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Tengo derecho

Julia Navarro

Se nota que la nuestra todavía es una democracia joven...

Vivimos en el país del "tengo derecho", pero ese "tengo derecho" no siempre va acompañado del respeto a los derechos de los demás. Es también el nuestro un país bastante maleducado, y esa mala educación suele venir acompañada del "tengo derecho a..."

Hace unos días asistí al siguiente espectáculo: unos jóvenes retozaban amorosamente en la hierba de un parque público donde jugaban niños. Cuando una mamá se acercó a ellos diciéndoles que no continuaran con sus efusiones amorosas y tuvieran en cuenta que había niños pequeños, uno de ellos saltó diciendo que, precisamente, estaban en un espacio público y tenían derecho a hacer lo que les viniera en gana.

Hombre, yo creo que para poner en práctica algunas posturas del Kamasutra hay lugares mejores que un parque público, pero a esa pobre señora la tacharon de antigua y de facha. Por no hablar de la paciencia del santo Job que tienen que practicar quienes viven en el centro de Madrid o de cualquier ciudad española.

Así que cuando un grupo de jovencitos organizó un "botellón" en una céntrica plaza y eran las tres de la mañana y seguían riendo y gritando, un vecino que es de suponer que al día siguiente tenía que madrugar salió a la ventana pidiéndoles que acabaran la fiesta y dejaran de hacer ruido. La respuesta de la muchachada fueron unos cuantos insultos y el consabido "tenemos derecho a divertirnos y esto es una plaza pública". Y sí, claro, tienen derecho a pasarlo bien, pero las familias que viven en esa plaza tienen sus propios derechos; el que trabaja a poder descansar, el que está enfermo a no tener que añadir al dolor un ataque de nervios por el ruido; los niños a que nadie les perturbe el sueño. Vamos, digo yo.

Les contaré una anécdota personal. En la última Feria del Libro de Madrid, estaba yo firmando libros en una caseta cuando se me plantó delante un tipo con una cámara fotográfica y un teleobjetivo que para sí lo querrían los paparazzi. En menos de un segundo, disparó varias veces a menos de un palmo de mi nariz. Ni siquiera me preguntó si podía hacerme una foto. Al principio me quedé desconcertada, pero reaccioné y le dije que dejara de fotografiarme. El sujeto no se cortó y, mirándome con suficiencia, me dijo: "Este es un lugar público y hago lo que me da la gana y no tengo por qué pedir permiso para fotografiarla porque usted es una escritora, así que se aguanta".

Me enfadé, claro está, pero de nada me sirvió; aquel tipejo siguió haciendo fotografías como si tal cosa. El decía tener derecho porque el lugar era público, pero poco le importaban mis propios derechos. Les confieso que durante un segundo me lamenté de no medir dos metros y estar cachas para plantarme frente a él y hablar de sus derechos y los míos. Pero pueden imaginar cómo terminó la anécdota: tuve que aguantarme.

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