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El rostro del mal

Julia Navarro

Vaya por delante que suelo pecar de optimismo y que creo que hay más personas buenas en el mundo que malas.

Vaya por delante que suelo pecar de optimismo y que creo que hay más personas buenas en el mundo que malas. Por ejemplo, con la crisis de los refugiados, mientras los gobiernos miran hacia otro lado, cientos de voluntarios acuden en su ayuda. Y en la vida cotidiana también hay personas que nos reconcilian con la condición humana.

Así que no se asusten si digo que el mal existe y está a la vuelta de la esquina. Una de las manifestaciones que más me sorprende y desanima es cuando aflora en quienes no han dejado del todo la infancia. Dirán que ya he escrito sobre la violencia entre niños y adolescentes, pero no me cansaré de llamar la atención sobre un fenómeno que no se puede seguir ignorando.

Lo que me sorprende es la actitud respecto a la maldad. Vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada, instalada en lo políticamente correcto. Así que, ante un caso de violencia en las aulas, la mayoría prefiere mirar hacia un lado y pensar que es puntual, por más que empiece a tener valor estadístico.

Llevo meses recorriendo España y reuniéndome con lectores para hablar de mi última novela, Historia de un canalla, cuyo protagonista se comporta desde niño como un malvado: siente tanta animadversión contra su hermano pequeño que pone en riesgo su vida, acosa a compañeros o logra que expulsen a una profesora. Si algo me repiten los lectores es que "ningún niño puede ser tan malo". Yo les remito a los periódicos. La realidad supera siempre a la ficción.

La inmensa mayoría de los niños nos conmueve con su inocencia, pero no podemos negar que otros actúan con maldad. ¿Qué hay que hacer ante una agresión? Primero, ayudar a la víctima, y eso pasa porque no vea diariamente a sus torturadores. Quienes arremeten violentamente contra un compañero deben ser trasladados, no es de recibo que el agredido tenga que marcharse. En segundo lugar, prestar apoyo psicológico al agredido, pero también a los agresores. Si un niño se comporta así, hay que averiguar por qué y ayudarle para que esa agresividad no sea un problema mayor. No podemos decir que "son cosas de niños".

No lo es patear a una cría y que sea hospitalizada, como en Palma de Mallorca. Y tercero, es insoportable la actitud de algunos responsables de los centros, queriéndose quitar cualquier responsabilidad. Es cobarde y deleznable. Hay que exigir responsabilidades si no son capaces de garantizar la integridad de nuestros hijos, pero los acosadores deben saber que no les pueden salir gratis sus maldades.

Tengo encogido el corazón desde que leí sobre Alejandro, un crío de 12 años de Olla del Río, que ha sufrido agresiones desde los ocho. No come, no sale de su habitación, tiene pesadillas y no tiene ganas de vivir. Sufre depresión profunda. ¿Y sus agresores? Al parecer, tan campantes, porque ni en su centro ni las autoridades han adoptado medidas para defender a Alejandro y a otros que han sufrido acoso. Desgraciadamente, el mal también aflora en algunos niños.