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vivir | Opinión

La isla de las mujeres perfectas

Una noche de finales del siglo XX, estallé contra toda la ficción norteamericana...

Tenía apenas 20 años y, al salir del cine, bufé con rabia. Contra el mundo y no contra mi novio: "¿Te das cuenta de que en todas las películas, en todas, sean de acción, románticas o de terror, las mujeres siempre son guapas, sonrientes y dulces; que siempre esperan a sus hombres haciendo una ensalada en la isla de la cocina, siempre en la isla de la cocina, siempre una ensalada...?". Me dejó seguir. "¿Es que esas mujeres nunca tienen un pico de trabajo, nunca están de mal humor, nunca necesitan ayuda para sujetar su alma?".

La respuesta de aquel novio derivó en una discusión larguísima que acabó con nuestra pareja. Él defendía la melancolía, yo la pasión. Dicho así suena a que yo tenía razón, pero no: los dos nos equivocábamos, aunque eso es otra historia...

Solo me he acordado de esa noche porque estoy de mal humor, nerviosa, agotada. Porque ni soy ni puedo ser una mujer de la ficción norteamericana. Porque no tengo isla en la cocina. Porque no hay nadie haciendo la ensalada. Porque, desde aquella peli y aquel novio, hice de la ironía una profesión y se me presupone el ingenio para disolver tensiones y provocar sonrisas, pero no tengo descanso. Porque no soy esa mujer perfecta que me contaron de pequeña que sería.

He vuelto del trabajo y me he sentado en los escalones del portal a calcular cuántos niños (tres) y cuántos adultos (espero que al menos uno) me esperan en casa; cuántos estarán peleones, cuántos dormidos, cuántos silenciosos. Estoy ganando tiempo a la hora de dormir, pero no me salen las cuentas: solo cuando el ser humano se extinga (que se extinguirá) desaparecerá el ruido de mi piso.

Miro el reloj. Más de las 10. Valoro la idea de huir a un hotel con bañera (no tengo ni isla ni bañera, solo encimera y ducha, y sé que es más que suficiente). Lo descarto. Me estiro como una yogui: "Si se me quita la contractura, podría sonreír...". No se me quita. Reflexiono sobre lo que me pasa y hay una respuesta clara. Nada que me exima definitivamente de ser una mujer sonriente que se apresura a subir a su casa y preparar la ensalada.

Se abre el portal y me levanto de un salto. Es Pablo. "¿Te bajo la cena?". Le sonrío, aunque mi sonrisa queda regular porque no soy norteamericana. "¿Qué hay de cena?". "Pasta". "Entonces subo; pensaba que ibas a decir ensalada". Pablo me lleva de la mano. No me atrevo a preguntar, pero, de todos modos, él me contesta: "No hay ninguno dormido, no hay ninguno callado. Les decimos que tienes trabajo y te metes en el cuarto". ¿Y si los perfectos fueran ellos?

Ilustración: Maite Niebla.


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