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Amor rural: Caléndula officinalis

Estamos finalizando el té con bizcocho y conversación en la lengua de Shakespeare, en casa de Caléndula...

Chica acariciando a un perro a la hora del té.
Chica acariciando a un perro a la hora del té. Maite niebla

Estamos finalizando el té con bizcocho y conversación en la lengua de Shakespeare, en casa de Caléndula, cuando Listilla pasa al castellano y dice sonriente: 'Cásate con él, creo que hay más de un caso'. '¿Casarnos? No lo necesito, somos pareja de hecho', responde Gordi acariciando la cabeza de su labrador. Este tipo de conversación animal suele ser habitual entre nosotras, ya que todas somos recogeperros, aunque alguna se lleva la palma.

Hace un par de años apareció un perro que, con mirada triste y huidiza, se instaló cerca de casa. Pasaba casualmente por allí cuando le vi sentado, muy digno, con cara de hambre. Intenté acercarme, pero en cuanto lo conseguía, se alejaba. Le llevé dos cacharros con agua y comida, y todos los días pasaba a verle, pero si intentaba acariciarle iniciaba la huida con un enervante trotecillo. Duró un par de semanas. El ayuntamiento lo capturó y lo llevó a un recinto municipal.

Cuando pasaba con mis perros, le veía allí encerrado y él se lanzaba contra la valla metálica ladrando como un poseso. Un empleado municipal animó a Caléndula a probar suerte y llevarse a casa, junto con sus perras, al díscolo animal.

Educarle ha supuesto todo un reto para ella y sus vecinos y amigos, que no miraban con buenos ojos a un perro traumatizado, perseguidor de gatos, mordedor en ocasiones y ladrador empedernido. Dos años después, es un animal reeducado y feliz, aunque particular. Caléndula no solo recoge perros, también urracas, cigüeñas y felinos.

De origen británico y carácter amazónico, lo mismo habla en portugués, que en castellano o en inglés a gatos, perros y gallinas. Como además es experta en plantas medicinales, todos sus animales recogidos y no recogidos, en un momento u otro, son tratados a base de ungüentos de árnica e infusión de ortiga. Para despulgarlos, los sumerge en diferentes pócimas de plantas exóticas y los pulveriza con vinagre de manzana.

Cuando la conocí, yo no entendía una palabra de lo que decía y ella tampoco me entendía a mí. Pero las dos fingíamos. Hasta que un día, después de una perorata ininteligible, le dije muy despacio: '¿Sabes?, no he entendido nada de lo que has dicho'. Y ella respondió: 'Yo tampoco entiendo nunca de lo que hablas'. Y nos reímos.

Lo cierto es que al mutuo entendimiento han contribuido, estas tardes que una vez por semana ofrece en su casa, tea with biscuits and conversation in the language of Shakespeare.

El día suele ser variable y la asistencia también. Los que nunca fallan son los perros. La charla comienza en inglés y termina en castellano, cuando alguna pasa a relatar la última noticia local en su lengua materna. Así que este can abandonado y recogido nos lleva la delantera. De ser un perro triste y desesperado, ha pasado a ser un animal cuidado, alegre y querido, con su chip... y ¡bilingüe!


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