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Fresno o sardina

¿Tal vez fui arbusto o animal en otra vida?

Bosque podado.
Bosque podado. maite niebla

Reconozco que me estremece el rugir de las motosierras. ¿Tal vez fui árbol en otra vida? Claro que tampoco me entusiasma ir a la carnicería. Tal vez fui oveja. También, en ocasiones, me invade una extraña sensación en la pescadería: tantos peces muertos con la boca abierta y los ojos fijos me desazona. ¿Tal vez haya sido sardina?

Lo cierto es que, desde que era una cría, siento amor por todo bicho viviente, con la excepción de algunos insectos como la avispa nacional y la africana, las arañas-centollo y, en ocasiones, ninguna simpatía hacia los seres humanos.

Esta disertación amoroso-animal se debe a que el año pasado podaron todos los arboles de los alrededores. Los dejaron descabezados y sin una sola rama; por lo tanto sin pájaros, sin nidos, sin trinos. Y en agosto, las vacas al sol. Echo de menos su sombra, el rumor de las hojas y el ulular de autillos y lechuzas al anochecer.

Paseo desolada por un bosque deshabitado. Los conejos, las liebres y los zorros han emigrado y los erizos deben de andar perdidos, ya que también desaparecieron las zarzas donde suelen refugiarse. Será por eso que últimamente los encuentro comiéndose el pienso del gato. Regreso a casa sin entender por qué tratamos a la naturaleza de forma tan demente y avariciosa.

Estoy poniendo la tetera al fuego cuando llaman a la puerta. Es un amigo, un conocido más bien, que trabaja en un centro de recuperación de animales salvajes. Viene a contarme que el zorro atropellado que les llevamos la semana pasada se encuentra en perfecto estado.

Mientras tomamos el té, me dice que si hay algo que le gusta en esta vida es su trabajo. Aunque el sueldo es justo, le compensa. Es un hombre alto, de nariz aguileña, que se pasa la vida entre milanos, cigüeñas, halcones y animales malheridos.Sonríe y siento una oleada de simpatía hacia nuestra especie.

Le cuento lo que nos pasó a mi amiga y a mí anteayer: paseábamos por el pinar con los perros cuando vimos un zorro. Uno de los perros también lo vio y salió disparado, y detrás de él todos los demás. Les llamamos, pero ninguno volvió, excepto mi fiel Bufalino. Como pasaba el tiempo y no aparecían, decidimos seguir el paseo.

Al cabo de un rato, vimos al zorro que se dirigía hacia nosotras. Llevaba un trote cansino y una ristra de perros con la lengua fuera detrás. Cuando nos alcanzó, se quedó mirándonos, parecía que nos estaba pidiendo ayuda. Y eso fue lo que hicimos: yo me lancé sobre uno de los perros y Caléndula sobre los otros. El zorro aprovechó el desconcierto y desapareció.

Mi amigo sonríe y dice: "Es muy posible que, de alguna manera, el zorro conectase con vosotras". Al decirlo, me doy cuenta que yo también conecto con él. "¿Sabes? A veces pienso si habré sido arbusto o animal en otra vida", susurro. "Es más que posible -responde escrutándome-. Tal vez ¿una abubilla?".

*Artículo originalmente publicado en el número 965 de mujerhoy.


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