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Los listos de las listas

En casa hemos llegado a octubre peludos, suaves, tan blandos por fuera que se nos diría de algodón. Como ese burro que ya nadie recuerda, obra de un poeta con nombre de calle.

En casa hemos llegado a octubre peludos, suaves, tan blandos por fuera que se nos diría de algodón. Como ese burro que ya nadie recuerda, obra de un poeta con nombre de calle. "¿Platero, cáustica?", pregunta Pablo. "Platero", le confirmo. "Yo soy más de Gloria Fuertes", se me desvincula él, que lleva unos meses recorriendo a pie una ciudad llena de poesía. Pablo ya no tiene coche de empresa: camina y lee. ¿Qué lee? Lee marquesinas, porque se ha prohibido a sí mismo leer el móvil. "Porque no ves, papá. Que te haces el principioso, pero lo que tienes es gafas de cincuentón presbícico". A su hija le gusta esa palabra, presbícico. Yo me reconozco más en principioso (el que se pone los principios de corona, como un príncipe, y los contagia, como un infeccioso) y, ya puestos, en vagana (no como nada por no prepararlo, según la definición de Palabras Bastardas).

Pero estábamos en que las marquesinas de Madrid gritan poemas. "Me dijeron: 'O subes al carro o tendrás que empujarlo'". Ni lo subí ni lo empujé. Me senté en la cuneta y alrededor de mí, a su debido tiempo, brotaron las amapolas". A Pablo no le gusta la poesía (ni la de Gloria Fuertes ni la de Juan Ramón; solo en caso extremo se apuntaría a la revolución de Nicanor Parra), pero le apasiona coleccionar detalles del destino que le den la razón, su razón de emprendedor, de autónomo, de valiente. "¿Ves? -me dice-, ¿ves? Ni me subí ni lo empujé". Las otras señales (las que le manda el banco) las ignora. "El banco no es mi destino". Vale, principioso.

Le quiero ingenuo. Ingenuo y principioso, me está apoyando este otoño en mi particular batalla contra los uniformes escolares que pican y las listas de los listos. Pablo y los niños me han acompañado en mi trinchera armada de ilusión y buen rollo; de principios luminosos, de decisiones importantes, de energía positiva; de familia, vaya. Allí, refugiados en nuestra burbuja, hemos sobrevivido a septiembre sin una sola concesión a los titulares literarios. Sin una sola mirada a esas listas autoritarias que nos llegan por tierra, mar y aire. Los 10 libros que hay que leer, las 10 series que hay que ver, los 10 ejercicios que hay que hacer... en/para/por la rentrée.

La rentrée. Vaya palabra. Pablo no me deja suspirar. "Disfruta, que casi estamos en las listas de fin de año. Los 10 regalos. Los 10 menús. Los 10 tuits...". Vale, vale. Nos hemos planteado cerrar octubre con llave, negarnos a noviembre, ignorar diciembre... "Pero tengo exámenes -dice uno de los niños-, y son importantes para pasar a Secundaria. Necesito diciembre". Pablo y yo le miramos espantados. "¿Secundaria significa el instituto? Dime que no tenemos un adolescente"


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