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"Cariño, tenías razón"

Caitlin Moran

Son las 10 de la noche. Es demasiado pronto para estar en la cama...

Pero nuestras hijas han alcanzado, por fin, esa edad en la que no nos necesitan por las noches. Excepto, claro, cuando suben por las escaleras pidiendo a gritos el código CVC de la tarjetas, porque quieren comprar algo on line. "¿Qué estáis comprando?", les grito. En ese momento me vuelvo hacia mi marido. Él está ahí, en pijama. Por primera vez en 16 años, estamos juntos en la cama y no estamos cansados. Tenemos los ojos abiertos. Ninguno de los dos está tumbado en posición fetal, con la cara enterrada en una almohada y murmurando: "Dios, ha sido un día agotador...".

Es una situación completamente nueva para la pareja, uno de esos momentos insólitos que tiene que ser aprovechado y del que debería sacar ventaja. Así que esta noche quiero complacer a mi marido dándole eso que todos los hombres desean secretamente de sus esposas, pero que nunca se atreven a pedir. Me meto en la cama con él y le miro fijamente a los ojos.

"Cariño... -murmuro, mientras él aguanta la respiración-, cariño, tengo que admitirlo: me he equivocado en algo". Él parpadea, en estado de shock. "¿Qué?". "Lo reconozco: estaba equivocada". Pete se queda congelado de incredulidad.

"No tenía razón, me equivoqué -continúo-, soy falible, acepto mi imperfección... Es decir, admito ahora que aquella vez fui yo la equivocada y tú...bueno, en realidad, eras tú el que tenía razón". Tras una pausa breve, pero llena de tensión, Pete habla con cuidado, como un hombre lanzado en paracaídas a un nuevo territorio porque no tiene ni idea de lo que ocurrirá a partir de ese instante.

"Vale, estabas... equivocada. Mmm. ¿Puedo preguntar -dice nervioso- en qué?". Le cojo de la mano. "En lo de la manopla para el horno".

He de reconocer que llevo 22 años de guerra contra el concepto en sí mismo de -manopla para el horno". Una guerra en la que alguna vez mi marido, desgraciadamente, se convirtió en víctima del fuego amigo cuando cogí su manopla de Le Creuset y la tiré por la ventana, gritando"¡¡Pero, joder, ¿para qué necesitas algo tan caro cuando cualquier ser humano normal usa trapos de cocina?!!".

"Ehhhh... puedes seguir, desarrolla", me dice, y yo pienso que nunca lo he visto tan intensamente concentrado en una conversación como lo está ahora mismo.

"Bueno -le digo- como bien sabes, en esta casa para sacar las cosas calientes del horno, solo utilizamos trapos, trapos doblados varias veces". Él asiente. "Y como también sabes, ese es el sistema que nos ha funcionado a mí, a mi padre y al padre de mi padre. Pero, recientemente, parece ser que los trapos vienen, no sé, más delgados que los de antes. Bueno, en resumen, que admito noblemente que me he quemado las manos un par de veces. Así que creo que deberíamos comprar una de esas manoplas para el horno".

He fantaseado con esta conversación muchas veces. Siempre he querido ofrecerle a mi marido ese gran regalo -"tener razón en algo"-, un obsequio que, a estas alturas, tras 22 años juntos, es casi lo único que le puedes dar si ya le has comprado la Nespresso y una mochila. Y nos imaginaba, tras mi inusual capitulación (que inspiraría olas de ternura en él), a los dos hojeando catálogos y pensando en cuál sería nuestra primera manopla de horno compartida. Es decir, enamorándonos nuevamente gracias a mi magnánimo, y extrañamente sexy, gesto de rendición. Tenía esa escena perfectamente orquestada en mi cabeza.

Así que alucino, cuando mi marido responde, con una rapidez casi explosiva: "Oh, bueno, ya tengo una. En el armario. La compré hace 15 meses. Es magnética". No sé cómo responder a esta revelación. La alegría se evapora de repente. Y él tiene el aire de un tío que se ha estado metiendo en la cama cada noche, sonriendo, y pensando para sus adentros: "Tengo una manopla de horno magnética secreta a un metro de distancia. Jejeje. Soy lo más".

Tras una pausa, le pregunto: "¿La has... usado?". "Bueno, realmente nunca habría podido llevarla a la cocina, en nuestras... circunstancias". "¿Y cuándo se supone que ibas a contármelo?". "Supongo que estaba esperando el mejor momento-dice, razonable-. ¿Quieres verla?".

Asiento, todavía absolutamente desconcertada por este giro de los acontecimientos. De repente, toda mi concepción de lo nuestro se ha vuelto del revés. He pasado semanas planeando mostrar mi súper poder para admitir mis errores. Pero él me acaba de demostrar su capacidad de guardar una manopla de horno en el armario. Así que, me pregunto, ¿qué es este matrimonio? ¿Quién gana?

Por suerte, cuando lleva la manopla a la cama descubro que es blanca. "No sirve", le digo, sacando mi portátil y entrando en Amazon. "Se mancha. Tírala por la ventana. Se necesita a una mujer para entender realmente una manopla de horno".

*Caitlin Moran es la autora de Cómo ser una mujer (Anagrama) y en 2014 fue elegida en Gran Bretaña como la periodista más influyente en Twitter y la columnista del año.


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