobre todo, porque parece que los lazos de la consanguineidad se traducen también en una imperiosa necesidad de sentarse todos juntos . Pero no importa cuánto veneno destilen las miradas de esos padres que se ven desplazados por los grandes clanes: primos, primas, tíos y tías no abandonarán sus posiciones.

La nueva mujer

Es muy probable que la segunda mujer haya estado buscando mil formas de escaqueo. Y es igualmente probable que al final todos los intentos hayan sido en vano y se vea moralmente obligada a ir a ver a los hijos de su marido al festival. Una situación potencialmente conflictiva, porque la convivencia en un mismo espacio entre la ex y la actual no siempre es fácil. Por eso, se enfrentará a varios dilemas. ¿Ir muy guapa u optar por un look monjil para situarse en un discretísimo segundo plano? ¿Estar cariñosa con las criaturas o casi no mirarlas para que nadie piense que quiere suplantar a su madre? Sea como sea, le acabarán doliendo los músculos de la cara de tanto sonreír, intentará no decir palabra y no verá el momento de alejarse de la exsuegra de él...


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