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El álbum de la abuela

Tenemos tantos dispositivos para guardar recuerdos que los terminamos perdiendo en el ciberespacio

Una mujer con su nieta.
Una mujer con su nieta. getty

Cuando yo era pequeña, solía mirar junto a mi abuela Teresa los álbumes de fotos que ella con tanto mimo guardaba. A través de aquellas fotos, mi abuela me iba contando pequeñas historias de la familia. Señalaba algún retrato para decirme que aquella mujer sonriente era su madre; o aquel señor con enormes bigotes era su padre; o aquella otra, su hermana Julia; o aquel chico tan guapo, su hermano Juan... En otras aparecía ella con su marido, mi abuelo Jerónimo, el día de su compromiso, el de la boda, en las Ventas viendo una corrida de toros, en una fiesta familiar o visitando algún lugar... Además, había fotos con cada uno de sus hijos recién nacidos en brazos.

Me asombraba ver en aquellas fotografías a mi madre cuando era pequeña porque, cuando es niño, no piensa que sus padres también lo fueron antes. Y me gustaba ver no solo lo guapa que siempre había sido mi madre, sino también descifrar la expresión de otros rostros, los de mis tías y tíos, los de mis primos, los de todos aquellos que formaban parte de mi universo infantil. Cada cierto tiempo, había un álbum nuevo en el que mi abuela iba incorporando los más recientes acontecimientos familiares. Afortunadamente, conservo alguno de estos álbumes y para mí son pequeños tesoros.

Dirán que a qué viene todo esto y se lo diré, claro está. Es que me causa asombro el delirio que padece tanta gente a cuenta de las fotos. La gente, móvil en mano, va haciendo fotos a todo lo que se les pone por delante, sin importarle lo que sea. Y muchos ven la vida a través de la cámara del móvil en vez de vivirla. Millones de personas cuelgan a diarios fotos en la red y algunas de esas fotos son vistas por otros tantos millones de personas.

Ya nadie tiene álbumes de fotos, porque ahora todo está en alguna nube de ciberespacio; de manera que esa manera compulsiva de hacer fotos al final no tiene ningún fin. Unos las suben a la nube, otros las guardan en el ordenador, la mayoría las deja morir en el propio movil. Y tengo la impresión de que hacer fotos se ha convertido en un hábito que provoca dependencia, pero que no tiene ningún fin en sí mismo. antes, uno hacía fotografías de momentos importantes; ahora, por lo menos a mí, me provoca estupor que la gente se fotografía a sí misma en todas las situaciones de la vida cotidiana, incluso en el cuarto de baño, y luego lo cuelgue en la red.

Aquellos álbumes de antaño recogían los momentos clave de nuestras vidas. Actualmente, si alguien quiere ver la foto de su hijo recién nacido, la de su boda o la de una fiesta con amigos, tiene que rebuscar en el disco duro del ordenador. Y no saben lo que se pierden, porque la pantalla no tiene la calidez de las fotos cuando van envejeciendo con el paso del tiempo. En realidad, tenemos tantos dispositivos para guardar recuerdos que los terminamos perdiendo en el ciberespacio. Yo sigo prefiriendo mirar y remirar los álbumes de mi abuela.

www.julianavarro.com

*Artículo originalmente publicado en el número 965 de mujerhoy.


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