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Recorrer el mundo en barco-stop

Paula Gonzalvo acababa de terminar Arquitectura cuando decidió levar anclas y hacerse a la mar... sin fecha de regreso. Al menos, eso es lo que tiene en mente esta castellonense que, desde hace tres años, vive la mayor parte del tiempo entre océanos. ¿Qué se necesita para cambiar el confort de casa por la azarosa vida del navegante? Libertad.

La casa de Paula durante ocho meses fue un velero en las costas de San Blas.
La casa de Paula durante ocho meses fue un velero en las costas de San Blas. d. r.

En su perfil de Linkedin dice que es fundadora del blog Allende los mares. Pero al repasar la vida de Paula Gonzalvo, la definición se queda corta. En los últimos años ha aprendido a vivir del mar y con el mar. A comer lo que pescaba, a beber agua de lluvia, a reparar anclas, a hacer guardias nocturnas, a conocer los vientos... Y a ser un punto minúsculo en mitad del océano y sentirse como en casa.

De la que fue la suya en Castellón, salió un mes de octubre de hace tres años con un billete de ida a Las Palmas. Quería probar una modalidad de viaje low cost llamada barco-stop. Se trataba de cambiar el asfalto por el mar y el coche por un velero para llegar nada menos que a la otra punta del océano Atlántico. Lo consiguió. Y se enganchó de tal forma a ese estilo de vida que ya no pudo dejarlo. Desde entonces, esta joven de 29 años salta de barco en barco sumando millas. "La sensación de navegar con esta libertad es increíble, cada día tiene algo de mágico", dice esta arquitecta que decidió dejarlo todo por esta aventura.

Habla desde Amsterdam, donde acaba de llegar tras cruzar el golfo de Vizcaya y el canal de la Mancha en una travesía que comenzó en Cádiz. No estará mucho tiempo en tierra firme: dentro de una semana comenzará otro viaje, esta vez a Inglaterra, desde donde quiere navegar a Portugal. ¿Después? Donde la lleve el destino. "Cuando sales de puerto nunca sabes exactamente a dónde vas a llegar ni cuánto vas a tardar en hacerlo", dice.

A bordo del velero Natalie, con el que navegó durante varios meses.
d. r. A bordo del velero Natalie, con el que navegó durante varios meses.
Descanso en una de las 365 islas que conforman el archipiélago de las Mulatas (Panamá).
d. r. Descanso en una de las 365 islas que conforman el archipiélago de las Mulatas (Panamá).
Haciendo pesca submarina.
d. r. Haciendo pesca submarina.
Haciendo kayak en las islas de Kuna Yala.
d. r. Haciendo kayak en las islas de Kuna Yala.

Vivir para zarpar

Curiosamente lo que la llevó al mar fue un desierto. Paula se encontraba en Brasil en un programa de intercambio universitario, y viajó al desierto de los Lençóis Maranhenses, en el norte del país. Lo recorrió durante cuatro días sin mapa ni GPS, tomando como única referencia la dirección del viento. Lograr cruzarlo supuso un antes y un después en su vida. "Por eso quería volver a Latinoamérica, pero tenía claro que quería disfrutar del camino. Y pensé en un barco. En ese momento no me pareció una idea tan loca", cuenta entre risas.

Entonces tenía 26 años, acababa de terminar Arquitectura, y aunque todos la veían trabajando en un estudio, para ella el barco-stop se presentaba como el plan perfecto. "Por lo menos quería intentarlo, así que busqué información en internet, vi que había posibilidades de encontrar barco en Canarias y estuve allí poniendo carteles y preguntando en los pantalanes hasta que a las tres semanas encontré un velero".

Así fue como Gonzalvo se embarcó en su primera travesía junto a otras cuatro personas: 17 días en un velero de 15 metros en los que se encontró tan cómoda que pensó que podría llegar a acostumbrarse a vivir rodeada de agua. Por eso, cuando llegaron a Antigua y el capitán del barco les propuso seguir navegando hasta Las Bahamas durante mes y medio más, a Paula le pareció vivir un sueño. "Todo fue idílico. Fuimos haciendo paradas desde Antigua a Las Bahamas buceando. No se podía pedir más", recuerda.

En el archipiélago de las islas Mulatas.
d. r. En el archipiélago de las islas Mulatas.
Vista de la isla de Paxos, en Grecia.
d. r. Vista de la isla de Paxos, en Grecia.
Pesca del atún en el Caribe.
d. r. Pesca del atún en el Caribe.
Surcando el Caribe.
d. r. Surcando el Caribe.
Atardecer en San Blas.
d. r. Atardecer en San Blas.

La vida en 15 metros cuadrados

Aquel sueño duró dos meses y le costó exactamente 80 ¬, la cantidad que el patrón pidió a cada uno de sus barcostopistas para cubrir gastos. Una vez en tierra firme había que tomar una decisión: regresar a España o buscar otro barco. No lo pensó demasiado. En las islas San Blas le propusieron trabajar como cocinera en un velero. "No sabía cocinar, pero dije que sí porque el lugar era precioso. Acabé quedándome ocho meses en los que hicimos exploración de islas y aprendí a navegar. Fue toda una experiencia", asegura. Tras ella, regresó a casa para asimilar el año vivido y pensar su futuro. Fue entonces cuando decidió que este sería su estilo de vida. "Llegué a plantearme quedarme en tierra. Pero finalmente decidí volver a salir: me gusta demasiado esta vida", afirma.

Aunque vivir de velero en velero suene idílico, Paula advierte que no todo es de color de rosa. La primera dificultad es que hay que convivir con otros en un espacio muy reducido. Y tampoco es un estilo de vida ideal para perezosos. "A veces hay que hacer guardias nocturnas cambiando de turno cada tres o cuatro horas. Y se ayuda también en limpieza, cocina, mantenimiento...", dice. Además, ser mujer no supone ninguna ventaja. "Estás más expuesta", afirma Gonzalvo, que explica que la mayoría de propietarios de veleros son hombres.

"Tienes que saber por qué te quieren en su barco, si es porque buscan compañía o para ayudar en las tareas. Por eso recomiendo a las mujeres que quieran hacer barco-stop que sepan muy bien las condiciones en las que se embarcan. Cuando aprendes cómo presentarte, tienes claro lo que quieres y hablas con determinación, no hay ningún problema", explica. Gracias a esa determinación lleva casi tres años sin saber lo que es un lunes o un domingo y no necesita alarmas porque vive con el sol: se despierta al amanecer y poco después del atardecer, descansa. Sin embargo, cree que su estilo de vida tiene otra virtud aún más excepcional que la de vivir en armonía con la naturaleza: el contacto con otros marinos. "La gente que viaja por mar tiene una visión de la vida muy particular. Sobre todo un gran sentimiento de libertad", dice.

Cree que esa es la razón de que haya tantos navegantes solitarios. Sin embargo, también se ha cruzado con parejas e incluso familias. "Antes ni me lo planteaba. Ahora sí tengo las puertas abiertas a formar una familia. Pero tendría que ser una persona con este mismo estilo de vida", dice.

Lo que ha aprendido en el camino...

  • "A veces buscamos seguridad en estímulos exteriores que pueden fallar en cualquier momento, como el trabajo. Pero la seguridad que buscas en ti misma te va a servir siempre".
  • "He descubierto en mí una serie de habilidades... Me siento capaz de hacer cualquier cosa en cualquier lugar del mundo".
  • "Siempre que eliges acabas perdiendo algo. Tengo amigas que empiezan a casarse y a formar una familia, y me da pena perdérmelo. Pero esta es la opción de vida que más me llama".
  • "Con el estilo de vida del navegante siempre tienes que estar alerta, y eso te hace tener los instintos a flor de piel".
  • "Somos mucho más capaces de lo que nos creemos pero no nos damos cuenta hasta afrontar situaciones límite".

Al despedirse, advierte que si necesitamos algo, no será posible localizarla fácilmente. Pasará varias semanas sin internet. Todo un calvario para algunos. "En el mar, lo mejor es disfrutar de esa desconexión", dice ella con una sonrisa satisfecha. Como la de quien ha encontrado su camino.


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