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La química del amor

La escritora Elia Barceló nos habla, en este cuento de altos vuelos, de las huellas imborrables de la pasión.

La química del amor.
La química del amor. maite niebla

Nunca había sido partidario de celebrar fechas importantes, aniversarios, cumpleaños. Quizá había temido toda su vida convertirse en una segunda edición de su madre que, anclada en el pasado, conservaba cientos de fechas en la memoria. Para él, el pasado era solo el vago recuerdo de unos hechos que uno tendía a desvirtuar, reelaborar, reprimir cuando se hacía necesario. Como ahora.

Como este mismo momento en que el anuncio de la azafata para cambiar los relojes al día siete le había sacudido de la modorra en que estaba cayendo y en algún maldito lugar de su cerebro se había encendido la lucecita de alarma de los grandes peligros, esa fosforescencia rojo sangre que le anunciaba: no pienses, no investigues, deja las cosas como están, duérmete y no te empeñes en saber por qué el 7 de julio te trae algún recuerdo. No sirvió de nada porque el cine de su mente había empezado a enfocar las imágenes de otro vuelo nocturno, de otro 7 de julio, un año antes, en que el avión no lo llevaba solo y hastiado a su casa en Barcelona, sino feliz y pletórico a París, con la mano de Laura en la suya. Su primer viaje juntos. El único.

Alargó la mano hacia el whisky que la azafata le tendía y maldijo para sí. El whisky también le recordaba a Laura. Siete meses después de haber roto definitivamente con ella, de no haberla visto ni hablado ni sabido nada suyo, el whisky le seguía recordando a Laura. Y los atardeceres, y los vestidos rojos, vaporosos, y las luces de las ciudades al caer la noche, y los pasillos de los hoteles, y las fuentes en las plazas. Todo, absolutamente todo le recordaba a Laura, al brillo de sus ojos, a su modo de andar, a su sonrisa. Y eso era espantoso, insoportable, enfermo. Después de meses de terapia en que había conseguido convencerse de que su pasión por Laura había sido solo un desarreglo hormonal, una simple alteración química, ahora aparecía de nuevo su fantasma envuelto en la capa del 7 de julio, una noche tan luminosa en su recuerdo como ningún otro día de su vida.

Llegaron ya tarde y tomaron un taxi a la ciudad, sonriéndoles a las barriadas periféricas, a los semáforos en rojo, a las interminables columnas de coches que se amontonaban en las salidas. Su perfume era un veneno que se le clavaba entre los ojos y le forzaba a respirar rápido, como si se estuviera ahogando. Debía de ser algo químico. Era la única explicación posible para una locura como la que había sentido por Laura.

Casi llegando al hotel de Montmartre ella había gritado: "¡Pare, pare!". Y se habían instalado en una terracita desde la que se veía toda la ciudad. La noche de verano, saturada de perfumes y luces de colores, se desplegaba a su alrededor, cargada de promesas. Tomaron un martini mirándose a los ojos, ahogándose de inminencia, sabiendo que la noche les traería por fin todo lo que llevaban meses deseando.

Por un segundo le pincharon los ojos como si aún fuera capaz de llorar. Acababa de tener la sensación, vívida y real, de la cintura de Laura entre sus manos al subirla de un salto al reborde de una fuente para besarla sin tener que inclinar tanto la cabeza, la suavidad de su pelo contra su cara. Su dulce aliento de martini. Su nariz siempre fría.

La azafata pasó a recogerle el vaso vacío y, con una sonrisa, le preguntó si deseaba algo más. Sí, claro que deseaba algo más. Deseaba olvidar a Laura, borrar el recuerdo para siempre de su mente, para que no viniera en los peores momentos a interferir con su vida auténtica, la que había elegido, la que debía vivir. Deseaba ir a un restaurante y que el jerez que tomaba Marina no le recordase al whisky que Laura prefería, deseaba poder cerrar los ojos después de hacer el amor y que la voz de Marina no le recordara a Laura y su risa, su risa clara resbalando por sus hombros desnudos, sus pechos palpitantes, sus vientres aún pegados; sus gemidos vibrantes, altos y salvajes porque estaban en París, porque nadie podía oírlos, porque estaban solos y libres y se querían. ¿Se querían?

¿Dónde queda un amor sin cartas ni fotos? ¿qué queda de tres días en París?

Solo en eso tuvo que mentirle a Marina: nunca le dijo que creyó haber querido a Laura, nunca le habló de París. Ese era su único secreto, su tesoro escondido. Le había contado casi todo, cómo se conocieron en uno de los seminarios de la empresa, la atracción inmediata, pura química, fósforo inflamado instantáneamente al contacto con el calor, sus citas en el piso de ella, siempre corto, siempre rápido, siempre insatisfactorio. Contestó incluso a sus preguntas más íntimas, le juró que nunca la había querido, que solo había sido una locura pasajera, la crisis de los 40, un error que no podía poner en peligro 10 años de matrimonio, tres hijos, un proyecto de vida común, un error que no se repetiría.

Entonces ella le había preguntado: ¿No hay nada más? con esa voz tan típica de Marina, la voz maestra de escuela estricta y agria, la voz de por esta vez te voy a perdonar, gusano, la voz de que no se repita, ¿estamos? Y ¿qué podía él decirle? ¿que estaba París? ¿que en París, con Laura, había vivido una vida en dos días y medio? ¿que nunca podría olvidar París? Así que se calló, bajó la cabeza y le dijo: No hay nada más, sabiendo que desde ese instante París sería siempre un cadáver en el sótano. Desde entonces habían pasado siete meses y todo había vuelto a la normalidad.

Salvo que los pasillos de los hoteles le recordaban a Laura, y el whisky y los martinis y las fuentes de las plazas. Salvo que la piel de Marina era solo piel y no fuego líquido. Salvo que la química de su cuerpo no se resignaba a no oler el perfume de Laura ni escuchar su voz. Salvo que recientemente, viendo una reposición de Casablanca por la tele, había estado a punto de ahogarse al oír a Bogart diciéndole a Ingrid Bergman: "Siempre nos quedará París".

Siete meses, cuatro días. Se estaba convirtiendo en su madre, viviendo en el pasado. Y el pasado no existe. El pasado está en las fotos, los documentos, los diarios. ¿Dónde estaba en su caso? ¿Dónde queda un amor sin cartas, ni fotos, ni invitaciones de boda, ni participación de nacimientos? ¿Qué queda de cinco meses de encuentros secretos? ¿Qué queda de tres días juntos en París?

Se prohibió volver a pensar en el asunto, se tragó el whisky y clavó la mirada en la negrura exterior. Tenía razón su terapeuta, era todo una especie de síndrome de abstinencia, igual que cuando dejas de fumar. Uno no está enamorado de sus cigarrillos y, sin embargo, pasa una época en la que está convencido de no poder sobrevivir sin ellos. Así había sido con Laura. Pura química. Nada más.

Cuando vio el cartel en el aeropuerto, justo antes de salir, sintió que se le paraba el corazón y luego, enseguida, que empezaba a latir y latir enfurecido como si quisiera romperle el pecho. Era un cartel publicitario de una de las nuevas compañías aéreas europeas: una foto en blanco y negro como las de los años 50; una mujer joven con un vestido vaporoso de verano, sentada en el borde de una fuente con el Sacré Coeur desdibujado al fondo, un hombre de camisa clara abrazándola por la cintura, mirándola a los ojos, los labios tan cerca de los labios, todo el mundo de su alrededor difuminado, casi inexistente, para dejar solo el amor desnudo, esa mirada de adoración, de entrega, de amor puro y simple en el gesto del hombre, en el brillo en los ojos de la mujer.

Se quedó clavado frente al cartel. Admirando. Comprendiendo. Dándose cuenta de que el pasado se había hecho real ante sus ojos, que todo lo que se había negado a aceptar quedaba revelado en esa instantánea que daba un mentís a siete meses de terapia, a 10 años de matrimonio, a una vida de sensatez. No recordaba haber visto a ningún fotógrafo aquella noche de verano en París. Solo existía Laura, y la música y las luces de colores y los tres días que se extendían frente a ellos como una autopista hacia la eternidad.

Fue el último en salir. Marina lo estaría esperando fuera. Marina ya sabría. Esos carteles estarían ya por todas partes. O quizá aún no, pero tarde o temprano... Habría dado su vida por estar en París. Con Laura.

La autora

"Elia Barceló (Elda, Alicante, 1957) es la gran dama de la ciencia ficción en España, aunque también practica otros géneros. Su última novela es El color del silencio (Roca).


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