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vivir | Opinión

Jugar tapadas

Edurne Uriarte

Sobre las contradicciones de los países occidentales donde creemos tener claros los principios de la igualdad, pero mantenemos inexplicables costumbres.

Me asombra la decisión de la Federación Mundial de Ajedrez de celebrar el próximo Mundial femenino en Irán, un país que obliga a las mujeres a ponerse velo para jugar. Algo así como celebrar allí el próximo Mundial de fútbol, femenino o masculino, en un lugar donde se impide a las mujeres entrar en los estadios de fútbol, lo que nos da una idea de su cruda realidad en cuanto a la igualdad, en el deporte y en todo los demás.

Me alegro de que la campeona de Estados Unidos, Nazi Paikidze, haya levantado la voz contra este desprecio a los derechos de las mujeres con su anuncio de que no acudirá y con su llamada a que se cambie la sede del campeonato. Confío en que tenga éxito porque me cuesta imaginar a las campeonas de ajedrez cediendo a esa discriminatoria imposición.

Una cesión que, por otra parte, ha sido admitida por numerosas políticas y periodistas occidentales, que se han cubierto con el velo en sus visitas a Irán en una equivocada interpretación del respeto a otras supuestas costumbres culturales. Como si tal gesto no tuviera el mensaje ideológico de discriminación en un país donde las leyes no son igualitarias para hombres y mujeres. Y como si tal gesto no perjudicara a las iraníes que desean ser libres de esta imposición.

Pero el debate alrededor de esta polémica decisión de la Federación de Ajedrez me hace pensar también en las contradicciones de los países occidentales donde creemos tener claros los principios de la igualdad, pero mantenemos inexplicables costumbres. Como la existencia misma de un ajedrez femenino separado del masculino.

Si nuestras capacidades intelectuales son las mismas que las de los hombres, ¿cómo entender que asumamos esta sorprendente diferenciación? Si las iraníes deben jugar tapadas, ¿por qué las occidentales deben jugar separadas de los hombres? Porque las diferencias físicas quizá puedan explicar la separación en otras competiciones, pero no lo hacen en el ajedrez.

Explican algunos que tal separación pretende estimular el interés de las niñas y jóvenes por el ajedrez en una competición en la que hay un abrumador dominio masculino. Solo hay una mujer entre los 100 mejores jugadores del mundo, y ello se debe, también sostienen los anteriores, a una cuestión cultural porque las mujeres juegan igual de bien hasta la adolescencia y luego se desinteresan mucho más que ellos. Y entiendo ese punto de vista, pero difícilmente puedo compartirlo cuando reivindicamos nuestra igualdad de capacidades y de derechos.

Si somos iguales, debemos serlo con todas las consecuencias, también las desagradables. Lo otro, esa separación de sexos, parece una medida paternalista tan difícil de justificar como la obligatoria ocultación del cabello femenino en Irán. Si jugara al ajedrez, me sentiría humillada por una y otra cosa.

Foto: Nazi Paikidze, campeona de Estados Unidos de ajedrez.