mujerHoy

vivir

Relatos de una noche de verano: Irme esta noche

Espido Freire se estrena en nuestra serie de relatos noctámbulos y veraniegos con la crónica de un amor estival en su último atardecer.

Irme esta noche.
Irme esta noche. maite niebla

Parece que habrá tormenta.

-Ojalá.

Los dos miraron al cielo, aún de un azul intenso, con la mancha borrosa de un pájaro que se cruzaba con otro. Lejos, unas líneas blancas y unas nubes oscuras hablaban de relámpagos y un leve alivio del calor que durante toda la semana les había perseguido.

-Me encantan las tormentas -dijo Lucía.

-Sí. Ya lo sé.

-Aquí en la montaña, a finales del verano, deben de ser espectaculares ¿verdad? -se esforzó ella-. Cuando era niña lloraba si comenzaba a tronar, porque indicaba el final de las vacaciones, el inicio del colegio.

Lucía desperezó los dedos por debajo de la mesa. La hierba le rozaba los tobillos. Lucas se inclinó sobre ella para servirse limonada helada de la jarra y dos goterones, uno detrás del otro, se deslizaron por el cristal y cayeron sobre su muslo.

-Perdona -dijo Lucas, mientras se sentaba de nuevo a su lado, y observaba el horizonte, las montañas confundidas con el cielo, el manchón verde que delataba el río en el valle. La casa de piedra quedaba a su espalda, retrepada contra la ladera, y las vistas, que en principio no parecían muy espectaculares, cambiaban hora tras hora.

-No quiero irme de aquí -dijo ella.

-Yo tampoco.

-Sí, pero yo lo digo en serio.

-¿Quieres que le pida a mi hermana la casa una semana más?

-No. No quiero irme de aquí -y se llevó la mano a la altura del pecho, con una sonrisa. Lucas le devolvió la sonrisa, levantó el vaso de limonada en su honor y lo bebió a sorbos pequeños.

-De ahí no te vas -replicó-. Te echan.

Se habían conocido a principios de verano, en una boda. Les habían sentado juntos con la evidente intención de emparejarlos, edad similar, trabajos similares, estaturas similares. Las semejanzas finalizaban ahí. Él acababa de divorciarse, se había casado joven, el desmoronamiento de la relación se revelaba en sus hombros, cargados con un constante peso, y en la alianza que aún llevaba y que desapareció discretamente durante el segundo plato, para dormir un largo sueño en el bolsillo del pantalón. Lucía también libre, mucho más libre, en realidad, algo sorprendida al descubrir que sus amigas la imaginaban con alguien tan reservado, tan herido aún, tan convencional.

-Lucas.

-Lucía.

Acabaron la noche juntos, ella, descalza, como le gustaba estar siempre que podía, con las sandalias en la mano, y el abanico que les habían regalado como recuerdo en el bolsito, como un diminuto cocodrilo que asomara el morro. Lucas un poco azorado, sin saber si lanzarse o no sobre esa chica que le habían casi elegido, tan nítida entre las sombras, tan apetecible mientras caminaba de puntillas con los tobillos torcidos bajo la falda de tul y plumas rosadas, como un flamenco despistado.

-¿Te llevo a casa?

-¿Has bebido?

Él sacudió las llaves de su coche.

-No.

Eres el rarito que no bebe en las bodas.

-Soy el rarito en casi todas partes -reconoció él, y ella se echó a reír, y le dio la dirección de su casa, le besó al llegar, le subió al Cuarto C, y allí, un poco borracha, pero sobre todo, exaltada por la situación y por la euforia de las primeras veces, en las que se entregaba como nunca luego, le volvió del derecho y del revés, gimió, le hizo gritar y se quedó después dormida con el mentón apoyado sobre el pecho de Lucas, como hacían los cachorros y las locas como ella.

-Una cita más -se dijo, al despertar al día siguiente y darse cuenta de que no solo recordaba su nombre, sino que lo encontraba agradable, medio desnudo en su cocina, sin atreverse ni a abrir la nevera por no ocupar más espacio del que debiera. Se miró fijamente en el espejo, se apuntó con el dedo y se prometió-. Una cita más y vemos.

-¿Hablas con alguien? -preguntó él.

-Conmigo. He decidido que vas a ser mi amor del verano.

-Ah, así me gusta. Planificación. Muy práctico -bromeó él.

Pero fueron dos citas más; y más, luego, cada una tan poco prometedora como la primera, con un inicio tambaleante. Era verdad que era raro. Un poco torpe en las relaciones sociales, la falta de soltura de quien se ha hecho a una rutina y a un cuerpo desde muy joven, y ahora le faltan ambos. Pero luego mostraba una ternura, una sinceridad que a ella la desarmaban y frente a la cual no le servían sus tácticas habituales. La vivacidad desatada. La mirada de través. El llevárselo a la ducha. Lucas le seguía el juego pero no parecía en absoluto entusiasmado, como si fuera una prueba que ella le impusiera antes de ponerse realmente serios.

-¿Alcanzo los objetivos óptimos como amor de verano? -No bromees con eso -dijo ella.

En la tercera cena le habló de su mujer. Lucía sintió un aguijón de celos en la tripa, como si algo aceitoso le hubiera sentado mal. La tragedia se resumía en que se habían hecho mayores, y los niños que se habían conocido en el instituto ya no se entendían. La quería, claro que sí, pero los sentimientos también envejecían: el de ellos coleaba, medio muerto, aspiraba el aire a bocanadas ansiosas. Era mejor rematarlo. Esa noche Lucía no fingió ningún papel. Se quedó despierta por mucho tiempo, mientras por las ventanas abiertas se colaba alguna risotada en la calle, y el calor de julio. Como si se descalzara,comenzó a sentirse cómoda, y a descubrir que le dolían los dedos al desperezarlos. En mitad de la noche, Lucas se despertó, escuchó su respiración acelerada. Malinterpretó por completo la situación, le abrió las piernas, se hundió en ellas y la volvió del derecho, del revés, sin un grito ni un gemido.

-Una cita más y se acabó -se prometió ante el espejo, asustada, la mañana siguiente.

-¿Decías algo? -preguntó él, desde la cocina.

-Nada nuevo.

-¿Alcanzo los objetivos óptimos como amor del verano?

-No bromees con eso -dijo ella.

Así habían pasado el verano. Cuando acababa agosto él la había llevado a la casa de sus padres, en la sierra, lejos del asfalto, sin cobertura.

No quiero irme de aquí -dijo él, la primera noche en la que llegaron.

Ella le miró como si estuviera loco.

-¿Lo dices en serio? De donde no te vas, te echan.

Lucas se quedó en silencio. Muy lejos, en el valle, retumbaba una tormenta seca.

-Si tenemos suerte, veremos una tormenta.

-Me encantan las tormentas -dijo Lucía.

-Lo imaginaba -dijo él, cortante.

-¿Qué he dicho?

-Nada -replicó él-. Lo tuyo no es precisamente decir las cosas.

Pero acababa su estancia en la casa de la sierra, y aún no había estallado la tormenta. Esa noche, la última, tampoco. La escucharon rodar por el valle, agitar los chopos junto al río, ulular en viento y calma. Permanecieron despiertos bajo el calor sofocante, la limonada con sus pequeños barquitos de hielo, ellos con el mismo rocío de sudor sobre la piel. Casi amanecía cuando por fin subieron a la cama, y Lucía, con la euforia de las primeras veces, apoyó su espalda contra el pecho de él.

-Por favor. Por favor, no me pidas que me vaya de aquí -Lucas sonrió, ella notó cómo arqueaba los labios contra su nuca, como un movimiento conocido y reconfortante.

-No te preocupes -le dijo, y la abrazó, posó los pies descalzos de ella sobre sus muslos, en la línea del hueco entre sus muslos-. No te preocupes. Nadie va a echarte.

La autora

Espido Freire (Bilbao, 1974) se convirtió en 1999 en la escritora más joven en ganar el Planeta. Su novela más reciente, Llamadme Alejandra (Planeta), ha merecido el Premio Azorín.


Horóscopo