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La desnudez

En cierto momento de mi vida empecé a sentir gratitud hacia mis padres, porque, además de haberme traído al mundo, me habían ofrecido el don de la desnudez.

En cierto momento de mi vida empecé a sentir gratitud hacia mis padres, porque, además de haberme traído al mundo, me habían ofrecido el don de la desnudez. La vía del desprendimiento (que tanta gente persigue en agotadores retiros en un templo tibetano, un convento católico o un áshram hinduista) se me puso en bandeja de plata en los primeros años de mi vida. "¡Tú no eres nada!" fue el estribillo incesante de mi infancia. Como es lógico, aquello me hacía sufrir. En algunos momentos, creí que iba a enloquecer de dolor. Pero, con el paso del tiempo, entendí que aquella desolación devastadora no era estéril, ni un fin en sí misma. Por el contrario, me brindaba una inopinada veta de fertilidad. ¿Acaso no se puede decir lo mismo para cualquier dolor verdaderamente profundo?

Cuando más hundidos nos sentimos, seguros de que el torbellino nos va a ahogar, alcanzamos a ver una grieta por la que asomar la cabeza. Vemos cómo proviene de ella una débil luz. Nuestro cuerpo se llena de nuevas energías y solo queremos una cosa: llegar a esa claridad. La oscuridad contiene las semillas de la luz, pero solo las ofrece si, en lugar de escapar o buscar refugio, caminamos a su encuentro. Si transformamos la oscuridad en penumbra, nunca veremos más que sombras. Iremos a tientas, tropezando de vez en cuando, agradecidos por poder guiarnos en un espacio tan difuso.

La desnudez implica estar suspendidos en el abismo sabiendo que es el abismo, sin eufemismos; oír cómo su eco reverbera cada día e intuir que ese eco puede traer el don de la revelación. Les estoy agradecida a mis padres porque esta desnudez me ha salvado de una forma de entender las relaciones humanas basadas solo en la manipulación. ¡Cuántas vidas he visto arruinadas por unas relaciones afectivas que solo albergaban un simulacro de amor! ¡Cuántas vidas perdidas en la opacidad! ¡Cuántas vidas devenidas una perpetua sesión de psicoanálisis, un extenuante y continuo intento de liberarse de una telaraña de vínculos enfermos!


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