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Nuestro momento más "ecróctico"

Caitlin Moran

10.23 pm. Ya le hemos dado de comer al gato, el perro duerme y hemos echado el pestillo a la puerta.

Mi marido se sienta en la cama y se pone a leer viejos ejemplares de los 70 de la revista Weekend. Porque es un hombre. Yo empiezo a aplicarme ácido láctico a la cara. Porque soy una mujer.

- Pete -digo, sintiendo como el ácido láctico me empieza a quemar tanto en la cara como el mismísmo patriarcado.

- ¿Sí? -dice.

- ¿Recuerdas hace unas semanas, cuando te di la gran noticia de que me había... equivocado?

- Sí -dice-, recuerdo perfectamente el momento "tenías razón".

Antes de 2016, me había pasado toda nuestra relación prohibiéndole que comprara manoplas para el horno -en la convicción de que solo eran mitones para tíos más o menos afeminados-, pero llegó el día en que decidí permitirle, generosamente, comprar la dichosa manopla... después de quemarme por usar solo trapos de cocina. Pero todo mi sacrificio solo sirvió para comprobar que él ya se había comprado una y la tenía escondida. Vamos, como si estuviera teniendo un affaire con una manopla a mis espaldas.

- Parece que admitir por primera vez que estaba equivocada ha abierto una especie... de compuerta en mi alma... -sigo-, porque me he dado cuenta de que hay otra cosa sobre la que también estaba equivocada...

Pete cierra su revista. "Sé lo duro que esto debe ser para ti -dice- y créeme que aprecio tu coraje. Habla". Yo suspiro. "Bueno, este verano me he dado cuenta de que me equivoqué con las Crocs". El uso de Crocs por parte de mi marido ha estado sujeto a lo que me gusta llamar "bromas recurrentes" pero que, siendo honesta, ha sido más bien una versión blanda de bullying de andar por casa. Tras declararlas "irracionales", traté de tirar sus Crocs al contenedor, me burlé de ellas delante de nuestros amigos y llegué a simular que me disparaba en los ojos, el corazón y los genitales cada vez que se las ponía.

"Verás, siempre he pensado que las Crocs eran un producto para gente con un nulo sentido de la estética y un inaceptable nivel de autoconfianza -le explico-. Y siempre he sentido que era mi deber hacer frente a "ese tipo de persona". Pero bueno, estamos en la era post-Brexit y post-Trump, y la medida del antiesteta arrogante ha cambiado. Ya no es una batalla que me apetezca luchar. Además, me he dado cuenta de que las Crocs no son el auténtico problema de este mundo. Mira, mis chanclas me hacen heridas en el pie", le digo. Y le enseño las rozaduras. "En conclusión -digo dramáticamente-, me voy a comprar unas Crocs".

Tengo que admitir que, cuando imaginaba esta escena en mi cabeza, la respuesta de Pete tenía una fuerte carga sexual. En mi imaginación, mi recién descubierta capacidad para admitir errores abría una nueva dinámica en nuestra relación que nos llevaba irremediablemente al coito interminable. La consecuencia tendría que haber sido algo muy "eCróctico". Pero en la cruel realidad, Pete suelta un: "Guay. Al perro le gusta masticar Crocs", y vuelve a su lectura.

Pero en ese momento, en la planta baja, alguien reacciona de manera diferente. "¡¡¡¿Que?!!! -grita mi hija mayor, que al parecer ha estado escuchando nuestra conversación- ¡¡¡¿Que te vas a comprar unas Crocs?!!!". Y sube como un rayo incandescente.

"¡Tú... bruja! -dice- Toda mi niñez deseando unas malditas Crocs para ser como los demás niños, aguantando que me dijeras: "No, Lizzie, no puedes llevar Crocs, las Crocs son para la gente mala, y tú no quieres ser mala, ¿verdad?"; teniendo que ir a la playa con mis estúpidas chanclas de piel que se quedaban mojadas todo el verano y desteñían, y todo el mundo me llamaba "pies de cebra"; y aprendiendo lo que era ser excluida mientras mi alma se quemaba para siempre. Y tú me decías: "Oh, Lizzie, es bueno sentir que tu alma se quema para siempre, eso te hace más fuerte y aprenderás a pensar por ti misma". Y yo te creía. Y ahora tú, hipócrita, ¡¡¡¿te vas a comprar unas Crocs?!!! ¡¡¡¿Pero cuál es el precio de mi alma calcinada, para ti, eh, mamá?!!!".

"¡¡¡¿Qué? ¿Que mamá va a tener unas Crocs?!!!". La menor ha oído el barullo y sube haciendo retumbar la escalera, igual de furiosa. "Quería tanto unas Crocs que le ponía esos adornitos de plástico a mis chanclas. Y les decía a todos mis amigos que eran unas especiales que solo se podían comprar en Estados Unidos -dice-. ¿Y sabes qué es lo peor? Que todos sabían que mentía y sentían lástima por mí. Y la lástima quema, mamá. ¡Si tienes un mínimo sentido de la justicia, NO te comprarás unas Crocs, ¡no, mamá!, y sufrirás como nosotras hemos sufrido!". Las chicas entrelazan sus brazos y me miran fijamente. Comparten un momento de epifanía alrededor del calzado.

Así es la vida, pienso. Te pasas la primera mitad tratando de averiguar quién eres y actuando en consecuencia... Y la segunda, dándote cuenta de que nada tenía sentido y disculpándote por lo que hiciste o dijiste. "Pete -susurro-. Voy a tener que poner mis Crocs en el escondite de tu manopla". "Traviesa", susurra.

*Caitlin Moran es la autora de Cómo ser una mujer (Anagrama) y en 2014 fue elegida en Gran Bretaña como la periodista más influyente en Twitter y la columnista del año.


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