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Demasiadas taras

Mi primer impacto respecto al mundo tuvo lugar en la guardería.

No debía llevar muchos días allí cuando comprendí mi profunda vocación de ermitaña. No entendía nada de lo que había que hacer, ni lograba establecer relación con mis compañeros. Lo que para los demás era divertido, a mí me producía la angustia típica de quién se queda al margen. "Su hija va a ser una fuente de graves problemas -le dijo la maestra a mi madre-. Yo no descartaría que terminara sus días en un manicomio".

Por entonces, el obsceno edulcoramiento de lo políticamente correcto aún no había contaminado todas las relaciones humanas. Llamar al pan, pan y al vino, vino era una forma de anclarse a la realidad. y las palabras de la maestra no hicieron más que confirmarle a mi madre aquello que ya sabía desde que yo vine al mundo. "Desde tu primer llanto, supe que algo no iba bien en tu cabeza", me repetía a menudo.

Si hubiera nacido en el nuevo milenio, seguro que desde mi concepción habría estado abocada a unos análisis de ADN. Demasiadas taras, en esa hélice llena de suicidios, alcoholismos y locuras. No sé qué podría haber emergido de bueno de esos análisis; probablemente, en mi caso, nada brillante. Es posible que también con Beethowen los resultados hubieran sido parecidos. ¡No se trae al mundo a un niño con los genes del alcoholismo y la sordera! ¿Qué decir del gran pianista Petrucciani? Estaba aquejado de osteogénesis imperfecta. También él se habría encontrado con un pulgar hacia abajo. ¿Y Rimbaud? ¿Y Baudelaire? ¿Y Van Gohg? El ADN de todos ellos debía de contener fragmentos de los más embarazosos.

La forma en que la sociedad nos homologa no deja sitio para aquello que no son perfectos, física y mentalmente. en este mundo, la inquietud no tiene derecho a ser expresada. O si lo tiene, es solamente para implorar una píldora que, a la postre, sea capaz de silenciarla.

Además...

- Lobos y corderos

- El primer combate real

- Un refugio en el camino

- Los escombros del amor


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