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Bye, bye Girls

Con la emisión de la última temporada de Girls, culmina una serie que aspiraba (abiertamente) a convertirse en “la voz de una generación”

Cartel de la serie GIrls
Cartel de la serie GIrls D.R.

Cuando ‘Girls’ se estrenó en HBO, en 2012, se volvió “noticia” de inmediato. La comedia dramática sobre mujeres veinteañeras en búsqueda de un futuro profesional en la ciudad de Nueva York fue elogiada por su visión —satírica, irónica, sincera en materia sexual— de la angustia de los llamados millennials. Y fue también diseccionada en un sinfín de artículos y entradas en redes sociales debido a su exploración de los temas de género y del pánico social que sucede a la etapa universitaria.

Las series Girls, Veep, Scandal, Bunheads y The Mindy Projec debutaron con pocos meses de diferencia; todas ellas están centradas en mujeres complicadas, cuyos problemas son todo menos adorables. Aunque Girls, creada por Lena Dunham —que también interpreta el papel protagonista: la aspirante a escritora Hannah Horvath— no es una bomba en términos de índices de audiencia, sí cuenta con unos seguidores fieles, y ha contribuido a incorporar a una nueva e impresionante generación de voces muy personales a la televisión.

En el comienzo de su sexta y última temporada, el 12 de febrero, mientras Hannah consigue avanzar como escritora, Shoshanna (Zosia Mamet) se embarca en un nuevo trabajo, Marnie (Allison Williams) afronta un divorcio tumultuoso y Jessa (Jemima Kirke) se refugia en Adam (Adam Driver), Girls, pues, no ha perdido el gancho. Seis críticos de televisión del New York Times abordan el impacto que ha logrado (o no) la popular serie.

Otra manera de ver el cuerpo de una mujer. Por Manohlda Dargis

Lena Durham y Jermina Kirke protagonizaron el pasado año una campaña de la firma de ropa interior Lonely Girls
Lena Durham y Jermina Kirke protagonizaron el pasado año una campaña de la firma de ropa interior Lonely Girls D.R.'

Cuando Hannah se quitó el sujetador por tercera–¿o quizá por decimotercera?– vez, fui consciente de que no era solo una escritora, directora, actriz, piedra angular de los mileniales, una herida y un fetiche, sino, paralelamente, una artista corporal. Desde los inicios de la serie, Lena Dunham ha convertido el cuerpo de una mujer, en todo su exceso glorioso, caótico e incómodo, en sujeto y el objeto tanto de su atención como de la nuestra. Gran parte de la historia del arte en Occidente ha sido la historia de unos hombres creando representaciones de la mujer, especialmente blancas y jóvenes; Dunham contribuye a reformular esa imagen, su producción y su consumo.

Cada vez que Hannah sorbe fideos o se desnuda ante la cámara estamos ante una afirmación de que esta mujer concreta, inmersa en esa acción específica —comer, hablar o tener relaciones sexuales—, merece nuestra atención. En ese aspecto, está redefiniendo tanto la belleza femenina como el valor de la mujer. Las mujeres son de todos los tamaños, formas y colores, pero nadie lo diría al ver la mayoría de obras de arte o de cultura popular, que tradicionalmente han venerado determinados tipos de mujeres mientras relegaban a otras —como las negras o marrones— a los márgenes o a la invisibilidad.

Sí, el mundo está abarrotado de mujeres invisibles e infrarrepresentadas, incluyendo a las gordas, las peludas, las arrugadas, las discapacitadas, las que tienen cicatrices, las que tienen la regla, las menopáusicas y las que no son heterosexuales. No sorprende que la insistencia en mostrarse haya sido criticada, a veces justamente, y otras de forma cruel y errónea. John Berger, en su libro 'Maneras de ver', articula bellamente los aspectos más hipócritas de esos ataques: “Pintaste una mujer desnuda porque disfrutabas mirándola; le pusiste un espejo en la mano y llamaste al cuadro “Vanidad”, condenando, así, a la mujer cuya desnudez habías representado para tu propio placer”.

Berger comprendió, como Dunham, que la función del espejo era “hacer que la mujer se trate a sí misma, por encima de todo, como una visión”. Una visión conceptualizada, realizada y controlada por hombres. Eso está cambiando con demasiada lentitud, con actrices y cómicas como Dunham, Mindy Kaling, Leslie Jones, Melissa McCarthy y Amy Schumer, entre otras, que cuestionan los patrones de belleza, atractivo, significancia y consecuencia femeninas. Esas profesionales han usado el humor para demoler las viejas formas de ver, y han desmantelado, chiste a chiste, las ideas sobre la mujer como entidad a la que mirar.

De alguna manera, han normalizado los asaltos a la representación que han hecho suyas artistas como Karen Finley, que se echó chocolate en su cuerpo desnudo para simbolizar, en sus propias palabras, el tratamiento de la mujer “como algo sucio”. La suciedad, el desorden y la torpeza son gestos radicales, especialmente para las mujeres, a las que se les dice constantemente que deben depilarse y seguir una dieta para que todo quede en orden. Dunham es consciente de ello, y no hay nada que me guste más de Girls que su insistencia en el hábito de Hannah de sorber y de balbucear, su falta de consideración y su crueldad recurrente, su dependencia y su narcisismo.

Ahí opera una especia de privilegio: la condición de mujer blanca de Dunham le ha permitido un tipo de accesibilidad y de indulgencia rara vez acordadas a las mujeres de color. Al mismo tiempo, Hannah supone, finalmente, la refutación de un conjunto de ideas universales sobre las mujeres. Hannah es una mujer, no todas las mujeres. El suyo es un cuerpo femenino, no el cuerpo femenino.

Representando el sexo de forma realista. Por Jenna Wortham

En 'Girls' vemos a Adam y Hannah en todo tipo de situaciones sexuales
En 'Girls' vemos a Adam y Hannah en todo tipo de situaciones sexuales D.R.'

Según la industria de Hollywood, las mujeres pueden tener experiencias sexuales completamente satisfactorias sin llegar a quitarse el sujetador, y consiguen tener orgasmos euforizantes en cuestión de minutos. Girls nunca ha prestado atención a esos clichés. Desde el primer episodio de la serie, el sexo era extraño y poco favorecedor; había sudor y risas. O lo que es lo mismo: era realista. Las mujeres de la serie tenían relaciones por su diversión caótica, para obtener aprobación (incluso cuando era un encuentro breve), y en ocasiones por obligación. Algunos momentos cuestionables — de los que ha habido muchos— fueron compensados con humor antes de que pasaran a ser trágicos y amargos. Y había pocas moralejas.

Girls podría haber sido la típica enumeración titulada “Encuentros sexuales incómodos que tendrán en la veintena”. En la quinta temporada, cuando Adam (Adam Driver) y Jessa (Jemima Kirke) reconocen, por fin, su química de fuego lento y sucumben al deseo sexual, no hay nada cinematográfico en ese proceso. No hay ninguna escena en la que se reencuentren bajo la lluvia o se besen apasionadamente al son de una canción. En lugar de ello, la cámara les muestra sentados a horcajadas en un sofá ruidoso, intentando gestionar sus espaldas doloridas y la falta de espacio.

La recompensa viene de observar a dos personajes abrasivos mostrando ternura de forma inusitada. Cuando Ray y Shoshanna, interpretados por Alex Karpovsky y Zosia Mamet, anticipan el final de su relación, acaban acostándose juntos. El rostro de Shoshanna, cuya expresión denota que se siente extremadamente incómoda, aparece en primer plano, mientras que se observa la cara de Ray, despreocupado y feliz, a su lado. Esta escena transmite algo profundo sobre lo que soportan las mujeres, sobre cómo renuncian a sus necesidades para ponerse al servicio de otros, especialmente los hombres.

Quizás el personaje de Marnie (Allison Williams) cuente con el arco dramático más desarrollado. Al principio, sus expresiones faciales durante las relaciones sexuales muestran conmoción, dando pie a un chiste implícito sobre lo terrible que parece resultarle la experiencia. Con frecuencia observa a su compañero para decidir cuál será su reacción, en lugar de concentrarse en proporcionarse a sí misma cualquier tipo de placer. Pero, según avanzan las temporadas, se descubre a sí misma con su novio músico, Desi (Ebon Moss-Bachrach), mientras éste se arrodilla con la cara sumergida en su trasero.

La expresión en el rostro de ella ya no muestra confusión o incomodidad. Es de pura felicidad. Pero los mejores momentos son aquellos en los que Hannah (Lena Dunham) revela sin remordimientos las recovecos de sus patologías. En una ocasión asume el rol de una niña mientras se acuesta con Adam; en otra, le sustrae un billete de 100 dólares y lo usa para pedir una pizza. La serie no hacía que el sexo fuera fácil de observar porque a las mujeres no les resulta fácil comprenderse a sí mismas como seres sexuales, tener autonomía o determinar la forma en la que quieren ejercer su feminidad y su sexualidad. Pero Girls nunca trató de ser fácil.

Pinchando a la audiencia. Por Wesley Morris

Las protagonistas en la fiesta de presentación de la 6ª temporada
Las protagonistas en la fiesta de presentación de la 6ª temporada GETTY'

Girls no tiene risas enlatadas. Ver la serie a solas supone reírse cuando no tienes claro que toca reírse. Reírse a solas puede sonar raro, pero es una experiencia catártica y apropiada. La comedia pica, como pican los personajes. E incluso tú. Y, dado que la serie es principalmente un estudio sobre las cicatrices emocionales y los reproches, puede resultar difícil acordarse de los momentos de risa y fácil recordar los momentos que te hacen sentir incómodo. Todo eso es una manera elaborada de decir que Girls, fundamentalmente, es una comedia que aborda el cuerpo, las relaciones, el trabajo, la legitimidad y la diversión de una generación. En el mejor de los casos, la serie es también una sátira de muchos de esos elementos.

Pero a veces corremos el riesgo de no valorar en su justa medida la fortaleza de su componente humorístico. Hay un episodio de la primera temporada ('Todas las mujeres aventureras lo hacen') que arranca cuando Marnie da su opinión sobre el nuevo corte de pelo de su novio, Charlie (se ha quedado prácticamente calvo). Le dice que lo odia. Él le responde que lo ha hecho para apoyar a un amigo que tiene cáncer. Y en lugar de decir “Cariño, lo siento, es terrible”, ella reformula su ira: “Gracias por hacerme parecer insensible”. Luego Hannah sale del baño con lápiz de ojos negro, una chaqueta negra y medias de rejilla. Se parece a la transformación de Olivia Newton-John al final de Grease, pero en gótico. Hannah y Charlie se insultan respectivamente, (“Parece como si fueras a lanzar una maldición sobre algunas chicas populares”), mientras Marnie, en su burbuja egoísta, le dice: “Tú también das miedo”.

La dinámica de esa escena bordea la receta de una típica comedia de situación. Está rodada en la mesa de la cocina del apartamento que comparten Hannah y Marnie. Son como Mónica y Rachel [las de Friends] pero sin el enfoque simplista de las relaciones de media hora. Los comentarios despectivos y los ninguneos duelen de verdad. Aumentan y se van acumulando. Los chistes difieren de las inseguridades de las que se alimentan.

Pero es el alcance de la comedia lo que hace que la serie vaya más allá de un espectáculo sobre blancas malcriadas. Girls refleja lo que significa ser blancas, mimadas y conscientes de sí mismas. Al reclamar dignidad para unas narcisistas que compiten entre sí, Girls practica un tipo de humor que ha desaparecido prácticamente del cine, y aun así produce una sensación de frescura, siendo una serie de televisión. Evoca la espinosa humanidad del director Paul Mazursky, en cuyas películas hacía comedia a partir de la lucha por sobrevivir: al divorcio (Una mujer descasada, 1978), a la pobreza y a los ricos (Un loco suelto en Hollywood, 1986) e incluso al Holocausto (Enemigos, a love story, 1989). De vez en cuando, su amarga exquisitez aparece en la obra de Alexander Payne y, especialmente, Nicole Holofcener.

Lena Dunham, que concibió Girls junto con Jenni Konner, no ha hecho ninguna película desde su primera cinta, Tiny Furniture, que data de 2010. Pero Girls es una serie inspirada en la esencia de Mazursky: una comedia que confía en que el espectador sepa distinguir a las personas de las bromas.

Estimulando la conversación sobre la diversidad. Por Salamishah Tillet

La 'foto de familia' de la boda de Marnie en la quinta temporada
La 'foto de familia' de la boda de Marnie en la quinta temporada D.R.'

“No quiero asustaros, pero creo que puede que sea la voz de mi generación. O, al menos, una voz [representativa] de una generación”. Dice Hannah en el primer episodio de Girls, de 2012. Cuando volvemos la vista atrás, esa profecía burlona resulta ser cierta y equivocada a la vez: Girls ha destacado por la fanfarria que ha generado la voz feminista y milenial que vehicula la serie, y también por las críticas recibidas por la infrarrepresentación de la vida de las mujeres de color, que residen en los mismos barrios de Brooklyn donde pululan los protagonistas, pero que no aparecen. Al cabo de unos cuantos episodios, Dodai Stewart escribió en Jezebel un artículo titulado “Por qué necesitamos seguir hablando de las chicas blancas de Girls”; Jenna Wortham, de The New York Times, se preguntaba en la revista The Hairpin “¿Dónde están mis chicas?”.

Y yo escribí un artículo para la revista The Nation sobre cómo la segregación de amistades de la serie era un indicador de un problema racial mucho más amplio en Estados Unidos. Por el contrario, los defensores de Dunham argumentaban que se le estaba exigiendo más en materia de diversidad que a sus pares o que a sus predecesores. Como decía Rebecca Triaste en The New Republic, “lo que es injusto es que no aplique un celo parecido en las críticas de programas de televisión abrumadamente blancos como los matinales del fin de semana, los invitados a los programas de máxima audiencia de la CBS, las páginas de opinión de The New York Times o, por ejemplo, el Parlamento”.

Siempre he pensado que las discusiones sobre el componente racial y Girls revelaban una faceta novedosa del feminismo milenial: las formas en las que los medios digitales daban a conocer las voces de mujeres de color, que hasta entonces no tenían las mismos plataformas que las mujeres blancas. Las redes sociales permitieron aumentar la difusión de debates sobre racismo y feminismo que anteriormente tenían lugar fuera de Internet y a menudo solo entre académicas y activistas. Dunham parece haber abordado las preocupaciones sobre la diversidad aumentando su apuesta por las políticas identitarias que, según sus críticos, había ignorado, y a menudo ridiculizándolas.

En la segunda temporada, Hannah sale con Sandy (Donald Glover), un republicano negro con el que acaba rompiendo porque ella es, a la vez, demasiado progresista y demasiado miope, desde el punto de vista racial, para su pareja. En la cuarta temporada, acude al Taller de Escritores de Iowa y acaba en una cohorte mucho más multirracial que cualquier galería de arte o garito de los que frecuenta en casa. En la nueva temporada, el personaje por el que se siente atraída al principio es un instructor de surf que interpreta Riz Ahmed, un actor británico de origen paquistaní. Recientemente, Dunham ha lamentado la falta de diversidad de la serie. “No haría otra serie protagonizada por cuatro chicas blancas”, dijo en declaraciones a la revista Nylon.

Quizá, debido en parte a la controversia generada por Girls, las series Broad City (Comedy Central), Search Party (TBS) y otros programas para hipsters mileniales ambientadas en Nueva York reflejan mejor su diversidad. La serie Master of None (Netflix), en la que Aziz Ansar interpreta a Dev, un personaje indio-estadounidense con una novia blanca, Rachel (Noel Wells), y cuyos mejores amigos son Brian, (Kelvin Yu), taiwanés-estadounidense, y Denise (Lena Waithe), una norteamericana de origen africano, aumenta nuestra percepción de la diversidad. Y subraya el hecho de que, para la mayor generación con mayor diversidad racial de la historia de Estados Unidos, hay muchas voces mileniales a las que deberíamos escuchar.

Registrando la cultura de la reflexión. Por James Poniewozik

Lena / Hannah son creadora y personaje de un juego de espejos
Lena / Hannah son creadora y personaje de un juego de espejos D.R.'

En la temporada final de Girls, Hannah le dice al editor de una revista lo que considera que es uno de sus puntos fuertes: “Tengo una opinión formada sobre todo, incluso de asuntos sobre los que no estoy informada”. Esa afirmación encaja con la protagonista de una serie que quizá haya generado la mayor proporción de espectadores-atraídos-por-las-opiniones en television. Los opinadores más fervientes han reflexionado, en parte, sobre su diversidad o la ausencia de la misma; su representatividad generacional, o la falta de ella...

Girls representa, al mismo tiempo, la obsesión por definición de la cultura de la reflexión y a la vez funciona como su cronista más astuto. Es una serie, precisamente, sobre el tipo de personas jóvenes, conectadas y bien educadas a las que Girls no dejaría indiferentes. Shoshanna, sospecho, la vería religiosamente; Jessa se negaría; Ray la odiaría —especialmente al personaje de Ray— tras ver un solo episodio.

Sobre todo, se escenifica el proceso de maduración de una escritora que anhela ser objeto de atención en una época caracterizada por el impulso excesivo de compartir, de las confesiones y de las secciones de comentarios. Inicialmente, Hannah se nos presenta quejándose sobre su cuenta de Twitter, que tiene 26 seguidores. Trabaja en un artículo sobre el consumo de cocaína y consigue un contrato, destinado a fracasar, para escribir un libro electrónico a partir de ensayos autobiográficos. Escribe contenidos patrocinados, opina sobre el blog feminista Jezebel y elabora guiones para [el club de narración oral] The Moth. En el comienzo de la última temporada, Hannah convierte su desengaño amoroso escenificado en la temporada anterior en una columna sobre “Amor moderno” para The New York Times. En el brillante tercer episodio de la última temporada, Hannah conoce a un autor (Matthew Rhys) después de escribir sobre las acusaciones que lo señalan como acosador sexual. Es una confrontación delicada e incómoda —¡se escribirán artículos reflexivos sobre ello!—, pero también se produce una conexión entre ambos a partir de su común admiración por el provocador supremo, Philip Roth. “Sé que se supone que no debería gustarme, porque es un misógino y hace menos a las mujeres. Pero no puedo evitarlo”, dice Hannah.

Al igual que sucede con Roth, la controversia ha dado más relevancia a la serie, pero a veces opaca el trabajo que hay detrás. La frase distintiva que pronuncia Hannah en el episodio piloto —“Creo que puede que sea la voz de mi generación. O, al menos, una voz [representativa] de una generación”— ha sido tan sobreestimada como declaración de intenciones (¿quién ha dicho que lo fuera?) que se ha infravalorado su condición de chiste gracioso y autocrítico. Pero la atención supone un combustible para Girls y para su protagonista llena de defectos. Las bildungsroman o novelas de aprendizaje sobre escritores tienden a terminar cuando los autores deciden escribir, por fin, sus propias historias —cuando el Stephen Daedalus de James Joyce, digamos, decide que va forjar “la conciencia aún no creada de mi raza”–. Quizá ahí es donde se encamina la historia de Hannah. Pero la atención supone un combustible para Girls y para su protagonista llena de defectos. Las bildungsroman o novelas de aprendizaje sobre escritores tienden a terminar cuando los autores deciden escribir, por fin, sus propias historias —cuando el Stephen Daedalus de James Joyce, digamos, decide que va forjar “la conciencia aún no creada de mi raza”–. Quizá ahí es donde se encamina la historia de Hannah. Pero sería más apropiado si terminara con ella sentada en la cama, abriendo su ordenador portátil y escribiendo un artículo analítico sobre Girls.

La diferencia como rasgo común

Por A. O. Scott

Último día de rodaje
Último día de rodaje INSTAGRAM'

Por última vez (ojalá): Hannah Horvath nunca fue Lena Dunham. Hannah no pretendía ser portavoz de nada que no fuera su propia confusión, una broma que muchos críticos se empeñaron en no entender. Su personaje siempre estuvo demasiado centrada en sí misma y nunca tuvo la suficiente confianza o autoconocimiento como para hacer de su vida una obra de arte. Esa es la diferencia principal entre ella y su creadora. Dunham no se inventó la idea de indagar en su experiencia personal con el propósito de hacernos reír o sentir empatía. Pero sí incorporó a las series de televisión elementos de las confesiones típicas de las memorias literarias y el naturalismo emocional y sin pretensiones del cine mumblecore [subgénero del cine independiente intimista con características del naturalismo y el realismo]. El tránsito de Dunham —ayudada por Judd Apatow— del mundo del cine independiente a la cadena HBO supuso un punto de inflexión en la disolución de las fronteras tradicionales. La posibilidad de hacer programas de televisión de la misma forma en que varias generaciones de jóvenes rodaron sus películas o escribieron sus novelas de maduración parecía, incluso en 2010, remota. Los obstáculos eran demasiado grandes; la cultura corporativa, demasiado cerrada;y el medio, demasiado cuadriculado. Girls transmitía una sensación de improvisación, de bajo coste y de factura casera que resultó ser tan sorprendente —y desconcertante para algunos— como su manera tan franca de abordar la sexualidad. Pocas series guionizadas han conseguido dar esa sensación de ligereza, de sinceridad y de cercanía.

Se haya usted identificado o no con Hannah Horvath, Dunham hizo algo que usted podría intentar realizar. Ese es el mensaje que Girls lanzó a los que buscan hacerse un hueco, a los ombliguistas y a los exhibicionistas. De repente, estos vieron abierto el camino del taller de escritura o la improvisación a la pantalla.

La descendencia de Girls —o, más bien, sus hermanos pequeños, los que profesan su amor/odio a la serie, sus archienemigos, sus emuladores y los que se sienten superiores— es innumerable. Un recuento modesto debería incluir comedias sobre la bohemia neoyorquina postuniversitaria como Broad City, High Maintenance y Search Party; ejercicios de autocrítica como Insecure y Fleabag; y retratos del malestar y el desafío creativo como Atlanta y BoJack Horseman. Por supuesto, todas estas series son únicas, y sus autores no tiene por qué estar de acuerdo con la influencia que les atribuyo. Pero eso forma parte de mi tesis. Gracias a Girls, una generación ha visto multiplicadas las oportunidades de darse a conocer.

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