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El cuaderno de Edurne Uriarte

Una exalumna vino a verme hace unos días para pedirme consejo sobre sus proyectos profesionales. Recién acabada la universidad y en medio de un máster, las ideas bullen en su cabeza con algo de confusión y cierta incertidumbre, como ocurre siempre que iniciamos una nueva etapa.

Una chica tomando un café con un cuaderno.
Una chica tomando un café con un cuaderno. getty

Sofía, una joven exalumna vino a verme hace unos días para pedirme consejo sobre sus proyectos profesionales. Recién acabada la universidad y en medio de un máster, las ideas bullen en su cabeza con algo de confusión y cierta incertidumbre, como ocurre siempre que iniciamos una nueva etapa. Me contó sus dudas y sus preocupaciones, y pensé en los cuadernos. Le dije que mis proyectos comenzaban siempre con un nuevo cuaderno, el más bello que pudiera encontrar, en el que plasmaba mis ideas y mis planes. “Un proyecto comienza con un cuaderno”, sugerí a Sofía. Ella repitió la frase con una amplia sonrisa y me sorprendió con una petición, “¿Por qué no escribes sobre eso en tu próximo artículo?”. Sobre la manera en que una mezcla de ilusiones, miedos e ideas confusas comienzan a tomar cuerpo y vida cuando decidimos plasmarlas en un papel, cuando nos atrevemos a pronunciarlas y a escribirlas. Cuando una palabra lleva a otra y una idea se multiplica por tres. Y se ordena y se fortalece. Y ocurre de la misma manera a su edad y a la mía. Lo único que nos diferencia es la cantidad de cuadernos que han pasado por mi vida desde que acabé la universidad y comencé a diseñar mi tesis doctoral en aquellas hojas cuadriculadas de Clairefontaine que tanto me gustaban.

Quizá fue esa la percepción de lo poco que algunas cosas cambian en 30 años lo que nos llevó a hablar de feminismo, de los debates de las mujeres de mi edad y de las jóvenes como ella. Recordé que la primera vez que reparé en Sofía en clase fue cuando respondió con cierta irritación a uno de mis análisis sobre la igualdad de las mujeres por lo que ella consideró poco compromiso feminista por mi parte. Algunas clases después, comprobamos que nuestras valoraciones eran, en realidad, semejantes en bastantes campos del feminismo.

Sofía prefiere evitar la mayoría de debates sobre feminismo con sus amigas, de tan apasionados y confl ictivos como son. Por ejemplo, sobre el velo musulmán que ella considera contrario a la igualdad, como yo misma, y algunas de sus amigas ven como un símbolo de identidad cultural que debe ser respetado. Me contó que una amiga y sus compañeras entraron a una clase de la Autónoma de Madrid con velo, en solidaridad con una alumna musulmana cuyo velo había sido cuestionado por el profesor. Y pensé que sus debates sobre la igualdad son tan intensos como los que yo misma tenía a su edad y sigo teniendo 30 años después.

“Me voy ahora mismo a comprar un cuaderno a la librería”, me dijo Sofía, radiante y animada, cuando nos despedimos. Con la misma ilusión que ella, siento el impulso de revisar y ordenar mis viejos cuadernos y de añadirles uno más, el más bello que pueda encontrar, para comenzar el año con un nuevo proyecto, un nuevo cuaderno.


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