mujerHoy

vivir

Elizabeth Strout: "el deseo de tener una madre nunca muere"

Con perplejidad, con poesía y con riesgo, Elizabeth Strout ha escrito la novela del momento: 'Mi nombre es Lucy Barton', una historia sobre los seres que quisimos y siempre querremos, a pesar de las heridas.

Elizabeth Strout, el éxito tardío de una escritora con mucho que contar.
Elizabeth Strout, el éxito tardío de una escritora con mucho que contar. Opale/Leemage. Heike Steinweg

Una madre que parlotea. Una madre que dice cosas. Cotilleos. Cosas irrelevantes. Cosas de ayer. Fracasos. Cosas sórdidas. Cosas de pueblo. Cosas de otros... Y en la cama de un hospital de Nueva York su hija adulta, a la que hace años que no ve (con la que no tiene nada que ver, pero tiene todo que ver), la escucha sin importarle demasiado lo que está diciendo, pero agradecida por el mero arrullo de su voz. Aliviada. Con menos miedo. Mecida por el chismorreo que llega de lejos, de ayer.

Una voz que podría sonar a infierno, porque eso es lo que ha sido su infancia: suciedad, probreza extrema, hambre, caridad henchida de desprecio, horas encerrada en una camioneta esperando a que los padres vuelvan de trabajar, llanuras de maíz, sequedad, la amenza de un padre violento (a veces) traumatizado por las cosas que hizo en la guerra. Cosas innombrables.

Y, sin embargo, en esa habitación de hospital, Lucy Barton se siente sostenida por la madre que habla sin cesar de matrimonios fracasados, de los vecinos. Durante cinco días, en esa cama, Lucy Burton está tonificada por el amor imperfecto de su madre. Menos sola.

Me he vuelto más empática con la edad. Cuanto más mayor soy, mejor entiendo a la gente"

Elizabeth StroutEscritora

'Me llamo Lucy Barton' (Ed. Duomo) es una novela lacónica, minimalista, donde pasa poco... aparentemente. Lucy es una voz que observa lo ínfimo. Lo que ella nombra está ahí, disponible, pero no es fácil de ver.

Su voz es una especie de reverberación, que amplifica momentos de la vida cotidiana hasta convertirlos en parábolas sobre el ser humano y su soledad esencial. No es que Lucy sea muy perspicaz, es que es fotosensible.

Traducida a más de 30 idiomas, alabada por críticos y escritores, y en la lista de los más vendidos del The New York Times, Me llamo Lucy Barton está escrita en primera persona, pero es un libro de ficción. Lo repite en todas las entrevistas Strout, con un deje de cansancio: "No, yo no soy Lucy Burton", convencida, todavía, de que la ficción es una clase superior de verdad o, al menos, una verdad distinta a la biográfica.

Y sí, son distintas. Lucy Burton, el personaje, se crió en el Medio Oeste, en una familia pobre y sin cultura; Elizabeth Strout es la hija de una profesora de literatura y de un profesor de ciencias, extremadamente religiosos, y se crió en Maine, un estado en la esquina noreste de Estados Unidos, racialmente blanco, 'wasp', puritano y de climas extremos.

Pero autora y personaje comparten también algunos rasgos: las dos son escritoras, las dos vivieron una infancia de aislamiento; las dos llegaron a la universidad sin saber nada de la cultura popular: ni películas, ni televisión, ni música, ni radio, ni revistas... nada de toda esa papilla pop que alimenta la adolescencia con nuevos dioses.

Las dos se divorciaron de sus primeros maridos. Las dos escriben sobre madres e hijas. Las dos llegaron a Nueva York en los 80, la época en que, sutilmente (como todo en esta novela) está situada esta historia, cuando los gays morían con una mancha de sarcoma en la cara y Ronald Reagan era presidente.

El personaje es la escena. Yo solo tiro del hilo"

Elizabeth Strout Escritora

Cuando entro en el hotel donde hemos quedado me encuentro con una mujer de 60 años, elegantemente desaliñada, discreta, amable, que pide té negro pero no lo toca, y habla un poco como escribe.

No es que esté cerrada, es que, como en sus libros, su discurso es elusivo y, a veces, se calla a mitad de una respuesta como si estuviera escuchando algo, un susurro solo perceptible para ella.

"Ya sabes"... dice con una extraña complicidad, "trabajo en una mesa muy grande. Escribo escenas, las imprimo y las pongo en la mesa como formando un puzle. Luego las cambio de sitio, las leo, las observo, las escucho... Lo primero que escribí de 'Mi nombre es Lucy Burton', hasta donde puedo recordar, es una de las escenas de madre-hija en el hospital, pero no sé cuál, porque yo nunca escribo de principio a fin. Al mismo tiempo estaba haciendo otras muchas cosas que nunca llegaron a nada. Movía las piezas y esa en particular, me llamaba una y otra vez la atención. Me di cuenta de que ahí había una voz, un tono... En ese punto no me importa la trama. Sé que algo tiene que pasar en un libro, pero durante años he estado escribiendo escenas, mezclándolo todo, y sé que la historia siempre acaba llegando...".

¿Eso quiere decir que construye la escena incluso antes del personaje? "Bueno, el personaje es la escena. Yo solo tiro del hilo", dice.

Elizabeth Strout empezó a hacer lo de los puzles hace 20 años, cuando su hija era pequeña. "Tenía tres horas al día para escribir. Tres horas o tres páginas. Tenía hacer algo que valiera la pena. Antes había sido camarera durante años...".

Mujerhoy ¿Y qué era lo peor de ser camarera?

Elizabeth Strout Los desayunos, porque tienes que rellenar la taza de café una y otra vez, y llevar la sal, y un vaso de agua, y hacerlo rápido, porque es una comida corta... Además, las propinas no son nada.

Mujerhoy ¿Tenía miedo entonces de no conseguir su meta como escritora?

Elizabeth Strout Sí, muchísimo. Dedicaba mi vida a escribir, pero a nadie le interesaba. Mandaba relatos a la revista New Yorker, pero eran rechazados. Luego fui a la escuela de leyes, pero la dejé para escribir una novela terrible. Así que volví al Derecho y me saqué un máster en gerontología, porque siempre he estado interesada en la gente mayor. Fui abogada durante seis meses, pero lo hice tan mal y fui tan infeliz, que comprendí que ser camarera de cócteles no estaba tan mal.

Mujerhoy ¿Y por qué cree que siempre ha sentido interés por la gente mayor?

Elizabeth Strout Porque crecí en una calle donde vivían todas mis tías abuelas, que eran muchas y eran gente muy infeliz. Yo también jugaba con mi hermano, pero íbamos a sus casas continuamente. Eran mujeres muy trágicas, siempre quejándose de no tener hombres cerca, lo cual no significaba que quisieran a un hombre cerca.

Mujerhoy ¿La tristeza es el sentimiento más misterioso que existe?

Elizabeth Strout No, creo que la tristeza es un sentimiento directo y muy honesto. Para mí el sentimiento más misterioso es el desconcierto, la vergüenza. Mucha gente se siente así, extraña, desubicada, fuera de lugar, sin saber por qué, pero la tristeza es lo que es. ¿Sabe lo que quiero decir?

'Me llamo Lucy Barton', de Elizabeth Strout.
'Me llamo Lucy Barton', de Elizabeth Strout.

Antes de crear a la sensible y perpleja Lucy Burton, el gran personaje de Elizabeth Strout había sido Olive Kitteridge: una septuagenaria huraña, deprimida, brutalmente honesta, compleja y secretamente sentimental; una profesora de Matemáticas capaz de robarle a su nuera un sujetador, en su noche de bodas con un gesto de rabia, para tirarlo a la basura.

Una mujer con un terrible miedo a la soledad, y pese a toda su crueldad, conmovedora. La novela Olive Kitteridge (compuesta, en realidad, por relatos independientes de un mismo universo) se llevó el Premio Pulitzer en 2009 y luego fue multipremiada en la adaptación televisiva que protagonizó la actriz Frances McDormand.

Un éxito internacional que le llegó a Elizabeth Strout tarde, pero no demasiado. Y que demuestra que en ocasiones la persistencia sí tiene su recompensa. "Después de tantos rechazos, habría lógico que lo dejara, pero seguí. Siempre se habla de los años de fracaso de Raymond Carver, pero un día hice la cuenta, y él lo había logrado mucho antes que yo".

Cuanto más mayor soy, mejor entiendo a la gente"

Elizabeth StroutEscritora

Mujerhoy ¿Y cómo es conseguirlo tras tanto tiempo?

Elizabeth Strout Es como en una maratón: al principio casi no puedes andar, y luego, sencillamente, continúas. Y entonces, por fin, un día encuentras las frases que encajan en esos surcos de la zona más oscura de la mente, y simplemente lo consigues, por pura repetición... No es que fuera algo que sucediera de la noche a la mañana; fue más bien fue un paso muy largo de la noche a la mañana.

Mujerhoy ¿De dónde saca tanta empatía?

Elizabeth Strout Es una cuestión de edad. Cuanto más mayor soy, mejor entiendo a la gente. Creo que en toda vida hay un punto en el que puedes hacerte más grande, o puedes hacerte más pequeño. Y lo interesante es que nunca sabes cuándo va a ocurrir.

Mujerhoy ¿Por qué Lucy Barton no odia a su madre?

Elizabeth Strout Porque es su madre. Y en segundo lugar, porque la ama, y lo único que quiere Lucy en la vida es que su madre la quiera a ella también. Habitualmente, eso es lo que quiere la gente: ser amados por sus madres. Es una de esas cosas que he acabado comprendiendo de mayor. El deseo de tener una madre nunca muere.

El sentimiento más misterioso de todos no es la tristeza, es la vergüenza"

Elixabeth StroutEscritora

Las relaciones madre-hija ocupan un lugar central en el universo literario de Elizabeth Strout. Madres e hijas que se necesitan y se quieren, pese al daño que se hacen, pese a que no estén de acuerdo o no sepan expresar sus sentimientos, pese a su hosquedad, pese al dolor... La novela 'Olive Kitteridge' está dedicada a su madre, "una gran contadora de historias".

Pero Elizabeth Strout es muy reticente a hacer paralelismos biográficos. Cuando le pido que me hable de ella, lo que dice recuerda vagamente al parloteo de la madre de Lucy Barton: "Siempre cuenta historias reales. De los vecinos, de la familia... Y lo hace de manera natural, cuandono está muy cansada". ¿Y cómo era su padre? "Mi padre era un hombre muy cariñoso... que creía que solo se podía hablar de cosas bonitas".

Strout no suele hablar públicamente del tema, pero la madre de su padre se suicidó. Otro silencio, otro secreto lacerante de su niñez, que se ha convertido en otro de los ejes que vertebran su delicada obra: las tragedias de una generación se transmiten, de algún modo, a las siguiente. A veces, en los insterticios de lo que se calla, en sus grietas.

Varios de los capítulos de Me llamo Lucy Barton terminan con la protagonista agradecida por el gesto de cariño de un extraño... Lucy se aferra con fe (¿con desesperación?) a esos gestos una mirada, una palabra, una mano, un médico diciendo "está cicatrizando bien"; una profesora de escritura que le habla como si la conociera, un roce...

"Los gestos de cuidado y amor de los extraños son muy importantes para Lucy porque nunca tuvo suficiente amor explica Strout, y esta gente es inesperadamente amable y cuidadosa, lo que a ella le parece un milagro". Se hace entonces el silencio entre nosotras y un minuto más tarde se inclina para servirme el té y yo le digo gracias y ella contesta: "De nada", con su cara de agotamiento y afabilidad.