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Insomnio infantil: por qué algunos niños no duermen bien

Las noches en blanco se acumulan al mismo ritmo que las pesadillas, los ronquidos y el insomnio. ¿Qué podemos hacer cuando es el pequeño de la casa quien no pega el ojo?

Un niño abrazado a su peluche.
Un niño abrazado a su peluche. D.R.

Se supone que deberían dormir como bebés… pero las ojeras de sus padres atestiguan lo contrario. Niños que cabecean en cualquier lugar (menos en su cama o en su cuna, que parece tener pinchos), pequeños que se despiertan entre gritos, adolescentes que tienen más energía a las dos de la mañana que a las ocho... Los trastornos del sueño en la infancia y la adolescencia son de lo más variado e incluyen desde la dificultad para conciliar el sueño o permanecer dormido, hasta el quedarse roque en los momentos más inapropiados (como la clase de matemáticas de primera hora).

¿Sabemos encarar estos problemas de sueño infantil? ¿Somos conscientes de que existen y de que tienen solución? Porque esa es la buena noticia: sí, podemos tener la noche en paz, si seguimos el consejo de los expertos. A continuación, te describimos cuáles son los principales trastornos del sueño en esta etapa de la vida y las recomendaciones de los pediatras y los especialistas para poder solucionarlos.

A mi hijo le cuesta dormirse

1. El insomnipo ataca:

Sí, los niños, pueden sufrir insomnio, un problema que se define como la dificultad para iniciar y mantener el sueño o bien despertarse con la sensación de no haber dormido bien. El niño insomne es incapaz de dormirse solo y, cuando lo consigue, se despierta muy a menudo. Si estos síntomas se mantienen, al menos, durante un mes, se puede considerar que el pequeño sufre este problema. Y no es el único: se estima que uno de cada tres niños por debajo de cinco años está en su misma situación. Cuando los problemas para conciliar el sueño se repiten noche tras noche y tienen un impacto en la vida del niño, por ejemplo, haciendo que siempre esté de mal humor, es un buen momento para acudir al médico. En mayores de tres años, si tardan más de 30 minutos en dormirse o se despiertan más de una vez por la noche, también se puede consultar. Y si es mayor de cinco años y siempre tiene necesidad de echarse la siesta.

¿Qué le pasa? La buena noticia es que, a estas edades, el insomnio suele ser conductual (y reversible) y la mala es que los responsables suelen ser los padres. “Dormir es igual que comer. Un niño en la trona, con la cuchara en la mano, sabe que va a comer porque le hemos dado elementos que se lo indican. Con el sueño para lo mismo: debemos darle elementos que le hagan tener un hábito adecuado de sueño y le permita dormirse solo”, explica el dr. Víctor Soto, pediatra de la Fundación Jiménez Díaz.

¿Qué hacer? La mayoría de los casos se solucionan con terapia conductual: enseñar a los padres a lograr que el niño duerma solo. “En los últimos años, además, se ha introducido en algunos casos el uso de melatonina, sobre todo al principio del tratamiento, porque ayuda a los padres a establecer unas rutinas de sueño regulares”, explica la dra. Marta Moraleda, de la Unidad de Trastornos del Sueño del Hospital Sant Joan de Déu. La melatonina es una hormona natural (sintetizada a partir de un aminoácido, el triptófano) que regula los ciclos del sueño. Pero una pastilla no es la solución. Sin una rutina adecuada y una buena cronoterapia, no funciona. Lo más importante es aprender hábitos de sueño, usarlos y mantenerlos tres meses para convertirlos en rutina.

2. Se duerme muy tarde:

El Síndrome de retardo de fase es una alteración del ritmo del sueño que comienza a manifestarse, normalmente, a partir de los 10 años. Se caracteriza por sufrir insomnio a la hora de acostarse y por la dificultad para levantarse al sonar el despertador, lo que conlleva somnolencia durante el día. La principal víctima de este síndrome, además del descanso, es el rendimiento escolar. “Los adolescentes en nuestro país duermen fatal. Más de la mitad (el 52%), menos de ocho horas. Eso es poquísimo. Y el 20% sufre una hipersomnia durante el día, lo que significa que, si pudieran, se dormirían en clase. Eso es algo horrible para los resultados escolares”, expone el dr. Víctor Soto.

¿Qué le pasa? Todos tenemos nuestro ritmo circadiano, lo que significa que hay una hora a la que nos entra sueño. La hormona que marca ese ciclo es la melatonina. A los adultos, generalmente, la melatonina nos hace dormir sobre las 10 o las 11 de la noche. Pero en los adolescentes, simplemente por serlo, esa melatonina se segrega más tarde, por lo que les entra el sueño después y suelen dormirse entre las 12 y la una de la madrugada. Incluso hay adolescentes en los que la secrección de melatonina es aún más tardía y no tienen sueño hasta las dos o las tres de la mañana. Eso es el retardo de fase, algo fisiológico. “El problema es que ese horario de la melatonina adolescente no está hecho para la vida real, en la que nos levantamos a las siete u ocho de la mañana. Duermen pocas horas y se arrastran durante el día. Pero si les dejaras dormir, dormirían un montón. Son los que en verano duermen 10 horas del tirón”, concluye el dr. Víctor Soto.

¿Qué hacer? De nuevo, los suplementos de melatonina pueden ser una ayuda para intentar que tenga sueño antes. También es aconsejable que nada más levantarse se exponga a una buena dosis de luz solar y que por la noche haya una baja exposición a pantallas y dispositivos electrónicos, porque inhiben la secreción natural de esta sustancia. E invertir en un despertador de los de toda la vida. “Casi todos los adolescentes duermen con el móvil o con una tablet, y eso es una barbaridad. Hay que intentar que, una hora antes de irse a la cama, no usen pantallas. Si quieren leer antes de dormir, que sea un libro de papel, y el móvil que lo dejen cargándose fuera de la habitación. Eso es muy importante porque el WhatsApp y las vibraciones del móvil que provocan las actualizaciones y las redes sociales provocan microdespertares. Por eso, para levantarse por la mañana, mejor que usen un despertador que una alarma del móvil”, asegura el dr. Víctor Soto.

3. No para quieto en la cama:

El Síndrome de las piernas inquietas se caracteriza por la necesidad urgente de mover las piernas estando en reposo, porque la inactividad viene acompañada de una sensación dolorosa y desagradable. “Antes se creía que este síndrome no existía en pediatría, pero ahora sabemos que afecta a un 2% de los niños, incluso más que la celiaquía. Cualquier niño que se mueva mucho en la cama, tenga necesidad de que le masajeen las piernas por la noche o dolores de crecimiento de forma muy frecuente, debería chequear si sufre este síndrome”, asegura el dr. Soto.

¿Qué le pasa? Se producen porque hay un neurotransmisor, la dopamina, que no se está sintetizando de la forma adecuada. Para sintetizarla, se necesitan buenas reservas de hierro, pero tener unos niveles bajos (aunque sea sin sufrir anemia) es muy común en niños.

¿Qué hacer? “Si sospechamos que este puede ser este el problema, comprobamos si el niño tiene niveles bajos de hierro; y si se confirma el diagnóstico, damos suplementos”, explica la dra. Moraleda.

Hace cosas raras por la noche

4. Ronca y se desahoga:

El nombre técnico de esos extraños ruidos que hace mientras duerme es Síndrome de la apnea-hipopnea obstructiva del sueño, un trastorno respiratorio que se caracteriza porque las vías aéreas superiores se obstruyen durante el sueño.

¿Qué le pasa? “La causa más común de este síndrome es la hipertrofia de amígdalas y adenoides (vegetaciones), por lo que los niños de entre dos y cinco años son los más propensos a sufrirlo (ya que en esas edades ambos tejidos tienen un mayor tamaño). Existen otras causas, como la obesidad o determinados síndromes, que también pueden presentar apneas de sueño”, explica la dra. Genoveva del Río Camacho, neumóloga infantil de la Fundación Jiménez Díaz. El síntoma principal de los niños que padece este problema es que roncan a menudo (no solo cuando están acatarrados). Además, puede acompañarse de otros síntomas nocturnos, como pausas en la respiración, sensación de esfuerzo respiratorio, despertares frecuentes o sudoración nocturna exagerada. Los síntomas diurnos son menos frecuentes que en el adulto y lo habitual es que la actividad diurna del niño sea normal, aunque en ocasiones se pueden dar casos de hiperactividad, trastornos del comportamiento, excesiva somnolencia diurna, mal rendimiento escolar o retraso en el crecimiento.

¿Qué hacer? Como la causa más habitual de este problema es tener unas amígdalas o adenoides muy grandes, el tratamiento de primera elección casi siempre es el quirófano. “Otros tratamientos, como corticoides nasales u ortodoncia, pueden contemplarse, reservando la ventilación no invasiva para pacientes no resueltos con cirugía o con síndromes complejos”, concluye la dra. Genoveva del Río.

5. Sufre pesadillas:

Casi la mitad de los pequeños tienen pesadillas. Tras sufrirlas, el niño se despierta y cuenta lo que ha pasado en su sueño. A menudo, cree que ha ocurrido realmente, por lo que nuestra (difícil) función es tranquilizarle.

¿Qué le pasa? Las pesadillas son estados del sueño largos, elaborados, complejos, en los que aumenta de forma progresiva la sensación de ansiedad. Por eso el niño se despierta tan asustado. Bueno, por eso, y porque en estos sueños suele aparecer todo lo que más teme: desde monstruos a brujas, payasos terroríficos, animales...

¿Qué hacer? Lamentablemente, ni los padres ni los médicos pueden evitar las pesadillas, pero sí se les puede ayudar a dormir relajadamente afrontando sus miedos. “Uno de los más frecuentes es el miedo a la oscuridad. Lo que podemos hacer es ayudarle a desdramatizarla, por ejemplo, jugando con poca luz. O si siempre sueña con lo mismo, contando un cuento en el que aparezca lo que le da miedo, pero con final feliz”, explica el dr. Soto. Además, si las pesadillas son muy recurrentes, no está de más consultar con el especialista para comprobar que, tras esas malas noches, no se esconde un problema que el niño no sabe afrontar y le genera ansiedad.

6. Camina o chilla dormido:

El 15% de los menores son sonámbulos y el 5% sufren terrores nocturnos.

El Sonambulismo y los terrores nocturnos son primos hermanos y tan inquietantes como comunes. Ambos, forman parte de las paramsomnias o trastornos del sueño no REM, que son las más típicas de la primera parte de la noche. El primero es fácil de reconocer (y de experimentar, alrededor de un 15% lo padece en algún momento de su vida): el niño se levanta de la cama y puede deambular o no por la casa. Por su parte, los terrores son como una pesadilla, pero a lo grande. El pequeño, que permanece dormido en todo momento, grita y llora con los ojos abiertos, angustiado, taquicárdico, durante 10 o 15 minutos. Un 5% pasa por esta experiencia. La ventaja de ambos eventos es que, al día siguiente, el niño no recuerda nada y que no descansa peor por sufrirlos... aunque seguramente no se pueda decir lo mismo de los padres que han tenido que asistirle.

¿Qué le pasa? El sueño nocturno se divide en varias fases: está el sueño no REM, en el que es aún fácil despertar a la persona; luego un sueño profundo, en el que cuesta despertarse; y el REM, que es cuando soñamos. Estas parasomnias aparecen sobre todo en ese sueño profundo y por eso se recomienda no despertar a quien las sufre, sino acompañarle y volver a meterle en la cama.

¿Qué hacer? En general, ninguno de los dos se trata porque desaparecen solos con la edad. La excepción sería cuando la frecuencia del sonambulismo es muy alta. En ese caso, se hace un estudio para descartar que no haya otra patología del sueño escondida. “Por ejemplo, hay niños que tienen muchos episodios de sonambulismo y, al hacer el estudio, descubrimos que sufren apnea. Si tratamos la apnea, mejora el sonambulismo”, expone la dra. Moraleda. En el caso de los terrores, si el niño tiene varios en una misma noche, es un poco raro y habría que consultar, porque tras ese estado de hiperactivación puede haber un problema de ansiedad.


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