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El Turín de Natalia Ginzburg

El escritor Jorge Carrión continúa su recorrido por las ciudades literarias. Esta vez se detiene en Turín, de cuyo espectro gris y lluvioso Eugenia Ginzburg y un grupo de intelectuales supo extraer poesía y pensamiento. Cafés, galerías, librerías y piazzas permanecen como testigos.

Retrato de la escritora en 1990.
Retrato de la escritora en 1990. d. r.

Natalia Ginzburg no nació ni murió en Turín, pero la ciudad es tan suya como de Cesare Pavese o Primo Levi. Fue allí donde se formó como persona y como lectora; donde vivió el amor, el exilio y el duelo por el amor perdido, exterminado; donde fue hija y fue madre y donde le quemó la amistad; allí donde perteneció a la red de interlocutores de la editorial Einaudi: "Éramos todos muy amigos, y nos conocíamos desde hacía muchos años, personas que habían trabajado y pensado siempre juntas".

Nació en Palermo en 1916 y murió en Roma en 1991, vivió también en Londres, pero es aquí -pienso mientras escribo y releo fragmentos de Léxico familiar (Lumen) en una mesa del café Platti- donde su vocación cobró forma, donde esa mezcla de lecturas y trabajos y textos poéticos y conversaciones que es toda juventud literaria dio lugar a lo que hoy llamamos "Natalia Ginzburg". Un sujeto artístico y moral, la evolución personal de Natalia Levi.

Su obra maestra, unas memorias muy inteligentes y muy caprichosas, habla de ese campo semántico que construye cada familia. El léxico familiar de los Levi -judeo-italianos, socialistas, intelectuales- se nutrió de Turín y de su región, el Piamonte. Pero también de otros tantos espacios lingüísticos. La madre de Natalia, de hecho, era milanesa, pero de origen triestino. Y su marido Leone era ruso, aunque hablara el italiano tan bien como su lengua natal: de él tomó prestado el apellido Ginzburg. Y Natalia sería famosa tanto por sus propios libros como por sus traducciones del francés.

Era una mujer dura, que no jugaba al glamour, sino a la búsqueda de la verdad.

La infancia y la juventud de Natalia y sus hermanos estuvo marcada tanto por la difícil conciliación entre los lenguajes de sus padres como por los ecos de la guerra: "Los primeros años en Turín fueron difíciles para mi madre. Acababa de terminar la Primera Guerra Mundial, era tiempo, de carestía teníamos poco dinero. En Turín hacía frío, y mi madre se quejaba de éste y de la casa húmeda y oscura, que mi padre, sin consultar con nadie, había alquilado antes de que nosotros llegáramos". También se debió a una decisión unilateral del padre el cambio a un domicilio más céntrico: "Entonces mi padre decidió que nos cambiáramos de casa. Nos fuimos a vivir a la avenida Re Umberto, a una casa baja y más bien vieja que daba a los viales de la avenida". El padre, profesor de Anatomía, era un individuo de armas tomar. Pero la decisión fue acertada: en esa avenida se articulaba el mundo del pensamiento y la creación en Turín.

La editorial Einaudi

Si la ciudad de Turín del siglo XIX y principios del XX no se entiende sin los viajeros famosos que se alojaron en ella (desde Frederic Nietszche hasta Emilio Salgari, pasando por Joseph de Maistre o Gustave Flaubert); durante la segunda mitad del pasado siglo no se entiende sin la gran editorial italiana de prestigio, que al tiempo que lanzó a una nueva generación de escritores en su lengua (Italo Calvino, la propia Ginzburg), introdujo a los grandes autores internacionales. En el número 7 de la via dell"Arciverscopado, transversal a Re Umberto, en noviembre de 1933 fundaron Giulio Einaudi y Leone Ginzburg la casa editorial que lleva el nombre del primero. Hay dos placas gemelas en la fachada del mismo palazzo: en el número 3 Antonio Gramsci, Angelo Tasca, Umberto Terracini y Palmiro Togliatti crearon en 1920 Ordine nuovo, órgano oficial del Partido Comunista de Italia. La editorial, de hecho, tomó el testigo de la voluntad de intervención intelectual y política de Gramsci y compañía con el lanzamiento de la revista La cultura.

Natalia se implicó profesional, sentimental y hasta matrimonialmente en el proyecto. "Leone y yo nos casamos y nos fuimos a vivir a la casa de la calle Pallamaglio", dice en su novela autobiográfica. Pero junto a él tuvo que vivir también el destierro y la violencia última. Por designio de las autoridades fascistas, pasaron con sus tres hijos varios años de la Segunda Guerra Mundial en Pizzoli, un pueblo de los Abruzos cuya vida recogida y rural ella describió en uno de los mejores textos de 'Las pequeñas virtudes' (Acantilado). "Lo nuestro era un exilio: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos estaban los libros, los amigos, la vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia". Aquel, además, fue un exilio absurdo: en cuanto terminó, en 1943, Leone fue arrestado y murió en una cárcel de Roma tras ser torturado por los nazis.

Panorámica del centro de Turín, la ciudad que hizo suya la autora y donde su marido Leone Ginzburg fundó la editorial Einaudi.
d. r. Panorámica del centro de Turín, la ciudad que hizo suya la autora y donde su marido Leone Ginzburg fundó la editorial Einaudi.
Ginzburg, en 1963, junto a Giuliu Einaudi e Italo Calvino, durante la entrega del Prix Strega.
d. r. Ginzburg, en 1963, junto a Giuliu Einaudi e Italo Calvino, durante la entrega del Prix Strega.
Glaería San Federico, necesaria en una ciudad asediada por la lluvia.
d. r. Glaería San Federico, necesaria en una ciudad asediada por la lluvia.
Portada de su libro.
d. r. Portada de su libro.
Portada de su libro.
d. r. Portada de su libro.
Portada de su libro.
d. r. Portada de su libro.

Sofisticada ironía

Y si hay una ciudad templada en Italia, es Turín. Ciudad geométrica, con kilómetros y kilómetros custodiados por columnas y cubiertos por soportales, metrópolis cuadriculada, tan legible, en la que es imposible perderse; al mismo tiempo acoge en su topografía leyendas de magia negra y una sofisticada ironía. El Platti es el perfecto ejemplo de esa doble personalidad, que en Turín nunca es monstruosa, siempre es armónica.

La vieja elegancia de antaño, con sus lámparas pomposas, excesivas, no acaba de rimar con esos camareros que te atienden con la dosis exacta de interés y de distancia, como si te sirvieran desde un pasado que sin duda fue mejor, ni con los turistas que entran vestidos de cualquier manera, sin tener el cuenta la etiqueta de los clientes habituales. Los sábados y los domingos por la mañana solo están éstos, la mayoría solos, leen la prensa mientras se comen un cornetto con su café latte. Los observo e imagino a aquellos redactores, traductores y editores que en verdad se sentían artistas, pero que para vivir crearon revistas y catálogos editoriales, modernizando la cultura italiana, poniéndola en la frecuencia del siglo XX.

Estamos a cuatro pasos del segundo domicilio de la editorial Einaudi, muy cercano al anterior, en la calle Biancamano. Ginzburg, como siempre que aborda el tema, retrata la editorial con ironía. Cuando publicó su libro Léxico familiar en 1963 ya era un mito de la cultura italiana, de modo que podía decir que en la posguerra la editorial era ahora "grande e importante"; que Pavese gozaba de "un despacho para él solo, y en su puerta había un cartelito que decía Dirección editorial"; y que el editor, de quien nunca escribe el nombre, era "guapo, sonrosado, con su largo cuello y sus cabellos levemente agrisados", y "ya no era tímido".

"Yo vivía aún en Turín, pero iba a Roma con frecuencia y me disponía a vivir alí definitivamente", dice al final de Léxico familiar: "Me había vuelto a casar y mi marido daba clases en Roma. Buscábamos una casa; dentro de poco llevaría a los niños y me instalaría allí para siempre". Y entonces ya no hay lugar para la ironía ni para la parodia, porque en las despedidas definitivas se nos rompe la voz. Se revela entonces una realidad que solo puede ser cruda, dramática: "Decía adiós en mi corazón a la editorial, a la ciudad. Mi intención era seguir trabajando en la sede de la editorial en Roma, pero pensaba que sería muy distinto, la editorial que yo amaba era la que se hallaba en la avenida Re Umberto, a pocos metros del café Platti, a poco metros de donde vivían los Balbo cuando estaban aún en Turín y a pocos metros de aquel hotel de los soportales donde había muerto Pavese". Quería a sus compañeros de trabajo. Para ella eran mucho más que sus amigos. Habían trabajado y pensado siempre juntos.

El edificio de la via Oddino Morgari es austero, donde vivió aquellos años, es casi monacal. Concuerda perfectamente con el cabello corto de Ginzburg, negrísimo cuando era joven, plateado en la vejez, de monja o de mujer moderna. No era una mujer agraciada y lo sabía: no jugaba a la elegancia ni al glamour, sino a la búsqueda de la verdad a través de un lenguaje despojado y preciso como su aspecto físico. Era una mujer dura: posa siempre en las fotografías con mirada de leñador, incluso cuando abraza un gato como si fuera un oso de peluche. Semejante a esas fotografías, siempre en blanco y negro, el edificio donde vivió es piedra gris y barandas grises. Solo la placa que la recuerda es blanca. Y el único color es el del jersey rojo y los pantalones tejanos de esa mujer que ahora sale del portal y es sorprendida por mi fotografía.

Sus enclaves:

  • Café Platti (Corso Vittorio, 72). Fundado en 1875 y recientemente reabierto, es uno de los cafés nobles más famosos de Turín, pero al estar un poco apartado del centro turístico es menos frecuentado que, por ejemplo, el café Torino o el San Carlo, puntos de encuentro de escritores y letraheridos. En cualquiera de ellos hay que acompañar el expresso o el capuccino con gianduiotti, chocolatinas con avellanas; y regresar por la tarde, para sus famosos y generosos aperitivos.
  • Galleria San Federico. Las galerías son el otro espacio característico de Turín (ciudad lluviosa, en la que urge el amparo). En la San Federico, estaba el histórico café Meridiana, que ahora es el precioso Cinema Lux, el favorito de Ginzburg. Otra galería mítica es la Subalpina, en cuyo café Romano pasaba las veladas Nietzsche, y donde está La Casa del Libro, pintoresca librería de viejo fundada en 1926.
  • Internazionale (Cesare Battisti, 7). Entre las librerías destacan la moderna Bodoni (via Carlo Alberto 41), y las clásicas Bussola (via Po, 9) e Internazionale. Esta útlima nació en 1872 como filial de Le Beuf de Génova, bajo la dirección del editor Francesco Casanova, y renació en los años 70, convirtiéndose en parada obligada para los poetas de la Generación Beat por Europa.

Café Platti.
Café Platti.

Una plaza para Natalia

La escritora pasaba a menudo por la inmediata plaza Donatello, entre los antiguos baños públicos y la parroquia del Sacro Cuore de Maria, que ahora se llama Natalia Levi Ginzburg. También la calle donde vivió tenía otro nombre: via Pallamaglio. Ubicada entre las vías del tren y el consulado de Marruecos, un par de hombretones africanos dormitan en los bancos de la plazoleta. Desde aquí bajaba a menudo al río, a cuatro calles, por cuya orilla han paseado todos los grandes intelectuales de Turín.

Aunque no nació en Turín, en ella vivió el amor, el exilio y el duelo por el amor perdido.

El Po es un río sonoro. Atravieso el gran parque del Valentino y la avenida Vittorio Emanuele II, que desemboca en las aguas dulces, y llego a las inmediaciones del puente Vittorio Emanuele I, donde te acompaña el barullo hidráulico del desnivel, con esos encabalgamientos espumosos que recuerdan tanto al mar. Más abajo graznan los patos mientras abren vectores en el agua; los adolescentes cuchichean o ríen; los grillos y los pájaros compiten en la orilla por hacerse escuchar en la tarde decadente. Porque siempre hay una atmósfera decadente en esta ciudad de soportales y columnas, incluso en los días solares, porque nunca se esfuma del todo el recuerdo opresivo de las nubes y la niebla y el frío, ese frío suicida, esas ruinas, las despedidas esas.

Escribió Ginzburg que ella aprendió de Cesare Pavese "con profundo estupor, que hasta de Turín, nuestra ciudad gris, pesada y nada poética, se podía hacer poesía".

Además...

- El Nápoles de Elena Ferrante (Un viaje al escenario de "Dos amigas")

- El Nueva York de Susan Sontag


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