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Amor a la carta

Martina, Listilla, Algarubia, Gordi y yo corremos por un campo de girasoles...

Martina, Listilla, Algarubia, Gordi y yo corremos por un campo de girasoles: una abubilla pasa volando y se posa sobre el sombrero de un espantapájaros que, al acercarme, se empieza a contonear y nos ponemos a bailar un mambo.

Me despierto de golpe: Bufalino ladra como un poseso. Le calmo, me visto a toda prisa y atisbo desde la ventana. En la puerta hay un hombre con una carta en la mano. Debe ser el nuevo cartero. Salgo al jardín y le pregunto: "¿Tengo que firmar algo?". Sonríe y responde: "No, es una carta". "¿No es del banco, ni de Tráfico ni de Hacienda?", contesto con extrañeza. Él me mira y repite: "Solo es una carta". Le observo con curiosidad. Aunque nunca le había visto, me resulta familiar. Se agacha para acariciar a mi perrillo y pregunta cómo se llama. Cuando digo "Búfalo", se echa a reír. Vuelve a preguntar, esta vez si hay algún lugar donde tomar un café. "Aquí mismo, si quieres". Y cogiendo la cafetera, añado: "Los miércoles lo cierran todo".

Mientras sube el café, me cuenta que estudió Filosofía y Letras. "Algo con muchas salidas", dice riéndose. Al hacerlo, le brillan los ojos. "Hace tiempo, el cartero repartía aquí cartas y tomates", comento. "¿Tomates certificados?", bromea él. "Tomates de su huerto, de los que ahora cuestan a 1.000 euros el kilo", respondo y salimos al sol con el café.

Resulta que, además de filósofo-cartero, es un enamorado del cine: hablamos del cartero en la literatura y en la pantalla, del calentamiento global, del futuro incierto del oso polar y de la extinción de los buzones. De pronto, mira el reloj y se levanta: "Gracias por el café y la conversación". Hace una reverencia, señala la carta y desaparece. La carta no es de amor. Es de un almacén de pienso ecológico para gallinas. La leo sin enterarme de nada, de regreso al campo de girasoles.

Me levanto de la silla de golpe. ¿Cómo es posible? Su cara era la del espantapájaros. Cerca de casa vive una amiga del género esotérico. La encuentro plantando cebollinos. Sin dejar de escarbar, murmura: "Es normal, habéis tenido algo que ver o lo vais a tener: un escarceo, 13 hijos, un gato a medias... ¡quién sabe! Al soñar, el tiempo salta de un lado a otro", dice mientras aparta una lombriz y vuelve a lo suyo. Como insisto, me sugiere que se lo pregunte al universo (y que la deje en paz). Durante el regreso, decido hacer algo al respecto. Escribo. "Querido Bufalino: puede que sea el amor de mi vida o un asesino en serie, pero, dado que está haciendo una suplencia, deberíamos tomar cartas en el asunto. Tu ama que te ama".

Guardo la carta en un sobre, escribo mi dirección, encuentro unos sellos olvidados, pedaleo los tres kilómetros que nos separan del buzón y dejo caer la carta por la ranura. Me alejo, pensando que el universo, la mayor parte de las veces, no sabe o no contesta, pero el cartero siempre llama dos veces.

Ilustración: Maite Niebla.


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